“El fin del poder” (o David y Goliath revisitados)

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Yuriria Sierra 11/02/2014 00:44
“El fin del poder”  (o David y Goliath revisitados)

La capacidad de hacer cosas, de lograrlas. O la cualidad para dictar lo que otros deben hacer. El poder definido por tantos, ejecutado aún por miles más. Todas las sociedades se han creado con base en él. Sin embargo, algo ha cambiado a su alrededor, el poder (sea éste político, militar, económico o mediático) ya no se siente con la misma fuerza, esa de antes, la que todavía conoció la generación a la que pertenezco (los nacidos en los años 70). Hoy somos testigos del “fin del poder”, como lo conocimos todavía a finales del siglo XX y acaso, a principios del XXI. Al menos así lo escribe (con la impresionante lucidez que lo caracteriza) Moisés Naím, reconocido analista de temas de política internacional. En su nuevo libro El fin del poder, Naím nos regala las preguntas para iniciar el debate sobre la forma en la que se está transformando y las nuevos contornos y densidades que hoy va adquiriendo esa herramienta que ha permitido a líderes de todos los tiempos, convertirse en columna vertebral de las sociedades:

“El poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, etcétera), se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos. Además, quienes controlan el poder ven más restringido lo que pueden hacer con él (...) mientras los estados, las empresas, los partidos políticos, los movimientos sociales, las instituciones y los líderes individuales rivalizan por el poder como han hecho siempre, el poder en sí —eso por lo que luchan tan desesperadamente, lo que tanto desean tener y conservar— está perdiendo eficacia. El poder se está degradando. En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más fácil de utilizar y más fácil de perder. Desde las salas de juntas y las zonas de combate y el ciberespacio, las luchas de poder son tan intensas como lo han sido siempre, pero cada vez dan menos resultados. La ferocidad de estas batallas oculta el carácter cada vez más evanescente del poder”.

Esto es, para Naím: el poder está más atomizado y fragmentado y, por lo tanto, su alcance y posibilidades se reducen. Ya no es un pastel repartido entre unos cuantos grupos o personajes. Ahora también se anotan más participantes y es justo ese agregado, el que ha detonado un cambio que todavía no decanta. Porque el poder, si algo no soporta, son vacíos, y justamente personajes o grupos no necesariamente capacitados en el ejercicio del poder, son quienes lo están empezando a disputar (a saber, el crimen organizado, las células terroristas, y otro sinfín de aglomerados humanos, empoderados unos por la violencia, otros por los vacíos legales, unos más por la explosión demográfica y la proliferación de nuevos canales de organización tales como las redes sociales).

Naím ejemplifica esto último con la llamada Primavera Árabe. Si bien este asunto tuvo una cobertura global gracias a las redes sociales, por donde se viralizó la información e hizo que, como nunca antes, se pudieran seguir los acontecimientos, aunque el fuerte del movimiento, no fue la propagación de los hechos, sino las circunstancias de dentro de cada país que vivió el fenómeno:

“El primero y más importante motor de la protesta, fue la realidad demográfica de los jóvenes en países como Túnez, Egipto y Siria, personas más sanas y mejor preparadas que nunca, pero sin trabajo y profundamente frustradas. Además las mismas tecnologías de la información que dan poder a los ciudadanos han servido también para crear nuevas vías de vigilancia, represión y control gubernamental”.

Lo anterior es un punto importante cuando hablamos de las bondades del internet, pero también de sus riesgos. Aunque el asunto que trata Naím es la transformación del poder, no como un concepto, sino en sus varios vehículos, de los que las sociedades se pueden valer para lograrlo, en sus alcances y en necesario cambio de quienes van tras él, pues se sigue persiguiendo, pensando en patrones que los tiempos nos están obligando a cambiar. (Y la pregunta inevitable es ¿sabrá David qué hacer con el poder que arrebata día tras día a Goliath?).

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