Veinte años después

Dos décadas ya y el recuerdo sigue tan presente como el primer día.

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Oscar Benassini 27/03/2014 00:00
Veinte años después

                Con afecto para Víctor y Don Luis (in memoriam).

 

Este vigésimo año desde el crimen de Donaldo Colosio me hizo pensar que había transcurrido una eternidad desde un suceso al que paradójicamente todavía vivo reciente. Dos décadas ya y el recuerdo sigue tan presente como el primer día, como si lo ocurrido conllevara la pena de no olvidarlo y escribir a tientas para saber qué es lo que voy a consignar aquí. En todo este tiempo he ido pensando que el asesinato partió a mi país en dos porque le trajo dos historias distintas, la que fue y la que habría sido, sobre la que nunca podremos acabar de especular. Un modelo político agotado con López Portillo, el modelo del PRI, partido de Estado gobernante siempre, el de la estabilidad y el desarrollo, el del nacionalismo a toda costa, le abrió la puerta a un modelo distinto, basado en un modo neoliberal de priorizar, centrado siempre en la economía y el bienestar que habría de generar su manejo acertado. De pronto el sismo de 1985 interrumpe la ruta en esa dirección, la misma que rescata Carlos Salinas de Gortari en 1988, profundizándola y barnizándola de un nacionalismo mucho pero mucho más tenue. Vinieron entonces la candidatura de Colosio y el crimen que marcó el retorno de la historia de México a la barbarie. La decena trágica, la muerte de Venustiano Carranza y hasta el manejo de la revuelta cedillista parecían historia y nada más, acontecimientos traumáticos del pasado, hechos de sangre de los que habíamos aprendido. La muerte de Donaldo Colosio y meses más tarde la de Ruiz Massieu, nos enfrentaron brutalmente a lo contrario. Se dispuso de la vida de un hombre, y la imposibilidad de justificar semejante decisión escindió al país. Claro que la atención se centró en el cómo, pasando por alto el porqué, y con ello se perdió el sentido. ¡Qué más daban los medios ante la urgencia de explicar las razones últimas y sus consecuencias!, las que ningún estado debiera nunca pasar por alto sin importar los costos. Partidos en dos, polarizados como quedamos, lo de menos fue la Torre de Babel de los siguientes años, los múltiples discursos y los partidos de los que venían, el gobierno alternativo, el de la oposición era inevitable, como lo fue la violencia extrema que a la larga trajo un asesinato sin explicación, la “guerra”, contra el narco, el crimen organizado, lo que fuera, mera barbarie sin control en ausencia de una justificación histórica de lo que había pasado. Dos décadas después, México sigue herido, horadado, quebrado por la falta de coherencia histórica por la falta de una explicación que a todos nos debemos todos. ¿Cómo habría sido nuestro México de 1994 a 2014 sin esos dos balazos que parecen haberlo profanado todo? Yo no consigo sino pensar, con cada año, con 20 transcurridos al día de hoy, que los mexicanos nos merecíamos otra historia, un derrotero que nada más no puedo dejar de creer distinto, mejor, mucho más bueno y justo que el que surgió de un crimen. Ese nunca debió haber sido el parteaguas porque para entonces creíamos que ya no éramos violentos. Nadie, ninguno nunca vamos a renegar de nuestra identidad, de cómo la determinó la fractura, de la polarización que arrancó en el 94 ni de la sangre que parece negarse a dejarnos en paz en busca del futuro. No hay hoy día tarea más complicada para México que la política, las garantías de Estado y la coherencia histórica que sus ciudadanos adeudamos a la memoria de Donaldo Colosio y su crimen. Los libros de texto cuentan una sola historia porque no fueron hechos para especular con todos los futuros posibles, con el país que hubiéramos sido. Con todo y eso hay mexicanos que cada 23 de marzo tenemos presente la fecha precisa del quebranto que nos marca sin que sepamos si algún día tendremos el entendimiento que nos reconcilie con nuestra época, imposible mientras no sepamos. 

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