La música en Shakespeare y Cervantes

Es frecuente que la gran literatura le rinda homenajes a la mejor música.

COMPARTIR 
René Avilés Fabila 02/03/2014 00:02
La música  en Shakespeare  y Cervantes

Shakespeare y Cervantes son las dos mayores columnas de las letras universales. Sus obras son multicitadas y analizadas en todos los idiomas, países y desde todas las perspectivas imaginables. Sobre música, el segundo desconfiaba de aquellos que no le prestaban atención. En El cortejo de encantadores, Sancho escucha gozoso “no ruido, sino un son de una suave y concertada música…” A continuación dice cortante: “—Señora, donde hay música no puede haber cosa mala”.

En los dramas y comedias de Shakespeare hay frecuentes alusiones a la música y la posibilidad que le dejó al futuro de rodearlas de música a través de ambiciosas puestas en escena, óperas, sinfonías y ballets y, finalmente, producciones cinematográficas.

Pero si Shakespeare, dramaturgo, contaba con la posibilidad de poner músicos en el escenario o tras bambalinas, no era el caso de Cervantes, quien se veía obligado a decirle al lector que en tal o cual situación había música y músicos, y así despertar la imaginación del lector.

El inicio del capítulo XXXV de la segunda parte advierte del “compás de la agradable música” que acompaña el cortejo de una ninfa y en seguida precisa: “…pero al punto que llegó el carro a estar frente a frente de los duques y de don Quijote, cesó la música de las chirimías, y luego de las harpas y laúdes…” es necesario fusionar dos artes en la imaginación y mientras se lee la prosa aguda y fluida de Cervantes, es menester escuchar la música, como sucede actualmente con las películas, las que, por su tecnología, permiten mirar el transcurrir de las acciones al mismo tiempo que la música le da mayor ambientación y profundidad.

Como fantástica recompensa, los músicos han trabajado con materiales de ambos grandes maestros. Pensemos en el Don Quijote de Massenet, en Romeo y Julieta de Prokofieff y en El sueño de una noche de verano de Mendelssohn.

Shakespeare ha tenido observadores literarios y filosóficos, pero también juristas, historiadores y estadistas. Es una fuente de conocimiento para el derecho y la ciencia política. Llegar a conclusiones políticas a través de sus obras es ya algo común e inalterablemente fantástico. En Ricardo III o en Macbeth, en Hamlet o en Julio César es posible presenciar los excesos y las ambiciones del poder, del dolor y muerte que producen.

Pero es en materia musical donde saltan las observaciones más agudas. Que a Shakespeare le gustaba el arte musical, qué duda cabe, desde sus obras teatrales hasta sus sonetos, en todo estaba la musicalidad reflejada, aparecen gallardas, arrullos, serenatas y bailes moriscos. Fue más allá y en El mercader de Venecia hace decir a uno de sus personajes, a Lorenzo, cuando en la noche resuena la música, lo siguiente:

“La razón es que todos vuestros sentidos están atentos. Fijaos un instante cómo se conduce un rebaño montaraz y retozón, una yeguada de potros jóvenes sin domar, haciendo locas cabriolas, soplando y relinchando con gran estrépito, acciones a que les impulsa naturalmente el calor de la sangre; si ocurre que, por casualidad, esos potros oyen un sonido de trompetas, o si alguna tonada musical llega a herir sus oídos, los veréis, bajo el mágico poder de la música, quedarse inmóviles como por acuerdo unánime, y sus ojos tomar una tímida expresión. Por esta razón, el poeta imaginaba que Orfeo atraía a los árboles, a las piedras y las olas, pues no hay cosa tan estúpida, tan dura, tan llena de cólera, que la música, en un instante, no le haga cambiar su naturaleza. El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades; los movimientos de su alma son sordos como la noche, y sus sentimientos, tenebrosos como el Erebo. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música.”

Es frecuente que la gran literatura le rinda no sólo homenajes a la mejor música sino que, además, explique a través del relato o de los propios personajes su fervor a dicho arte. Algo parecido han dicho algunos críticos literarios agudos acerca de una obra diametralmente opuesta a las aquí citadas: Naranja mecánica por su título en castellano, obra de ciencia-ficción llevada a la cinematografía por Stanley Kubrick, donde un personaje malvado es devoto de Beethoven. No todo está perdido para él, tarde o temprano la música lo salvará.

Si Shakespeare y Cervantes pensaron que la música redimía, así debe serlo. Desconfiemos, pues, de los sordos musicales.

www.reneavilesfabila.com.mx

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red