Sector o servicio

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Roberto Gil Zuarth 07/07/2014 02:22
Sector o servicio

Carl Schmitt entendía el mundo de la política como el terreno en el que se escenifica el antagonismo entre amigos y enemigos. Todas las acciones, los motivos, las intenciones de lo político se resumen en esa distinción. En la teoría schmittiana, la política es decisión para la aniquilación del otro. Su teoría sobre la política era un furibundo alegato en contra de las intuiciones e instituciones del liberalismo. Los mecanismos que distribuyen los bienes en función de su valor, la regla impersonal que asigna derechos y obligaciones, la deliberación pública que alumbra la verdad desde el entendimiento común son, para el jurista alemán, negaciones de la política. Esos instrumentos rehúyen cobardemente del conflicto. Son vacuas y contraproducentes cesiones por una ilusoria pretensión de tranquilidad. La política, por el contrario, es un terreno hostil que exige formar bandos, indiciar al adversario, atizar el miedo y hacer lo necesario para conservar la existencia. La política dice y moviliza cuando se decide a quién combate. Trazar la línea entre los amigos y los enemigos, entre los buenos y los malos, entre los que comparten la verdad única y los que la desafían.

Desde hace tiempo, la política pública sobre la radiodifusión y las telecomunicaciones está intencionalmente reducida a la dicotomía amigo-enemigo. Los intereses y las posiciones se ocultan tras las bambalinas de una cruzada en contra de quienes secuestran la libertad de pensamiento y atrofian la cultura nacional. Un complejo entramado de servicios, tecnologías, cables, redes, interacciones de mercado reducidos a una discusión sobre la dañina influencia en la mente de los mexicanos de la novela estelar o del noticiario de la noche. Desde esa dicotomía, la discusión sobre la forma de asignar los bienes nacionales o de regular los mercados de la radio, la televisión y las telecomunicaciones no admite más bandos que los amigos de Televisa o sus valientes enemigos. Las instituciones y las reglas del juego sólo son legítimas y encomiables si, y sólo si, abonan a su confinamiento económico y político. La racionalidad de la pertinencia e implicaciones de poner o quitar barreras a la competencia en dos sectores de la economía que tienen una natural propensión a la concentración (por razones de tecnología y capital), anulada por la común simplificación de que la amenaza mayor a nuestras libertades radica en el peligroso embrujo de la pantalla.

Como estrategia política, ha sido profundamente exitosa y rentable: ha permitido a algunos evadir los costos de proteger y representar intereses. Es una persuasiva trampa para ocultar una motivación. Marcada la frontera amigo-enemigo, no se requieren mayores esfuerzos para justificar las pretensiones propias. Basta decir que algo beneficia o perjudica al enemigo. Para eludir el deber de ofrecer razones fuertes para conciliar intereses, se recurre a la descalificación del otro, al estigma de la complicidad, a la sospecha de sus intenciones. Quien piensa distinto es un obsequioso títere del duopolio televisivo y, por tanto, un enemigo del interés público. Los intereses propios no requieren justificación: son armas necesarias para la guerra. El allanamiento y el saqueo amparados en los imperativos de la misión. No hay espacio para reconocer en otro parte alguna de verdad. Y es que no hay más verdad que la que se usa para delimitar los bandos: en las trincheras del conflicto irreductible, matar o morir.

La discusión sobre preponderancia por sector o por servicio está ineludiblemente marcada por esa trampa maniquea. Para provocar un cambio de regla en beneficio del agente preponderante en telecomunicaciones (Telmex), se recurrió al alegato de que debía contenerse a como diera lugar a Televisa en televisión restringida. Porque ese es el único efecto de cambiar en la ley la definición de preponderancia: abrir la vía del amparo para revertir la decisión del IFT que le exige disminuir su participación en el sector como condición para ofrecer el servicio de televisión restringida. No hay razón para sostener que esta modificación era imprescindible para domesticar eficazmente a los actuales monopolios. La reforma constitucional creó dos instrumentos regulatorios que se complementan entre sí: el poder sustancial de mercado y la preponderancia. La primera se define por servicios, la segunda por sector, con los mismos efectos: imponer medidas asimétricas. Se necesitan ambos para regular mercados que tienden inevitablemente a la convergencia, es decir, a la integración y prestación de varios servicios por los mismos agentes. Definir la preponderancia por servicios implicaba no sólo duplicar un instrumento ya existente en el régimen vigente de competencia económica, sino desaparecer un poder regulatorio frente a la convergencia tecnológica. Un despropósito a todas luces, salvo por la intención de abrir a Telmex por la puerta de atrás, de los amparos, el acceso a la televisión restringida y a la nueva dominancia en triple play.

Stephen Holmes advertía que la prosa dramática de Schmitt, la febril seducción de sus metáforas, podía convertir cualquier minucia en la causa mayor del destino de la humanidad. El juego amigo-enemigo ha servido como sustituto simplificador de la razón pública y de sus deberes deliberativos. Una útil estrategia para situar a otros en el bando de los intereses inconfesables. Una atractiva coartada para no revelar qué y a quiénes efectivamente se representa.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                @rgilzuarth

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