Quince años más Dios mío

Los enterradores se volvían amigos y las criadas tenían un galardón sobre las no servidoras en aquellos dolorosos aconteceres.

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María Luisa Mendoza 26/04/2014 01:03
Quince años más Dios mío

No se trata de ganar una carrera a ver quién corre más y dice mejor. Sino de fincar una cierta, aunque sea pequeña diferencia con el viuderío, es decir tratar de ser diferente, expresar lo que se trae en la faltriquera de tal manera que lógrese la atención porque antes nadie lo dijo así. De Gabo se ha escrito hasta lo que no, pero nada nuevo, sólo un montón de cosas improbables, puesto que el sujeto principal ya se murió. Corrieron como gamos todos los protagonistas para estar en primera fila. Prudentemente —a la vejez viruela— me eximí por algo desconocido en mi vida de periodista audaz… el miedo de ser aventada al vacío en los tumultos que no hubo, por cierto, bien organizado el numerito, pero las noticias de multitudes enardecidas era tal que la infeliz señora del bastón, su servidora, eximia aceptado un papel no transitado en el largo ejercicio de sujeto protagonizador durante más de 50 años. Allí estaban todos, bendito sea Dios. Yo quería sólo que  Gabo me viera y yo a mi vez ver a Rodrigo porque es el cineasta de la casa y debo decirle alguna vez cuánto lo admiro, pero en fin… y no digo Gonzalo porque aquel hermoso niño gitano visualizado por mí una mañana en París es ya un serio señor de lentes marido de Pía, la hija de Salvador Elizondo… un viejo antiguo mundo ya muerto. Todo lo vi desde mi cama cuidando mi pata de madera. Así en otra parte de la ciudad acompañé a mi querida  Beatriz Espejo a velar, como debe de ser, a su esposo Carballo. Los velorios en mi niñez eran acontecimientos importantísimos de café ardiendo toda la noche, visitas históricas, anécdotas de amores y desvíos y un sentido de importancia familiar que se ha perdido. Al día siguiente los entierros fueron antológicos… mi tía Consuelo gritándole al cadáver de mi tío Enrique que  no se fuera, ella en el balcón del sanatorio cubierta con una bata  y su bordado de un dragón en la espalda… y abajo todos los pobres de la tierra,  los borrachos,  los perros y las desposeidas siguiendo la caja a pie a lo largo de la ciudad de Guanajuato. Ésos eran entierros. Puede que los de mis padres o de la mamá de Lorenza. Hoy ya no se usa, los queman y ya, calientitos con todo y chanclas, dice Jila mi ama de llaves.

Los entierros en mi niñez eran históricos, de allí salían matrimonios y divorcios o de perdida enqueridamientos —como dicen en Tabasco—. Era el tiempo de los sobres dados casi a las escondidas a los parientes cercanos al fiambre; yo aún le agradezco a Luis Arrache un sobre con 50 pesos cuando se murió mi padre (era una fortuna). Los enterradores se volvían amigos de la casa, y las criadas tenían un galardón sobre las no servidoras en aquellos dolorosos aconteceres. Por mi parte siento haber estado más cerca de Gabo que el montón de elegantes, primero porque le debo el honor de haber sido mi testigo de bodas en Atlixco, cuando me casé con mi compañero entonces amadísimo, luego por las comidas en su casa con jamones traídos desde Madrid por Felipe González, luego por haber confiado en mí la noche del trompón del limeño celoso. Y en el caso de Beatriz Espejo porque ella ha sido mi dilecta y elegante amiga escritora. Mientras me repongo de tantas morideras esperando que Dios tenga piedad de mí unos 15 años más.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamendoza@yahoo.es

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