Las glorias del gran Garibay 1/4

Ricardo Garibay llenó mi vida mucho más de lo que imaginé.

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René Avilés Fabila 06/07/2014 00:05
Las glorias del gran Garibay 1/4

Leo desconcertado una nota en Expresiones: “Buscan lugar para acervo de Garibay”. El artículo narra las desventuras de su biblioteca. Libros de escritores distinguidos mal subastados, documentos valiosos y volúmenes que no encuentran sitio donde habitar, un aguerrido y talentoso escritor que muerto lucha por ser leído, ajeno a los reconocimientos del mundo oficial.

Fuimos amigos como rica herencia familiar: Ricardo Garibay fue cercano a dos Avilés: mi padre y mi tío Sergio, ambos escritores y ambos más olvidados que el talentoso autor de La casa que arde de noche. La relación comenzó justo cuando publicó Beber un cáliz. La muerte de mi abuelo paterno me dolía de modo intolerable y busqué alivio en tal obra y en una más del florentino Vasco Pratolini: Crónica familiar. Mucho después hallaría consuelo, al fallecimiento de mi madre, con la relectura de Una muerte muy dulce de Simone de Beauvoir. El encuentro con Ricardo Garibay fue inolvidable: poderoso física e intelectualmente, bien parecido, aguerrido, desdeñoso, inteligente al extremo, de carácter duro, de una agresividad espléndida, pero en particular era soberbio como pocos y era así porque simplemente fue un hombre distinto. Rudo ante la vida que suele ser ruda, amoroso con las mujeres, adorador rendido del arte literario y dulce con sus amigos como Rubén Bonifaz Nuño, María Luisa Mendoza, Fausto Vega... Feroz con sus críticos y enemigos. Irónico con sus pares. —¿Qué opina de Carlos Fuentes? —No lo conozco. —¿Y de Paz? —No sé quién sea. La periodista quedó desconcertada.

Los libros de Garibay salían uno tras otro sin aparente esfuerzo, así como vivía con intensidad, escribía con la pasión de Balzac, Tolstoi, Victor Hugo y Hemingway. Todo para él era literatura. Su sensibilidad lo llevó a dedicarle muchas páginas al análisis del Cantar de los cantares. Era un hombre de excesos. A su muerte, algunos intelectuales que habían sido despreciados por él, no sólo respiraron aliviados sino tuvieron ridículas declaraciones en su contra. Claro, no podía defenderse.

Como a buen varón, le gustaban los placeres de la vida, sin embargo, junto al mejor vino, a la delicada mesa y a las mujeres, Ricardo dominaba la literatura, rescataba a clásicos como Cervantes de los académicos o peleaba por el uso de una palabra que le parecía bella o aguda.

Me doy cuenta ahora que Ricardo Garibay llenó mi vida mucho más de lo que imaginé. Dos de mis volúmenes autobiográficos, Recordanzas y Nuevas recordanzas hablan repetidamente de su literatura y del respeto y admiración que le tuve. Nuestros encuentros primeros (por 1966) fueron ocasionales pero muy intensos, más adelante, en la Sociedad General de Escritores Mexicanos (Sogem) de José María Fernández Unsaín, se intensificaron. Nos gustaba el vino y provocar discusiones y malestar. Alguna vez, durante una comida con políticos priistas, Garibay y yo habíamos comenzado a beber con anticipación; el resultado era una conversación divertida. Nos encontrábamos tan a gusto que fue imposible percatarnos de que nuestro murmullo se había hecho gritería atrayendo la severa intervención de Fernández Unsaín: Ricardo, René, Dulce María Sauri está hablando de los problemas nacionales. Ricardo se interrumpió y la miró desdeñoso. Sin transición, sólo cambiando de tono, interrogó a la destacada política: Bien, señora, ¿cuántos libros ha leído?, porque está usted hablando ante escritores. Respuesta: Algunos, maestro Garibay. Ah sí, pues deme títulos y autores, repuso de forma instantánea Ricardo.

Así era de temible el Garibay varón, mientras que el Garibay escritor era muchas cosas, en especial fiero, sensible y contradictorio.

Lo curioso, ahora lo observo, es que tuve mucho que ver con los escasos reconocimientos a Ricardo. Fui parte del jurado que le dio el Premio Colima por mejor obra publicada por Taíb, donde trabajé con Sergio Galindo, hablé en la entrega de un homenaje que le hizo Sogem y también organicé uno más en la UAM-X. Este acto literario se convirtió en un recuento gracioso de las andanzas de Garibay y Froylán López Narváez en Nueva York. Al salir del reconocimiento, Ricardo se topó emocionado con un viejo boxeador con el que había intercambiado puñetazos dentro del ring. Por último, ambos ingresamos al Sistema Nacional de Creadores simultáneamente.

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