El monólogo de Agrado

La batalla de los derechos de la comunidad LGBT, está —tristemente en todo el mundo— presa entre varios muros.

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Yuriria Sierra 30/05/2014 05:03
El monólogo  de Agrado

“A Bette Davis, Gena Rowlands, Romy Schneider. A todas las actrices que han hecho de actrices, a todas las mujeres que actúan, a los hombres que actúan y se convierten en mujeres, a todas las personas que quieren ser madres. A mi madre...”, así dedicó Pedro Almodóvar su maravillosa película Todo sobre mi madre. Una historia sobre muchas mujeres, sobre mujeres que aman a otras mujeres, sobre hombres que se hicieron mujeres, sobres mujeres que huyen de otras mujeres. Y claro, de entre sus varios personajes está Agrado, aquella mujer que de joven fue camionero en París, “luego me operé las tetas y me hice puta...”. Una figura entrañable que protagoniza una de las escenas más recordadas de la película, cuando debe enfrentar a un público que esperaba por la función de Un tranvía llamado deseo a cargo de Uma Rojo (Marisa Paredes) y entonces comienza un monólogo sobre su vida: “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma...”. Una frase que, aunque viniendo de un hombre que ahora es mujer, nos queda absolutamente a todos. ¿O no estamos aquí para ser felices?

Pero, más allá de esa búsqueda —absolutamente personal—, está también la necesidad de encontrarse con  garantías, con derechos de orden social que deben existir en todas las leyes. Ha costado mucho trabajo en el mundo que éstas se vayan puliendo. Han sido necesarias luchas para que la mujer pueda votar, para que los afroamericanos puedan asistir a la universidad, para que las comunidades indígenas sean reconocidas y formen parte de los programas sociales, para que las madres solteras puedan tener acceso a pensiones justas, para que las mujeres tengan las mismas oportunidades laborales y, claro, para que los homosexuales dejen de ser discriminados, para que formen una pareja reconocida por la ley, para que puedan formar una familia si así lo quieren. Pero esta última batalla, la de los derechos de la comunidad LGBT, está —tristemente en todo el mundo— presa entre varios muros. Me explico: vivimos en un planeta que, mientras en unos países es posible ya el cambio de género en documentos de identidad, en otros —más de 70 al menos— las relaciones homosexuales son perseguidas y castigadas por la ley. La brecha entre ambos extremos es aún enorme, pues allí cabe el resto de las batallas y victorias de esta lucha, como las que se han logrado en nuestro país.

Y de ahí la importancia del reconocimiento de estas causas, según lo dirá el próximo número de la revista Time en su portada: “La siguiente frontera de los derechos civiles”, como atinadísimo mensaje a lo que está por discutirse en el Congreso de Estados Unidos, el reconocimiento al cambio de género e identidad. De ahí que a la frase la acompañe la imagen de Laverne Cox, la actriz transgénero que los últimos meses ha estado bajo el reflector gracias al papel que interpreta en la serie de Netflix Orange Is the New Black, y en la que da vida también a una mujer transgénero recluida en prisión.

Una portada que ayude a la construcción del siguiente escalón en la lucha de los derechos civiles para la comunidad LGBT, no sólo de Estados Unidos, sino en todo el mundo. Como dijimos, la brecha entre los extremos es demasiado amplia, y para recortarla debemos comenzar a reconocer todos los puntos que caben en ella.

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