“De que la perra es brava...”

No soy el más ferviente partidario del papel rector del Estado en la cultura

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Oscar Benassini 26/12/2013 00:59
“De que la perra es brava...”

“De que la perra es brava hasta a los de casa muerde”. Días pegajosos éstos, lentos para permitir esa manera acompasada de reflexionar tratando de estar con el calendario y su fin de año cerrando cuentas. Cómoda la postura de uno, ciudadano en derecho y aptitud de testificar, y si hay un espacio como éste disponible, de plasmar algún testimonio. Ya habrá quedado más que claro que no soy el más ferviente partidario del papel rector del Estado en la cultura, y que los esfuerzos oficialistas en ese sentido pueden verse como una de esas tareas de requisito sin más. Consumidor (modesto) del arte y la cultura, como me atrevo a considerarme, he visto cientos de veces cómo brota la expresión estéticamente incuestionable de donde menos pudiera uno imaginar, divorciada de origen de cualquier patrocinio, el del gobierno en particular. Con todo y eso, no puedo dejar pasar el reciente desplegado que demanda del jefe de Gobierno “los cambios que sean necesarios” en provecho de la actividad cultural. Obliga el peso natural, indiscutible, de algunos de los firmantes: José Emilio Pacheco, Sergio González Rodríguez o Virgilio Caballero, cuidadosos —considero yo— de no contaminar su labor por la cultura con su filiación política, así como la clarísima adhesión partidista y personal de algunos otros que signan —Paco Ignacio Taibo II y Paloma Saiz, por ejemplo— porque en vista de ella lo consignado adquiere significado. Y no es que esté de acuerdo con la desatinadísima gestión de doña Lucía García-Noriega, nuestra (la de los ciudadanos de aquí) secretaria de Cultura, de cuyos torpes embrollos ha dado cuenta Excélsior y ha comentado esta columna; el asunto de El Caballito resulta un inmejorable ejemplo. Lo que intriga es el súbito interés de un grupo de intelectuales “de izquierda” (what ever that means) por denunciar lo mal que lo está haciendo el gobierno de la ciudad en esa responsabilidad, exigiendo “cambios”, para provocarme dudas sobre el genuino propósito de su pública manifestación. “Ni todos hijos, ni todos entenados”, podría ser la respuesta que merecen mis dudas sin fundamento, porque —claro— una cosa es mi partidista ideología y otra mi derecho a hacer reclamaciones a mi gobierno. Ojalá y así fuera, pero no consigo dejar de hilar esta queja con las múltiples opiniones acerca de la incompetencia del gobierno de la ciudad en las más diversas responsabilidades, que han poblado los medios en los últimos meses. Esta de la cultura me suena a una más. El destinatario no puede ser más claro, y aquí no tengo sino rumores para justificar las protestas: que si era gente del anterior a quien hay que descalificar hoy, que nunca enseñó filiación política de izquierda o cualquier otra, que si se le ve cómodo con el presidente Peña Nieto, que si trae pugna con aquella Nueva Izquierda que Bejarano y Padierna han utilizado y siguen utilizando como ariete, y tal vez la más fantasiosa e insostenible de todas, de cualquier forma la apunto: que si tenía cuota una vez gobernando y no ha cumplido con ella. Conste pues que es mi rosario de chismes el que me dificulta creer en los legítimos propósitos del desplegado, y las cosas se le complican todavía más a mi corta entendedera cuando, considerado el destinatario, me hago especulaciones acerca del remitente. He visto pasar uno y otro y otro personaje(s) —como hoy nos presentan al jefe de Gobierno— desfilando con la perversa consigna del desgaste. Que pongan la cara, que se disciplinen al criterio —único, indudable para cualquier fundamentalista— del líder que va decidiendo quién vive y quién muere en el mundillo izquierdoso. A mí me lo debes y no me estás cumpliendo, no vaya a ser que creas que llegaste porque merecías, y sábete que en tu desempeño gobernando no has aportado lo que esperábamos a los sagrados propósitos del santón aquel que nunca quiere ensuciarse las manos comunicando mensajes y sentencias. Para eso están los desplegados y sus firmantes, el asunto es lo de menos, en tanto se haga evidente —¡y no!— que no hay sino un proyecto, uno sólo, para que la responsabilidad cultural del Estado no sea más que pretexto, mero vehículo. Vaya mi más que endeble reflexión personal para desearle un próspero Año Nuevo a la cultura en mi país, en mi ciudad.

                Twitter: @obenassinif   

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