Escribir; lo que se dijo en la FIL

Valió la pena seguir lo que Vargas Llosa y Grossman dijeron acerca de escribir.

COMPARTIR 
Oscar Benassini 05/12/2013 00:00
Escribir; lo que se dijo en la FIL

Mario Vargas Llosa y David Grossman ofrecieron juntos una disertación pública el pasado 1º de diciembre, en el marco de la FIL. Tratándose del peruano ganador del premio Nobel de Literatura, y del judío israelí que, hace años ya, figura en la lista de candidatos, valió la pena seguir lo que ambos dijeron acerca de escribir. Latinoamericano el primero y asiático el segundo, no extraña la polaridad de sus puntos de vista acerca de las letras. Un Vargas Llosa sonando sublime, inspirado, en la cima del goce estético en tanto ha sido premiado de modo universal, dijo que “la literatura es una de las mejores cosas que le han pasado a la humanidad”, que “sirve para llenar ese vacío entre la realidad y el mundo de los deseos inventados”, en tanto plasma “lo que quisiéramos tener y no tenemos”. Remató asegurando que “escribir es una cosa maravillosa”, que produce “una felicidad inmensa”, y que “no hay nada más hermoso en la vida que sentarse a escribir”, vocación ésta que “enriquece tanto esa pobre vida que tenemos”. Cada una de sus aseveraciones ha resultado un coscorrón para el que usa de las teclas maltratando de hilar estos renglones. Podría decir que semejante modo de entender a la literatura y de ejercerla me parece envidiable aunque jamás haya conseguido vivirla así, pero creo que ni siquiera. No puedo pensar en usar las letras sumergido en el gozo que propone el peruano. Es más, ni siquiera puedo pensar en escribir si no es entendiéndolo como una absurda necesidad que contraviene las leyes de la discreción, de tan sencillo que resulta nomás no decir nada. Escribir es árido, estéril, inútil tantísimas veces, para que la obligación de hacerlo se viva siempre en desamparo,  a solas inevitablemente, como una sola expresión de la propia ineptitud frente al que —posiblemente, nada más— lea, sobre todo si la mayoría de las veces ni siquiera se escribe para los demás y más bien se vive la torpe individualidad del que trata —¡sin conseguirlo!— de entender en tanto escribe, jamás —cuando menos yo— en busca de los deseos inventados y la felicidad inmensa. El gozoso trance de don Mario y su necesidad de compartírnoslo se me habría vuelto un puro conflicto, de no ser por Grossman y los contrastes que me ofrecen sus puntos de vista: “No escribo para escaparme de la pena. Escribir es una forma de estar en la situación. Pienso que la única libertad real, la verdadera libertad que una gente (persona) tiene, es (la de) describir su propia tragedia, con sus propias palabras, no con las que otra gente le da”. Y el alivio que llega. Ya no hay maravillas ni inmensa felicidad, hermosa como nada más, inventándonos lo que no tenemos. Para el judío se trata de estar, y semejante hacer presencia es producto de una elección en libertad para describir tragedias personales. Remató con una propuesta que me sigue sonando sensata como ninguna otra: “El arte es el único lugar donde las cosas y las leyes pueden coexistir”. Me parece una manera impecable de explicar por qué algunas personas saben que no les queda otra vía que cultivar el arte de escribir, modalidad esclavizante, sentencia terrible para los verdaderos grandes de las letras, pretendiendo el más pequeño de todos los reductos para expresar la tragedia de cada quien, o la de todos si de verdad se hace literatura. Ambos escritores coincidieron en que durante su diálogo tenían que evadir la política; no pude estar más de acuerdo. No lo consiguieron. Vargas Llosa insistió —por enésima vez— en aquello de la dictadura, el partido, la hegemonía absoluta durante 70 años (recién reloaded, ¿alguien se lo dijo?) y la corrupción enorme, para rematar en que hoy somos un país donde hay democracia, “progreso considerable”. ¿Y David Grossman? No pudo evitar hablar de los palestinos, para reconocer que en su país se les ha deshumanizado —“nos sentimos superiores a ellos”—, y declarar que deben tener su propio territorio y su Estado independiente, libertad y soberanía, si lo que se quiere es la paz. Nuevo ejercicio de lucidez para quien no se piensa en situación de juzgar a sus anfitriones y opta por hablar de su nación y nada más. ¿Será que los grandes premios modifican la conciencia y la versión que ésta nos ofrece de la literatura y la realidad?

Comparte esta entrada

Comentarios