Vida plena, muerte digna

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Rafael Álvarez Cordero 18/01/2014 00:00
Vida plena, muerte digna

Una muerte en paz es el justo corolario
de una vida bien vivida.
 
M.Keats

 

Mi querido viejo: esta semana, al recibir los mensajes, incluso telefonemas de muchos amigos, comprobé que el asunto de la vida y la muerte está presente en nuestra mente, la inmensa mayoría de los comentarios fue de aprobación al planteamiento de la eutanasia, y muchos insistieron en la idea de morir dignamente; por eso creo que el caso de Emiel Pauwels es paradigmático, porque tuvo una vida plena y una muerte digna.

Tuvo una vida plena, porque desde joven fue un gran atleta, que se distinguió por la velocidad, que le permitió ganar innumerables premios en toda clase de competencias de velocidad y de fondo; fue una vida plena porque siguió haciendo deporte al paso de los años, y como comenté la semana pasada, ya con 95 años de edad encima, compitió con otro atleta de 94 y ganó; si quieres ver la carrera, entra a http://youtu.be/UZpetsGhQbI.

Pero además tuvo una muerte digna, porque al saber que tenía un cáncer inoperable, decidió partir en el mejor momento, acogido a las leyes de su país que permiten la eutanasia. Cabe señalar que en México no se acepta la eutanasia, pero hay una Ley de Voluntad Anticipada que permite que un individuo diga que no quiere que su vida se prolongue inútilmente si tiene un mal incurable, es una ley aún tímida y que requiere ir ante notario y hacer una serie de trámites burocráticos que Emiel Pauwels nunca tuvo que hacer.

Pero lo más importante, querido viejo, es que el caso de Pauwels muestra cómo tanto su vida como su muerte fueron actos de amor.

“¿Acto de amor recibir una inyección letal?”, preguntarás, sí, y me explico: Pauwels amó la vida, amó su cuerpo, lo amó desde la juventud, lo cuidó, alimentó y ejercitó para que fuera el mejor cuerpo posible: fuerte, ágil, sano; y ese amor por su cuerpo lo conservó hasta los últimos días, te puedes imaginar lo que representa que a los 95 años aceptara entrar a una carrera contra un amigo de casi la misma edad.

Pero por otra parte, su muerte fue un acto de amor, porque al darse cuenta de que inevitablemente su cuerpo decaía a pasos agigantados, víctima de la voracidad de las células cancerosas, reunió a sus amigos, se colgó algunas de las muchas medallas que conquistó, brindó con champán y recibió la inyección que coronó su vida.

Vida plena, llena de satisfacciones, llena de esfuerzo, sí, de trabajo en el deporte, de tenacidad, de entusiasmo para practicar en las pistas todos los días, con frío o calor, con lluvia etcétera, vida plena al ganar las competencias y recibir las medallas; y muerte digna al amar, respetar y comprender a su cuerpo, que ya no daba para más.

Mi querido viejo: la vida va, la vida sigue y creo que quienes como tú amamos la vida, debemos vivirla plenamente y en su momento decidir cómo terminará con dignidad; no se trata de pensar todos los días en la muerte, sino de reflexionar, para saber qué hacer cuando el momento llegue, y mientras tanto, vivir sana y alegremente las 24 horas que nos regala la vida cada día.

                *Médico y escritor.

                raalvare2009@hotmail.com

                www.bienydebuenas.com.mx

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