Lo dicho…

La Reforma Fiscal y los nuevos impuestos mantuvieron fría la economía.

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Ricardo Pascoe Pierce 10/03/2014 00:00
Lo dicho…

Sin presumir de poderes especiales de videncia o brujería, pero era absolutamente previsible. Lo afirmé en un artículo de esta columna hace pocas semanas. El pronóstico que hizo la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de que el Producto Interno Bruto crecería en 2014 3.9% era aventurado, sin claros fundamentos y riesgoso para el gobierno federal. Dije, en ese momento, que sería preferible un cálculo más modesto, siempre con la opción de anunciar que los números fueron mejores. El peor escenario para el gobierno y el país era un pronóstico alto y posteriores correcciones a la baja.

Pero la euforia de fin de año generó sus propios demonios. Con la aprobación de tantas reformas en el Congreso de la Unión y los aplausos internos y reconocimientos internacionales, el gobierno federal perdió noción clara de la realidad. Primero fueron los anuncios publicitarios prometiendo, para 2014, más empleos y mejores salarios, como consecuencia de la entrada en vigor de las reformas, especialmente la energética. Luego la portada de Time. Y, finalmente, el anuncio: si en 2013 casi no crecimos, en 2014 creceremos como no lo hemos hecho en los últimos años. Una cifra y una afirmación con un mensaje: el PRI sabe gobernar.

La euforia empezó a menguar en enero. La Reforma Fiscal y los nuevos impuestos mantuvieron fría la economía y la gente lo resintió. Además, arreció la inflación, llegando a  4.6% anualizado. Había una explicación: el ajuste a los impuestos. Se aseguró que era temporal la situación y que pronto empezaría a sentirse el efecto de las reformas y, por ende, el crecimiento.

Pero el crecimiento no llegó en febrero tampoco, y la inflación, aun reduciéndose, se mantiene arriba de 4.3 por ciento. Nos dicen que hay situaciones que lo explican: el clima agresivo en Estados Unidos promete estancar la demanda de productos mexicanos en ese país, el aumento en los precios de algunos productos agrícolas en México, como el limón y aguacate, y algún resabio del aumento en los impuestos.

Banamex estaba en línea con el gobierno federal y pronosticó un crecimiento de 3.8% para 2014. El Fondo Monetario Internacional afirmó, al contrario, que con buen viento el PIB mexicano apenas llegaría a tres por ciento. Sin buen viento, el pronóstico sería menor.

Para principios de marzo las leyes secundarias aún no llegan al Congreso para su discusión. Y no llegan porque los poderes fácticos detrás de cada reforma constitucional están en pleno movimiento y maniobra para lograr que los cambios puedan favorecer, en algo, a sus intereses.  Por tanto, es imposible, en este momento, pronosticar la entrada en vigor de las leyes que regirán cada reforma constitucional. Y, como han dicho y afirmado expertos en la materia, por lo menos la energética tardará varios años en dejar sentir sus efectos positivos y negativos sobre la economía nacional.

Ante este cúmulo de elementos, los pronósticos empiezan a crujir desde sus cimientos. Banamex tomó un primer paso hacia atrás. Redujo su pronóstico para este año, de 3.8% a 3.3 por ciento. Ese medio punto es enorme, en términos económicos. Equivale a decir que no se podrá satisfacer el crecimiento de empleo y salarios que se había prometido hace pocas semanas. O que la industria manufacturera no tendrá la capacidad de exportación que se había previsto. También quiere decir que, a pesar del optimismo reinante y las promesas de un gran gasto público para estimular la economía, la recaudación fiscal tenderá a ser menor a lo previsto, y el gobierno tendrá menos recursos para gastar. Este efecto impactará en un menor dinamismo económico y, ciertamente, en un desincentivo al crecimiento. Es decir, la pelota puede empezar a rodar hacia atrás con cada vez mayor efecto destructor. Nadie lo ha dicho públicamente, pero empieza a correr la voz de que el crecimiento del PIB será menor a tres por ciento. Credit Suisse acaba de anunciar su nuevo pronóstico: 2.8% para 2014.

Nada de esto es bueno para nadie. Pero el yerro empieza con un gobierno exultante que piensa en las elecciones de 2015 y, con ese fin, exagera los resultados sin ver con claridad los caminos para el logro de un buen desempeño económico. El gobierno federal demostró ser un pésimo administrador económico el año pasado, cuando el pronóstico de crecimiento era de 3.8% y terminó en un mísero 1.1 por ciento. ¿Qué nos puede hacer pensar que este año lo hará mejor, cuando no ha sabido contemplar las realidades económicas con la frialdad que se requiere? Y eso que yo, y otros, ya lo habíamos dicho. 

                ricardopascoe@hotmail.com

                @rpascoep

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