Político... y si no, narco; Drogas, mujeres y corridos

La tradición y los hábitos que degradan a la mujer mexicana ya estaban allí, y no se explica necesariamente por la conducta de los capos

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Opinión del experto nacional 12/03/2014 02:04
Político... y si no, narco; Drogas, mujeres y corridos

Por Carlos Resa Nestares *

Segunda y última parte

 

La beldad sinaloense continuaba su entrevista narrando el desagrado de su padre con su nueva pareja. Pero su relación sentimental es más que un mero progenitor, es ingrediente aspiracional adquirido fuera de la industria de las drogas. “Imagínate: sería feo que mi papá me dé lo mejor y casarme con un hombre que no me dé nada, o sea”. ¿Y qué hombre puede tener el mismo nivel de vida que tu padre en el México de hoy en día? “Pues un político de su nivel más o menos, muy prestigiado… o algún narco. Porque en realidad aquí los que tienen dinero son los políticos altos o los narcos.”

Y aunque al mundo criminal le corresponda más que la proporción aleatoria de paranoicos graves (algo de razón hay en su demencia: al menos teóricamente los persigue la policía) y mentirosos compulsivos, la industria de las drogas en ningún lugar del mundo está compuesta por alienígenas, elfos o sectarios con originales códigos de comportamiento y estilos de vida inéditos. Sus integrantes, incluso los más reputados, no son una aberración social despreciable. Son parte integral de la sociedad, de quienes adquieren sus vicios y sus virtudes. Y eso incluye los comportamientos de los hombres respecto de las mujeres y a la inversa.

Quienes después se han convertido en distribuidores de drogas compartieron pupitres escolares, trastearon con los mismos juegos, recibieron parecidas reprimendas de sus progenitores y vibraron con los mismos programas televisivos que quienes con el paso del tiempo llegaron a ser estrellas del cine, futbolistas de élite, políticos y vendedores ambulantes. Tienen costumbres similares al resto de mexicanos, si acaso tamizadas más por su extracción socio-económica o regional que por su lucrativa relación con las drogas.

Y la industria de las drogas premia el arrojo y el tesón del mismo modo que cualquier otra rama de actividad económica o incluso a la seducción amorosa (vulgo militarista: conquista). Cosa distinta es que el ineludible acceso a cantidades colosales de drogas, dinero y armas y un sentimiento desmedido de impunidad ganado a pulso de billetera o disparos lleve esas costumbres sociales nativas hasta los límites más estrafalarios. Pero la tradición y los hábitos ya estaban allí y no se necesita introducir a las drogas en la ecuación.

Dale al europeo promedio, estereotipadamente culto y cultivado, un arma y un motivo para asesinar a su vecino impunemente y, sin apelar a la manida Ley de Godwin de apologías nazis, tendrás el desbarajuste genocida de los noventa de los Balcanes. Željko Ražnatovic, el hijo de un partisano, no tuvo inconveniente en asesinar en cotas tan ostensibles como para llamar la atención del timorato Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia al tiempo que contribuía a la natalidad del mundo con nueve hijos de cinco mujeres, incluyendo una sueca, una belga, una profesora de español, una actriz de Belgrado y Svetlana Ražnatovic, una explosiva y exitosa cantante de turbofolk, cuyo enlace nupcial se retransmitió en directo por el principal canal privado de televisión serbio, el mismo que emite con notables audiencias telenovelas latinoamericanas dobladas por su solo actor. Todo sin salir de (la cultura de) Europa.

Dale a un mexicano cualquiera un millón de dólares y un kaláshnikov (Ak-47) y en una probabilidad que tiende a uno lo convertirás en un narco de manual, aunque su fortuna no tenga origen en las drogas. Construirá su vivienda barroca, se vestirá carísimas galas con desorden estético, disparará a su vecino porque está un decibelio por encima de su aguante (que está muy por debajo de su propia música) y exhibirá un machismo recalcitrante de mujeres, tequila y armas. Querrá casarse con cualquier estrella rutilante (o estrellita, o incluso estrellada mientras sea llamativa) del espectáculo, si es gringa mejor. O al menos presentarse con ella ante sus amigos. En la contraparte no faltarán aspirantes dispuestas a prestarse al juego si le alcanzan al precio de su volátil divinidad, todas ellas educadas fuera de la industria de las drogas.

Por mucho que algunos se empeñen en aislar el fenómeno creando una fábula adulterada, añadir el prefijo narco a cualquier sustantivo imaginable para atribuirle toda la perversidad imaginable, incluido el machismo más atroz, es un ejercicio tan estéril como funcional. Sirve para que la sociedad bien pensante y políticamente correcta exhortice (neologismo de exorcizar y exhortar) los peores demonios que le asedian interior y exteriormente y se reafirme en su propia individualidad benevolente aplicada al conjunto de la sociedad, que perciba lo ajeno como una reliquia del pasado. Como si la degradación de la mujer en México y en el mundo estuviese restringida a las costumbres y a la cultura de los narcos…

El dinosaurio lleva siglos ahí, quizás ahora más recatado por los convencionalismos sociales. Sólo hacía falta que un poco de aire (de cigarro de mariguana y sensacionalismo, quizás) avivase su fuego y lo emitiese en cadena para todo el país. Quizá por casualidad, o no, o quizá sea el producto del tan consustancial como manido racismo anglo, pero fueron los mexicanos quienes exportaron al inglés los vocablos “macho” y “machismo” como equivalente de hipersexualidad, de virilidad incontestada y de misoginia cuando la industria de las drogas no era ni una caricatura de lo que es en la actualidad. Y ahí sigue: “Macho man” la cantan un tipo disfrazado de vaquero y otro con una camisa a cuadros.

* Académico de la Universidad Autónoma de Madrid especialista en estudios sobre crimen organizado

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