Las criaturas del Sur

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María Luisa Mendoza 05/07/2014 01:20
Las criaturas del Sur

Ahora sí tengo que escribir. Me duele mucho. Es como si me despellejara el puro cuero… Las criaturas… esos niños sin zapatos, con el pantaloncito mugroso, a pura piel, es decir, sin calzones, como corresponde a los más desgraciados de la Tierra. No duermen porque tiene frío y hambre y miedo. No comen porque no hay nada para ellos… No tienen ahora sí que ni madre que les dé la bendición ni tampoco la cobija para taparse.  Si uno  se pone a pensar cuán misericordioso es Dios con la infancia que nos dio, de plano se ignora de qué tanto nos quejamos… Tengo que confesar, avergonzada, que cuando fui niña en la noche le pedía a Dios “quiero sufrir” porque las monjas sádicas así nos enseñaban… Me arrepiento porque creo que el Señor bien me oyó, aunque midiéndose, porque el dolor fue, en verdad, muy llevadero. De las dolencias que tuve apenas la comezón de la piel y el eczema como un karma… y la panza siempre enferma, y las anginas dándose gusto. Ahora aminando la ancianidad no logro el pleno entendimiento de los doctores que, han de creer, son imaginaciones de quien ya se va a morir… Pero esos niños de Centroamérica, y no hay que ir tan lejos, de aquí, de nuestra patria, tan desarmados de padres, plato de sopa, sueño, escuela temprana… vienen sobre La Bestia capoteando los chiflones y la movedera de la víbora de fierro, sin mamá ni papá y menos perro que les ladre. Y yo quejándome de estar tan débil, tan sin apetito, tú, tan aceda para ir aquí o allá. Es cuestión de los países de Centroamérica y México hasta el final del averno que es USA y la ominosa crueldad que la caracteriza, todo deviniendo de una soberbia inexcusable, considerándonos menores, mugrosos, prietos, en una palabra. La solución es así, internacional y común. No soslayo la culpa mexicana, el cerco ominoso de la frontera Sur donde empieza la barbarie humana, pero no veo si lo práctico sería el célebre cierre de frontera, donde el tenebroso complejo de superioridad crece sin medida y los castigos legales no tienen fin, como vemos a las infelices madres con hijos sin papeles arrimadas a una cárcel disimulada cerrada, maloliente y donde la tortura a los latinos —como nos dicen— son ominosas, de inquisición, de Guantánamo. Es que cuesta mucho trabajo cuadrar la verdad de la “América” de allá arriba, enseñándonosla como la cúspide de la libertad, y echar marcha atrás hasta la negritud llevada con aro de fierro en el cuello como animales desde África hasta los algodonares del romántico Sur del tío Tom y Scarlett. Yo no sé cómo duerman los demás. A mí me cuesta mucho trabajo, francamente, la magnitud del dolor de esos seres humanos y el intríngulis de traerlos aquí en un acto quijotesco, dándoles trabajo como lo hizo Lázaro Cárdenas en su momento heroico y ante el cual todavía nos arrodillamos. Para mí, los refugiados españoles significaron desde mi adolescencia un hecho magnífico; venían igual de pobres y, peor aún, habiendo perdido la patria, algo inimaginable para nosotros. Mi cercanía con ellos fue definitiva en mi vida de gente decente política y democrática. Desde la facultad de Filosofía y Letras conocí a los jóvenes intelectuales y a los grandes maestros que nos educaron. Me casé con un refugiado nacido en Cataluña por los haberes de la guerra fratricida que habría de terminar con la República, y de un campo de concentración él, sus padres y sus hermanos hicieron aquí su nuevo absoluto país desde la mesa en las costas de Veracruz, donde adquirieron la nueva nacionalidad a la que mucho han honrado. Yo viví el exilio al lado de esa familia y del férreo ilustre padre don Edmundo Domínguez Aragonés, presidente nada menos que de la UGT. Conocí a los compañeros de pena en las comidas anuales a las que asistían Cuauhtémoc y la señora Cárdenas, la enorme doña Amalia de mi corazón. Todos llorábamos. La primera vez que pisó España mi esposo fue el primer primero de mayo después de la muerte de Franco, y vivimos conmocionados aquella manifestación madrileña de gente también llorando. Todo esto para expresar un poco mi cercanía con los electrizantes hechos del exilio y mi pensamiento, por ende, con las criaturas transeúntes por México rumbo a un mejor futuro que no existe. ¿Qué hacer?.. Algo habrá sin duda. A mí el cacumen no me alcanza ni mi pobre situación. Sólo la solidaridad con el apocalipsis de los niños.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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