Y el Presidente lo sabe. Debe saberlo

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Yuriria Sierra 02/09/2014 01:47
Y el Presidente  lo sabe. Debe saberlo

Con el informe que ayer entregó Miguel Ángel Osorio Chong sobre el estado que guarda la nación bajo la administración de Enrique Peña Nieto, y el mensaje que el Presidente dará hoy en cadena nacional a propósito de este segundo año de gobierno, llega a su fin la racha de “celebración” por la aprobación de las 11 tan multicitadas reformas estructurales. El mensaje que hoy nos dé será para insitir en lo que hemos escuchado las últimas semanas. Y sí, está bien que el Presidente hable de (y presuma) lo que su gobierno ha logrado en sus primeros dos años de mandato. Es lo correcto, la estrategia elemental y la obligada rendición de cuentas para un país que ha esperado por tantos años que se comiencen a generar estos cambios tan necesarios para que, ahora sí, podamos hablar de nuestro reposicionamiento. No sólo en el mensaje que México vuelve a enviar al mundo (tras 20 años de su último “boom” en la escena de las inversiones internacionales), sino respecto a la promesa de revigorización de la economía doméstica que ha enfrentado un alentamiento propio de la falta de competencia en varios sectores. En teoría, las reformas aprobadas harán posible que todo esto suceda.

Entonces, ¿qué sigue? Implementar los ajustes institucionales para que las reformas se ejecuten. Eso lo tendrán que hacer ellos —todos quienes conforman al Estado—,  es su trabajo cotidiano. Los ciudadanos de a pie, los que todas las mañanas se despiertan para iniciar una larga jornada de trabajo, son ellos a quienes deberán llegar, y pronto, los beneficios. Qué mejor postal de resultados que la que pueda llegar a los bolsillos de la población, que lo vea rendir en su salario, en su calidad de vida. Que acceda, efectivamente, a más y mejores oportunidades de empleo. Que mire cómo la competencia económica tendría que llevar su más grande virtud en la oferta de mejores precios de los bienes y servicios de consumo. Así tendría que ser. Y el Presidente lo sabe. Debe saberlo.

Sería el giro de 180 grados que el ciudadano necesita para, entonces sí, creer que todo lo que está escuchando de sus gobernantes fue planteado y ejecutado de la manera correcta. Sería un panorama mucho muy distinto a lo que parece estarse convertiendo en el diario milagro de estirar lo más posible el gasto, el mismo que al paso de los años parece comenzar a fosilizarse en su cartera. Porque cuando vemos los salarios y los precios, entendemos (aunque suene a oportunismo político) la necesidad de un debate como el que se intenta poner sobre la mesa con respecto al tan lastimado salario mínimo nacional. Lo puso Mancera y lo quiere retomar el PAN en su anunciada consulta. La oposición empieza a medir sus ventanas de oportunidad para reposicionarse, como tal, en el espectro político mexicano, y sobre todo, de cara a unas elecciones intermedias en el inmediato plazo.

Enrique Peña Nieto (y sus operadores políticos) logró sacar adelante varias reformas que estaban en la agenda de enormes pendientes para el crecimiento de México. Por lo que los resultados de esta etapa reformista, deberán estar enfocados no sólo a la disminución del costo de los servicios, sino también en la recuperación de la confianza ciudadana de que las decisiones tomadas son en beneficio de todos y no sólo de unos cuantos (discurso que, por una u otra razón, ha permeado hasta la médula del inconsciente en una buena parte de la ciudadanía). Y el Presidente lo sabe. Debe saberlo. Este Segundo Informe  tendrá que ser, pues, el inicio de un ciclo de mucho trabajo (no sólo el electoral que se avecina) en la administración peñanietista. Si lograron salir victoriosos con sus reformas aprobadas en estos 24 meses, ahora deberán probar toda esa maquinaria y expertisse, ese know how para implementar esa renovación de fondo. La transparencia en el ejercicio y el manejo de recursos públicos por parte de todos los funcionarios del país, de todos los niveles, junto a la de la ejecución de estas reformas, deberán ser la característica principal de esta nueva etapa. Y es que, sí, debemos tener buen ojo y todas las lupas apuntando al ejercicio de funciones. Tantos años, de tantos gobiernos y de varios colores, nos han enseñado que el problema más grande del país es la corrupción. Y al final lo de menos es si es cultural, congénita o epidemiológica. Lo que importa son los controles institucionales para prevenirla y para castigarla. Erradicarla hará la verdadera diferencia: de otra forma las celebradas reformas podrían correr el riesgo de empantanarse en ese fango que, efectivamente, le ha impedido a México alcanzar su verdadero potencial de crecimiento. Y el Presidente lo sabe. Debe saberlo.

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