Colosio

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Yuriria Sierra 21/03/2014 01:03
Colosio

“Se ha derramado tanta sangre, tanta como para cubrir todas las arterias de nuestro territorio, desde Lafragua hasta Guadalajara, desde Ocosingo hasta Lomas Taurinas. Luis Donaldo, que tu sangre manche la conciencia de quienes agredieron al pueblo mexicano. Luis Donaldo, que al menos tu partida sirva para jurar a la historia por la democracia, por la paz y la justicia...”, esto lo escribí hace exactamente diecinueve años, fue publicado en El Supuesto, el periódico de alumnos del ITAM. Y recientemente, ése mismo diario escolar reeditó el texto que escribí con toda la pasión propia de una estudiante univeritaria. Y hay sentimientos que permanecen muy intocados en el tiempo. Viene a cuenta porque pasado mañana se cumplirán 20 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio. A pesar del tiempo transcurrido, parecería que no le sobra ni una coma. 20 años después, y ése, el magnicidio de Colosio, marcó en enormísima medida, al México que hoy tenemos.

Todos aquellos que teníamos uso de razón en 1994, recordamos la tarde el 23 de marzo. La interrupción de la programación televisiva que daba cuenta de lo que en principio parecía sólo una agresión. El candidato presidencial priista, Luis Donaldo Colosio había sido herido tras terminar un mitin proselitista en Lomas Taurinas, Tijuana. Horas después, ya entrada la noche, Talina Fernández, quien reportaba para canal 2 desde el Hospital General de Tijuana, le anuncia a Jacobo Zabludovsky que el candidato había muerto. Luego fue Liébano Sáenz, con la garganta quebrada, quien sobre un escritorio improvisó una conferencia de prensa para hacer oficial el anuncio... Luis Donaldo Colosio había sido asesinado.

Desde entonces, la historia de México dio un giro —que a veces pienso— que no ha terminado de trazar su dirección. La muerte de Colosio fue un terremoto político a mitad de tantos otros acontecimientos que ya marcaban el momentum de calamidad política, social y económica que definieron a ese terrible 1994. Mucho se ha dicho y escrito al respecto. Desde aquella cena concurrida con Manuel Camacho Solís un par de días antes de su muerte, hasta las incontables versiones que aparecieron (y siguen apareciendo) sobre los hechos de aquel 23 de marzo de 1994: la teoría del asesino solitario, la de los varios Mario Aburto, la presencia de Othón Cortés; que si un disparo, que si dos, que si los no sé cuántos fiscales especiales, que si fue una conjura de Estado, que si fue el narco... y al final, como el caso de Kennedy probablemente nunca sepamos lo que realmente pasó.

En su libro Un paso difícil a la modernidad Carlos Salinas de Gortari asegura que la “nomenclatura priista” fue la que, enfurecida con las reformas económicas realizadas en su sexenio, perpetró una serie de acciones para desestabilizar a México que empezó con el levantamiento del EZLN, siguió con el asesinato de Luis Donaldo y más adelante el de Ruiz Massieu. Jamás ha dicho quiénes, con nombre y apellido, daban cuerpo a esa “nomenclatura”. Pero lo que es absolutamente cierto es que el menos favorecido por todos esos eventos fue justamente él. El expresidente al que tantos dedos señalan como si hubiera sido un experto en darse balazos en los pies.

El asesinato de Luis Donaldo, una tragedia política per se, le significó al Revolucionario Institucional un golpe bajísimo, del que tardó muchos para reponerse. Una oportunidad que la oposición y los luchadores por la democracia en México supieron encauzar: seis años más tarde, tras 71 en el poder, el PRI salía de Los Pinos por el voto democrático. Y por la misma vía regresó. Aunque fue justo ese tiempo fuera del poder el que los obligó a cambiar la estrategia, primero para recuperarlo y luego para entender a su partido como una fuerza renovada.

Yo recuerdo a Luis Donaldo, en varias ocasiones que pude platicar con él, siendo yo apenas una estudiante universitaria. Y en efecto, transmitía una serenidad y sencillez de la que todos sus cercanos colaboradores hablan. Ayer mismo, Alfonso Durazo, quien fuera su secretario particular por muchos años, presentaba en Casa Lamm Colosio: el sueño que no fue, donde varias plumas importantes, comenzando por sus hijos, hablan de lo que les tocó conocer de quien fuera candidato presidencial.

Luis Donaldo Colosio, así como el libro presentado ayer, es una figura política convertida en mito, en un enorme signo de interrogación, no sólo en lo que refiere a su muerte, sino también sobre lo que pudo ser nuestro país si él hubiera llegado a la Presidencia. Pero ésas ya aparecen como preguntas inútiles. Las importantes, hoy, pasan por otro lado: 20 años después, vale la pena preguntarnos: ¿México aprendió o sólo comenzó a acostumbrarse al derramamiento de sangre? ¿México cambió o sólo postergó indefinidamente su compromiso con la construcción de un verdadero Estado de derecho? ¿México cambió o sólo construyó nuevos telones de fondo para la misma realidad de siempre? ¿Ya no vemos, como veía Luis Donaldo, un México “con hambre y sed de justicia”?

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