2013

Fue un buen año para el país. Quizá de los mejores, en términos de decisiones legislativas.

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Roberto Gil Zuarth 30/12/2013 00:00
2013

El 2013 fue un año de reformas. Ese es el saldo político del año. La Constitución fue modificada sensiblemente en materia de educación, competencia, telecomunicaciones, transparencia, régimen electoral y político, y modelos energéticos. Aproximadamente dos terceras partes del articulado constitucional fueron objeto de reforma. Si en diciembre de 2012 alguien hubiere anticipado tal magnitud de cambio constitucional, hubiera sido tildado de, por lo menos, iluso.

No debe regatearse al presidente Peña la voluntad de abrir a discusión y a la decisión democrática contenidos intocados a lo largo de nuestra historia reciente. Esa intención supone costos, internos y externos, sobre todo cuando se trata de aquellas reglas que se han elevado al altar de la veneración nacionalista o de aquellas otras que permitieron la consolidación y longevidad del régimen postrevolucionario. Pero también es cierto que el mayor error del gobierno es pretender la reforma por la reforma misma, y no en razón de una visión programática de la sociedad, el mercado, el Estado y la persona, desde la cual construya las palancas de política pública. Las cesiones y concesiones que ha otorgado a diestra y siniestra muestran plásticamente que el gobierno y su partido se sientan a la mesa de negociación con el único ánimo de celebrar un resultado. De ahí que les parezca irrelevante aprobar, prácticamente al mismo tiempo, medidas para ensanchar el Estado y reformas para reducir su presencia en ciertos mercados. Un gobierno que se define como pragmático, pero que en realidad carece de sentido de ubicación. Ofrece gananciales a socios coyunturales para sembrar la percepción de que algo bueno está pasando en México. Fotos y aplausos, sin importar que las políticas públicas sean preocupantemente erráticas.

El 2013 fue, sin duda, el año de la oposición. PRD y PAN leyeron con tino que el Presidente quería ser visto como reformador. Le pusieron un catálogo de genéricos enunciados y firmó para la foto de la historia. Poco a poco han ido logrando cambios que ni la más promiscua imaginación, hubiere concebido que el PRI las apoyaría. Las reformas de competencia, telecomunicaciones, política y de transparencia, así como las agendas votadas en una y otra cámara en materias de anticorrupción y deuda pública, son tesis históricas que han sostenido panistas y perredistas. La Reforma Fiscal es el sueño dorado de la izquierda estatista. La reelección de legisladores y alcaldes, la autonomía del Ministerio Público y la apertura del sector energético a la inversión privada son tercas posiciones de Acción Nacional. En poco puede reconocerse el PRI: no son sus propuestas históricas, no fueron sus iniciativas, no las apoyaron como oposición. Lo único que es suyo es el saldo cuantitativo de lo reformado.

Fue un buen año para el país. Quizá de los mejores, en términos de decisiones legislativas. Un año que puede ser irrepetible en condiciones de cooperación y entendimientos políticos. El año en que se conjugó la motivación de la percepción y la estrategia de negociación. El 2014 inicia con una enorme presión por la reglamentación de las reformas. Poco tiempo para dar sustancia a las decisiones constituyentes. Riesgos latentes de que, para unos u otros, la foto no sea suficiente, porque el diablo entra en los detalles. La resaca del año viejo.

Feliz 2013 y mucho mejor 2014.

                *Senador de la República

                roberto.gil@senado.gob.mx

                Twitter: @rgilzuarth

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