La ausencia de crítica literaria

Autoritarios, indican quién es el mejor poeta o quién el novelista perfecto. Así nos hemos llenado de confusión.

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René Avilés Fabila 29/12/2013 00:00
La ausencia de crítica literaria

En México padecemos un problema no desdeñable: la presencia del imaginario crítico literario “profesional”. Amparado en un título que jamás obtuvo, hace y deshace novelas, cuentos o poemas. Inevitablemente elogia a sus amigos y destruye a quienes no le agradan. Siendo detestable, logra, sin embargo convertirse en alguien no respetado sino temido y consigue a fuerza de petulancia que editoriales de apariencia seria publiquen sus mamotretos glorificadores de quimeras y denigradores de autores valiosos. Son, en esencia, audaces y demoledores. Al final intentan ser literatos lo que exhibe un hecho incuestionable: al ser incapaces de escribir la anhelada obra creativa, ejercían la crítica. El problema en México es ancestral y acaso sea universal a juzgar por los comentarios de los escritores mayores a la “crítica” de los charlatanes.

Cuando Carlos Fuentes arrancó su impetuosa carrera, dijo algo que pareció exagerado: Me voy de México para hallar la crítica seria que analice mis obras. Debió encontrarla, porque al país sólo venía ocasionalmente para promover sus libros. Fue un escritor de altas y bajas, como la mayoría, pero sus mejores libros le dieron reputación internacional que supo consolidar con relaciones glamorosas, viajes y conferencias ante públicos interesados en las letras latinoamericanas. Pocas veces en México ha aparecido un analista inteligente que lo valore en su justa dimensión. O lo glorifican o lo destruyen. La burocracia cultural piensa que a falta de escritores de talla mundial, él debe ser, como Octavio Paz, enaltecido sin cesar. Y otros que han escrito obras igualmente valiosas, ¿dónde están? En el Limbo nacional. México, visto desde afuera, es dueño de no más de cinco autores. Sus nombres los repetimos a diario. Son pequeños best-sellers respaldados por un público más atento a los medios y a las preferencias políticas que a la calidad literaria. Si el respaldo cobra fuerza por el impulso de mafias culturales y funcionarios habilidosos, convierte al autor en figura icónica antes de tiempo y hasta le ayuda a obtener premios internacionales.

Para contribuir al caos literario, los malos escritores-críticos-literarios juegan a ser Dios o algo peor, el PRI de sus mejores épocas. Autoritarios, indican quién es el mejor poeta o quién el novelista perfecto. Así nos hemos llenado de confusión. Somos Babel. No sabemos el peso exacto de cada autor, sólo que aparece frecuentemente en los medios glorificado por cretinos y seguido por masas de malos lectores.

Donde notamos más la ausencia de crítica literaria es en la vida privada de las editoriales, los premios y las distinciones. Nunca publican o triunfan los mejores sino los que tienen las más sólidas relaciones públicas, los amigos más consistentes dentro de un reino perverso. En una editorial o en un concurso, los dictaminadores y quienes toman las decisiones son siempre escritores y entonces aparece el problema: juzgan por simpatías o antipatías, ayudan o destruyen al colega.

Hace unas cuatro décadas escribí un libro, El escritor y sus problemas, editado por el Fondo de Cultura Económica: era periodismo cultural y fue resultado de muchas entrevistas y encuestas con escritores mexicanos famosos. La mayoría se quejaba de la ausencia de crítica seria. Los más propios decían que habría que hacer lo mismo que Faulkner y Hemingway: ignorarla.

Siendo riguroso, crítica literaria la hay. De pronto un escritor se anima a analizar a otros que aprecia, siempre lo hace con autores notables. Jaime Torres Bodet lo hizo con Balzac, Octavio Paz con Pessoa. No hurga más que en poetas o novelistas que han superado la prueba del tiempo y han quedado para siempre. Pero ¿y aquellos que producen en nuestro tiempo? Unos están en el cielo, otros en el averno, según sus amistades.

La buena crítica literaria debiera salir de las aulas universitarias, donde se crean críticos especializados que no desean metamorfosearse en literatos, y escasamente aparecen en los medios tradicionales sino en tesis y publicaciones especializadas. Tiene otro defecto. Los investigadores sólo encuentran acomodo dentro de los lugares comunes de las letras. Ninguno arriesgaría por alguien fuera de la lista oficial de “consagrados” para mantener el respeto hacia los autores inventados por aquellos que consiguen engañar al país con obras sumamente discutibles.

www.reneavilesfabila.com.mx

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