Tres demócratas verdaderos

El día 23 de marzo enluta a dos naciones que comparten un vínculo mucho más profundo que el de la mera historia común.

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Víctor Beltri 24/03/2014 01:34
Tres demócratas verdaderos

Hay una fotografía que, desde que la vi por primera vez, me pareció conmovedora. En ella se puede observar, de espaldas, a dos hombres que pasean por un jardín en un día soleado. El de la derecha viste de manera informal, con una mano en el bolsillo, y camina de forma notoriamente desenfadada. El de la izquierda, más alto que el primero, viste un traje gris obscuro y pasa su brazo por los hombros de aquel mientras continúa la conversación.

El encuentro no habría podido comenzar de forma más inesperada. El hombre de la vestimenta informal recibió a su visitante con una pregunta sorpresiva: “¿Tú también vienes a pedir dinero?” a lo que éste respondió, socarrón como es su estilo: “Naturalmente, yo vengo a pedir dinero donde sé que hay”. Esta sería la última ocasión en que el rey Juan Carlos de Borbón habría de ver a su amigo entrañable, su gran aliado, el hombre que sentó las bases de la democracia española, mismo que no sólo no recordaba al monarca, sino que desconocía su propio paso por la política española: el Alzheimer fue inclemente con Adolfo Suárez.

La fotografía en cuestión fue tomada durante la visita que Juan Carlos de Borbón realizó a Adolfo Suárez en el verano del 2008, para entregarle la Orden del Toisón de Oro, la máxima condecoración otorgada por la Casa del Rey. No era una distinción en absoluto inmerecida: el primer presidente de la democracia fue capaz de diseñar una transición efectiva para dejar atrás la dictadura franquista, basando su discurso alrededor del acuerdo, el esfuerzo común y la concordia. Tomó como bandera posturas como “quitarle dramatismo a la política”, “lograr el entendimiento por vías pacíficas”, o “reconocer la realidad del país”. Reconocido por su valentía, no se dobló ni siquiera ante los fusiles y las amenazas del traidor Tejero, en su última aparición como Presidente del Gobierno, y permaneció firme en su escaño sin manchar su investidura con el suelo que exigían quienes pretendían perpetrar el golpe de Estado. Adolfo Suárez fue un valiente, un patriota, un estadista. Murió el día de ayer, sin enterarse de ello ni mucho menos de los grandes cambios y problemas que aquejan al país que tanto amó.

El día 23 de marzo enluta, de esta manera, a dos naciones que comparten un vínculo mucho más profundo que el de la mera historia común. La cercanía entre España y México es producto de una convivencia intensa en la que los lazos entre ambos países se confunden y se pierden en lo que sin duda es un tapiz que se sigue tejiendo todos los días. La coincidencia en las fechas de los aniversarios luctuosos de Suárez y Colosio es un punto más, y que seguramente será recogido en el futuro para celebrar un Día de la Democracia Iberoamericana, al que podría sumarse el de Óscar Arnulfo Romero, que se conmemora el día de hoy.

Sin embargo, la democracia es mucho más que la simple celebración de una fecha, o el repaso ramplón de las efemérides de aquellos a quienes colgamos la etiqueta de próceres. Es, incluso, mucho más que la celebración de una elección sujeta al voto popular: la democracia, como fue descubierto en su momento por Suárez, Colosio y Romero, entre muchos otros, es una manera de entender y de enfrentar la vida. El demócrata verdadero entiende los problemas que se presentan en su comunidad y los atiende desde la trinchera que le corresponda, manteniendo congruencia total con sus ideales y los postulados de su partido, al tiempo que escucha y valora la opinión de sus contrarios. El demócrata está preocupado por el bienestar común antes que por el suyo propio, y no duda en expresarlo con ahínco: el compromiso se puede encontrar en las palabras de Suárez, “Os invito a que iniciemos la senda racional de hacer posible el entendimiento por vías pacíficas”, o “Este pueblo no nos pide milagros ni utopías. Pienso que nos pide, sencillamente, que acomodemos el derecho a la realidad”; en los discursos de Colosio, “Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada; de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla…”; o en las alocuciones de Monseñor Romero “…una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Es emocionante recordar, en un día como hoy, las palabras y obras de quienes han ayudado a construir la democracia en nuestros países. Es desalentador, sin embargo, abrir las noticias y encontrarnos con que los verdaderos demócratas no son sino sujetos del recuerdo, carne de monografía, una especie en peligro de extinción. O, ¿podría usted nombrar a tres demócratas verdaderos, honestos, valientes, por cada uno de nuestros partidos políticos?

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