Fondo de Cultura Económica

Todo lo que hace con un presupuesto anual francamente insignificante.

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Oscar Benassini 04/09/2014 00:00
Fondo de Cultura Económica

Que otros se vanaglorien de lo que han escrito,Yo me enorgullezco de lo que he leído.

                JL Borges

 

No entendí. Ahora sí que nomás no entendí nada, mea culpa, quiero pensar. Si repartimos 238 millones de pesos entre los más pobres de México, suponiéndolos unos 20 millones, a cada uno le tocan más o menos 12 pesos. ¿Qué con eso? No entiendo. Sigo creyendo que en el cielo hay libros y a uno le dan ahí chamba de editor. El argumento dice: el Fondo de Cultura Económica debe desaparecer porque a los mexicanos nos cuesta 238 millones de pesos, y en mi mundo al revés ese sería justamente el argumento esencial para no desaparecerlo: ¡apenas nos cuesta eso: nada! Sigo asombrado de la cifra y de todo lo que hace el Fondo con un presupuesto anual francamente insignificante e injusto. Y se me vienen en tropel el número infinito de asuntos irrelevantes que se pagan con dinero del Estado (nuestro dinero) que de verdad debieran eliminarse. Baste con las cifras que se han venido publicando acerca de fugas, desperdicios y transas incontables en nuestra educación pública, que pagarían cientos de editoriales como el Fondo. Ochenta años de gloriosa historia, de asombrosa consistencia en la calidad del trabajo y —estoy seguro— el impacto mundial de muchísimos libros, nobleza absoluta de fines, espacio único e indispensable que ninguna otra institución conseguiría ocupar con tanto decoro, ¿debieran darse por concluidos en vista de que sus beneficiarios formamos parte de la clase media y/o (a gusto del lector) constituimos una élite académica, cultural e intelectual (¡ya me apunté!) que por desgracia es la que lee en el país? (será la sintaxis, pero no entiendo la desgracia). Se trata, según se argumenta, de múltiples y valiosísimas colecciones —de las que la revista El Trimestre Económico es claro ejemplo— de la más alta calidad, de un número creciente de series y títulos de lo más diversos, para que, empleando semejantes argumentos, yo lector clasemediero elitista académico deba cuestionarme si se sigue justificando que el Estado publique, distribuya y venda libros subsidiados por el contribuyente, que en esencia habremos de ser los mismos clasemedieros elitistas, juntándonos de regreso, creo, con un poquitín del IVA nuestro de cada día, ¡en libros! No se me ocurre causa más noble, y por consiguiente renuncio a mi ciudadana prerrogativa de donar 12 pesos a cada más pobre y me quedo con mis libros subsidiados. ¿Qué en el país existen hoy día varias editoriales de todos los tamaños, e internet ofrece una plataforma inigualable para conseguir todo tipo de contenidos culturales y académicos? Una vez más, tampoco entendí. A mi juicio el panorama de la industria editorial, en México y en el mundo, no puede ser más complicado y desalentador. No miento si digo que cada vez es más difícil publicar lo que a juicio de las empresas no se va a vender, a la vez que la pretendida variedad está convirtiéndose en compra de editoriales, fusiones y más fusiones, y prácticamente dos grandes empresas que se hallan claramente en riesgo de ser calificadas como monopólicas. Imposible prescindir de la presencia reguladora, moderadora, de una editorial del Estado. En cuanto a los libros “virtuales”, estos no alcanzan ni 10% del mercado. La mayoría de lo que se lee siguen siendo libros tradicionales de los de a de veras, papel y tinta. Del mismo modo, casi todos los contenidos académicos y culturales disponibles en la red vienen precisamente de libros. Tampoco exagero si escribo que hay miles de títulos publicados y por publicar, prácticamente indispensables en México, que sólo vamos a tener si el Estado los subsidia a través del Fondo. El Nobel mexicano Octavio Paz nunca fue el gran vendedor de libros al que las editoriales se peleaban, para que gracias al Fondo su obra tenga la trascendencia que merece; como ese, existen incontables ejemplos. No conozco hasta el día de hoy un solo título publicado por el Fondo que no justifique con claridad y amplitud semejante distinción. En todos los libros se advierte un excelente trabajo editorial de parte de una empresa que hace presencia en España, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Guatemala, Venezuela, Chile y Brasil. La existencia del Fondo es absolutamente incuestionable, y la tarea para quienes amamos los libros es generar una corriente de opinión —que no será, sin duda, la de los más pobres de México— que convenza de la importancia de que el Fondo crezca y su magnífica labor se multiplique. Reciba el Fondo una calurosa felicitación de un ciudadano más que satisfecho con sus magníficos primeros ochenta años.

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