El equipo de todos

Es curioso que seamos capaces de entender con tanta claridad el efecto de la corrupción en un partido de futbol y no en nuestra vida cotidiana

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Víctor Beltri 23/06/2014 01:31
El equipo de todos

A los gritos de euforia siguió un breve silencio, el estupor, y finalmente un rugido de indignación que reunió, por un momento, a millones de mexicanos. Eran aproximadamente las 11 horas y 12 minutos del pasado 13 de junio, y el abanderado colombiano, Humberto Clavijo, había señalado un fuera de lugar que invalidaba la anotación de Giovani Dos Santos ante Camerún.

La Selección Mexicana había llegado al campeonato mundial de futbol en condiciones lamentables. En una historia de todos conocida, la calificación había costado sangre, sudor y lágrimas, y los últimos partidos amistosos suscitaron más dudas que certidumbres sobre el desempeño del equipo nacional. La coyuntura política alrededor de las discusiones sobre las reformas, y su presunta atingencia con las fechas de los encuentros, en poco contribuyó, sin embargo, para que el país entero se detuviera ante el juego que disputaría el llamado “equipo de todos”.

Cuando el mismo Clavijo levantó la bandera por segunda ocasión, al minuto 30, la indignación se tornó en furia. El segundo gol anulado, por la misma persona, en circunstancias evidentemente dudosas, convirtió la sospecha de corrupción arbitral en una escandalosa certidumbre que sólo pudo ser opacada por el resultado final. Lo demás, es una historia cuyas páginas se siguen escribiendo en estos días, cuando el futuro del equipo mexicano en el campeonato de Brasil está por decidirse.

Vale la pena, sin embargo, detenerse por un instante en el minuto 31 del partido. La frustración, la injusticia. El sentimiento colectivo de que se nos estaba privando de algo que nos correspondía, la indignación por la forma en que la autoridad en la cancha favorecía con sus acciones, y sus omisiones, a un tercero que se beneficiaba a costa nuestra. Las sospechas de corrupción arbitral habían iniciado un día antes, con una decisión a todas luces errónea y que favorecía al equipo local. Ese día, en ese momento, las redes sociales comenzaron literalmente a inundarse con muestras de repudio, de frustración, de enojo. Los medios de comunicación hicieron eco de las protestas, y la reacción final ante estos hechos hubiera sido muy distinta de no haber caído la anotación de la victoria, pero en esos momentos lo que más dolía era precisamente el hecho de que el esfuerzo de México no tuviera ningún sentido ante un rival que tenía a la autoridad de su lado: el “equipo de todos” estaba jugando en una cancha dispareja, con cartas marcadas en su contra. Así no se puede.

Es curioso, sin embargo, que seamos capaces de entender con tanta claridad el efecto de la corrupción en un partido de futbol y no en nuestra vida cotidiana. Somos capaces de indignarnos, de enfurecernos, ante una decisión corrupta y que favorece a un tercero, en la cancha, pero reaccionamos con tibieza ante las miles de corruptelas que cometemos y se cometen en nuestra contra todos los días. Y las repercusiones, hay que entenderlo, pueden ser terribles y de hecho lo son. La trascendencia de un resultado deportivo palidece cuando se compara con aquella proveniente de la corrupción institucional que nos aqueja: de acuerdo con el Índice de Fuentes de Soborno, publicado por Transparency International, entre 1970 y 2010 México generó flujos de salida de capital ilícito que representan una media anual de 5.2% del PIB.

Sí, 5.2% del Producto Interno Bruto anual en los últimos 40 años. La cantidad de dinero es astronómica, pero el costo de oportunidad es infinito. El nivel de desarrollo, el bienestar público, la solidez institucional que se hubiera podido lograr con esos fondos, pertenecen no sólo al terreno de la especulación, sino que deberían entrar en el de la responsabilidad judicial de quienes obtuvieron beneficios de forma ilícita. De quienes hicieron que la autoridad levantara la bandera a su favor y contribuyeron inconscientemente a la generación de los más de 50 millones de pobres que tenemos en la actualidad.

Nuestro país enfrenta una coyuntura de resolución urgente. Por un lado, los cambios acelerados que se viven en el mundo entero nos apremian a competir de forma más eficiente, pero por el otro parece que no nos damos cuenta de que estamos convocando a un juego en el que los invitados saben que hay reglas escritas que pueden torcerse y reglas no escritas que deben respetarse. ¿Quién va a querer venir a jugar con nosotros? ¿Qué empresario, en su sano juicio, estaría dispuesto a invertir su capital en un país en el que no existe certeza jurídica, en el que el marco de la ley puede torcerse no sólo para favorecerlo a él, sino también a sus competidores?

En este año, y como resultado de las modificaciones fiscales, el gobierno federal está manejando uno de los mayores presupuestos de ingresos de la historia, con montos de alrededor de 4.4 trillones de pesos. El futuro de la Secretaría de la Función Pública es incierto, y la Ley Federal Anticorrupción en Contrataciones Públicas deja lagunas peligrosísimas en lo referente a las empresas productivas del Estado como Pemex o la CFE. La iniciativa de ley secundaria elimina la instancia de inconformidad para impugnar ilegalidades en los procesos licitatorios, y la normatividad aplicable en cuanto a la designación y actuación de los órganos encargados de prevenir la corrupción tiene como resultado, en términos llanos, que el vigilante termina dependiendo del vigilado.

En México, de acuerdo con la más reciente encuesta de PricewaterhouseCoopers, 47% de las empresas mexicanas consideran a la corrupción como el mayor riesgo al hacer negocios globales; 25% reporta que se les ha solicitado algún tipo de dádiva para efectuar un negocio, y 33% indica haber perdido un negocio aparentemente a causa de sobornos de la competencia. Tenemos que entenderlo: somos nosotros mismos, y la tolerancia que mostramos a la corrupción de nuestras autoridades, los que estamos levantando la bandera en contra del “equipo de todos”. Y así, no se puede.

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