Mis ayeres y la Contla

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María Luisa Mendoza 23/08/2014 01:28
Mis ayeres y la Contla

                En memoria de Herminio Martínez y Maruxa Vilalta

 

Norma Yolanda Contla Piña tiene en esta su escribana una admiradora de puro oro potosí —quiero creer que eso significa una categoría mayor en los oros y los moros— soy su visualizadora si da a luz junto a una ventana orlada de árboles —ella tan joven y ya con hijo, y yo su comadre, traída a vivir a Madero 71 viendo no al mar sino al zócalo, a una casa pletórica de antigüedades europeas, joyas en el ropero de mi abuelita, y dos tías de novela, una la rica de la casa, la otra sorda y manca y viuda de don Cipriano. Nos la pasábamos asomados los escuincles al balcón, yo durmiendo en la cama de latón de mi tía-abuela Lelita, cama que prestó para dormir en ella (con el águila de la bandera en la cabecera) cuando fue a Guanajuato Maximiliano y a lo mejor Carlota. Mi abuelita me tapaba con un “poncho” de pelos de llama, riquísimo. Al amanecer Eleuterio, el hijo de la cocinera prodigiosa Cayetana, destapaba el tragaluz y el ruido de la lámina y el lucerón de la región más transparente nos despertaba a las primeras oraciones y a ver a Lelita vestir sus maravillosas prendas íntimas: dos camisitas sin mangas inmaculadamente limpias, unos calzones hasta la rodilla que se amarraban a la cintura con jareta, un par de fondos almidonados tronadores y el traje negro tenía que ser para ir a misa. Ella usaba guantes, un listón de terciopelo en la garganta y un velo espeso que la volvía fantasmal en la luz de la alcoba ya tamizada por la mañana. Me levantaba al trote y nos encaminábamos, bajando una increíble tembeleque escalera rumbo a la profesa a la que entrábamos a tientas deslumbradas  del ajetreo iluminado de las calles inaugurales del día capitalino. Luego a “La Galarza a comprar divino pan de azúcar y de ‘cerveza’”, tal le decíamos a los bolillos en Guanajuato. El desayuno era otra gloria deleitosa para nosotros comulgados y hambrientos… atole con piloncillo, chocolate, café con leche  y una fruta; nada de jugos ni huevos, frijoles o la madre del cordero… para comer abundante y salado a medio día, punto.

Pero ya saben ustedes de mis caminos de Úbeda. Perdón, aunque sí está relacionada La Merced, propiedad de Yolanda Contla y su libro de abalorios titulado ¡Ahí va el golpe!, porque muy probable las compras de Cayetana eran ahí, en el emporio subyugante del comercio absoluto: las legumbres, todos los chiles de todos los colores de todo el mundo, secos o tiernos, la carne que más coraje te dé, ropa, cueros, útiles escolares, para el oficio necesario, alcoholes, copas hechas detrás de mostradores del siglo antepasado, comiditas o comilones, chichicuilotitos o erizos de mar, en fin, lo que sea y se te ocurra, en medio de un ajigolón de alaridos para vender “¡baro, baro!”. Leí “bien”  hasta hoy la magia de La Merced porque una falla del libro publicado por Conaculta,  INAH, es el punto muy chico y gris,  descolorido ilegible, y me ha costado un aumento de mis males en los luceros, pero el texto de la Contla es suave, brillante y correcto, amoroso, y no se digan las fotografías excelentísimas de Susana Casarín. Así que desde aquí  brindemos con pulque, tequilita y mezcal en honor de ambas que me han hecho llorar y de paso instalarme de nuevo en mi acostumbrada nostalgia de lo vivido por mí, una pata en Guanajuato y la otra en el DF, como don Alfonso Reyes montado en su silla cerrera mirando su Monterrey.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

 

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