Último Round

Se cumplen cien años del natalicio del gigantón desgarbado.

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Oscar Benassini 28/08/2014 00:00
Último Round

                Para la cultora de Rayuela

Tengo 20 años y en alguna boda me toca como compañero de mesa un argentino güero, guapito y de verdad petulante: – “¿Y vos conocés a otros argentinos?” –“A Julio Cortázar”, le suelto tan retador como me lo permite mi torpeza social de entonces.  –“¡Habés estado en París entonces!” –“¡Nunca!”  –“¡Y cómo es que le conocés!” –“¡Lo leo!”. Se cumplen cien años del natalicio del gigantón desgarbado, flaco y con la barba oscura, casi uniformado en sus jeans y con la mochila en la espalda mientras recorre la Francia, husmea todo París. ¡Argentino de dónde, si nació en Bruselas y pasó más tiempo en Europa que en América! Apátrida, cosmopolita en esencia gracias a esa identidad absoluta que le permitía prescindir de etnia y nacionalidad. Súmese a ello que en 1981 protestó contra Videla y su camarilla de matarifes, tomando la nacionalidad francesa. El maestro incuestionable del relato, el mejor cuentista que haya yo leído, poeta inexplicablemente bueno para su talento en prosa, Rayuela cayó en mis manos (¡o yo caí en las de Cortázar!) a mis 17 para enseñarme por siempre un modo absolutamente distinto de narrar, que rompía con la manera lineal y secuencial en que se suelen contar historias. Julio derrota al tiempo y cuenta de modo circular para que su relato no tenga fin ni principio y arranque justo donde termina siempre. Con eso me hubiera bastado para querer a Cortázar, pero en los siguientes diez o 12 años lanzaba volúmenes de cuentos uno tras otro. Imposible citar y resaltar cada uno, baste con el privilegio que habrá sido para cualquier lector poder llamarse “cronopio” o “fama”, en el personal universo paralelo del argentino. Si Rayuela (1963) desecha el tiempo, como si con eso no fuera bastante, en su capítulo 62 concibe una historia todavía más imprecisa, inasible y sujeta al arbitrio del lector: 62 Modelo para armar (1968), esencial para los pasmados por la primera. A mí me gusta decir que mi favorita no coincide con la de la mayoría, así que me quedé para siempre con El libro de Manuel (1973), su trabajo más crítico, más comprometido con la historia, la política y las convicciones que ambas entrañan; con él, afirma, “termina el yo y empieza el tú, el vos”. Se trata además, pienso, de la novela que recurre a la mayor diversidad de recursos narrativos para hacerlos componer una historia. Se casó con Aurora Bernárdez en 1953 y rompió con ella 14 años después, para unirse sin matrimonio a la lituana Ugné Karvelis, su “maestra en política”, como la consideró siempre. Su segunda esposa (1970) fue la artista canadiense Carol Dunlop, 32 años menor que él, a pesar de lo cual falleció de leucemia (1982) dos años antes que Julio. Ambos etiquetados como pacientes oncológicos deciden hacer el viaje de París a Marsella en una combi habilitada como “camper”, mientras escriben Los autonautas de la cosmopista (1982), una memoria del viaje y de su (envidiable) vida de pareja. Conservo como libro de cabecera uno de sus trabajos misceláneos: Último Round (1969), que contiene todos los géneros, los temas y las disposiciones para plasmarlos por escrito, en un verdadero collage que ilustra la versatilidad de Cortázar. Anoto dos o tres cosas que se hayan quedado conmigo: “A la esperanza: Creíamos/ uno en el otro. / Ves, no se debe”. “Poema: Toda mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo, / pronto a borrarte, así no eres, / ni tampoco con ese pelo lacio, / esa sonrisa”. “Naufragios: Te reconozco. / Subo por el perfume de tu pelo / hasta esa voz que nuevamente solicita, contemplamos / al mismo tiempo la doble isla en la que somos / náufragos y paisaje, pie y arena”. “Pida la palabra pero tenga cuidado: Cuando el catedrático doctor Lastra tomó la palabra, ésta le zampó un mordisco de esos que te dejan la mano hecha moco. Al igual que más de cuatro, el doctor Lastra no sabía que para tomar la palabra hay que estar bien seguro de sujetarla por la piel del pescuezo si, por ejemplo, se trata de la palabra ola, pero que a queja hay que tomarla por las patas…”. Hombre de congruencia absoluta con su época, para cada cosa de su vida. Marxista leninista amigo de Fidel y de los sandinistas, donó sus ganancias de El libro de Manuel para ofrecer apoyo material y ayuda legal a los presos políticos argentinos, y las de Los autonautas… a los revolucionarios nicaragüenses que echaron a Somoza. Es bien sabido que murió a causa de la leucemia antes de cumplir 70, en 1984, hace ya tres décadas. Su trabajo no ha perdido en nada su tono innovador ni su contenido único. Sirva el centenario para saber de sus letras perfectas.

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