Informalidad urbana como forma de vida

Han caído gobiernos por no recoger la basura.

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Ricardo Pascoe Pierce 30/06/2014 00:00
Informalidad urbana como forma de vida

Para entender cómo vivimos en el Distrito Federal, y cómo los ciudadanos nos relacionamos con la autoridad, debemos remitirnos al denominador común más bajo de la vida cotidiana. Para eso, está el sistema de recolección de basura. En toda la Ciudad de México rige un único sistema de recolección a domicilio, oficina o industria. Se basa en acuerdos a nivel gubernamental (las rutas y su frecuencia, los camiones, la gasolina de los camiones y el personal de opera las unidades) y los consensos vecinales: horarios en los que pasan los camiones y los días que toca orgánica u inorgánica. Hasta ahí no habría mayor diferencia con el resto del mundo.

La gran diferencia se da cuando aparece la pieza clave de todo el sistema de recolección: los barrenderos. Esos seres ataviados en uniformes anaranjados, empujando carritos con uno o dos tambos de metal y haciendo despliegue de sus escobas de vara de perlilla y recogedores metálicos planos. Son la pieza clave del sistema, pues son el conducto para organizar a los vecinos para que separen su basura en orgánica e inorgánica, por un lado, y, por el otro, aseguran que esa basura separada salga de las casas u oficinas y llegue al camión de basura. Su papel es fundamental para que todo el sistema de recolección pueda funcionar en la ciudad. Pero, lo más sorprendente de todo es que no son empleados del GDF, sino que son “voluntarios”. Sin esos voluntarios, el sistema de recolección de basura en la Ciudad de México no podría funcionar.

¿De qué viven esos voluntarios? De las propinas que les dan los ciudadanos y de cierta pepena que pueden hacer de los desechos sólidos que van recolectando, en función de las zonas donde laboran  (casas, oficinas, industrias, hospitales, escuelas, etc). Por su papel en la sociedad, se les puede ubicar en ese mismo lugar que ha creado la sociedad hindú al establecer una estructura social donde se encuentra, en su parte más baja, a los “intocables”, esa casta que Rudyard Kipling definió como “la escoria humana según la definición de los propios humanos, no de Dios”. El que maneja, toca y distribuye nuestros desechos es algo parecido al intocable hindú.

Son pieza clave dentro del sistema de gobernabilidad de la ciudad. Han caído gobiernos por no recoger la basura. El gobierno central y las delegacionales los festeja en “su” día con comidas, regalos y bebidas. Además, una de las compras importantes que hace tanto el GDF como las delegaciones es la vara de perlilla, material que usan todos los barrenderos en sus escobas, y los proveedores son muchos y muy interesados. El GDF gasta mucho dinero en los materiales de trabajo de estos voluntarios, proveyéndoles igualmente de carritos, uniformes, zapatos, gorros y recogedores metálicos.

El gobierno obliga a los ciudadanos a pagar a estos voluntarios para que realicen el trabajo que la autoridad requiere que hagan. Por tanto, el gobierno es promotor de las relaciones informales en la sociedad para que las cosas “funcionen”. La informalidad, que el gobierno supuestamente combate en la forma de ambulantes y otros evasores de impuestos, es, sin embargo, sostenida por la propia autoridad. La contradicción es evidente: ¿cómo es posible crear una cultura urbana tendiente al orden, promoviendo la responsabilidad ciudadana y las relaciones sociales ordenadas, cuando el mismo gobierno es promotor de las relaciones informales y caóticas? La informalidad es la antesala al caos urbano y, por tanto, la convocatoria a respetar la ley se topa con un muro de realidades que parece imposible ese respeto que se pide.

¿Para qué poner parquímetros, se preguntan los ciudadanos, cuando cada quien se pone de acuerdo con su franelero favorito? Ese es el método que el gobierno nos ha enseñado a seguir durante años. Además, ¿por qué respetar usos de suelo, si el gobierno es el primer en violarlos, al igual que los reglamentos sobre la venta de alcohol en la vía pública, sobre la operación de establecimientos mercantiles, sobre la circulación desordenada y arbitraria de microbuses y la venta de piratería en cualquier recoveco que ofrece la ciudad? El reto ordenador para la ciudad es enorme. Gobierno y ciudadanos debemos aprender a hacer las cosas de otra manera. El primer paso es empezar a ordenar las muchas informalidades que definen nuestras vidas. Una decisión ordenadora sería que los barrenderos fuesen empleados del GDF y que los ciudadanos no tuviésemos que otorgar propinas por un servicio que ya pagamos con nuestros impuestos.

                ricardopascoe@hotmail.com

                Twitter: @rpascoep

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