Esclareciendo la tristeza con el recuento de ayer

He regresado mucho al pasado porque me cuesta trabajo caminar como gamo, como chiva loca.

COMPARTIR 
María Luisa Mendoza 19/04/2014 00:02
Esclareciendo la tristeza con el recuento de ayer

Mi padre le compró a mi mamá un juego de comedor maravilloso Queen Ann con 12 sillas divinas y una mesa como un piano, se jala y aparecen travesaños delicadísimos que apresados unos con otros crecen al jalón y hacen la cubierta de seis a 12 gentes elegantes de la provincia del Bajío. De niña yo oía las discusiones de los amigos de mis papás y las soluciones infalibles para el Estado. Jugaban cartas o póquer a saber (yo no conozco ni siquiera la baraja). Al morir mis padres fue mi única herencia y repartí las sillas entre mis tres hermanos. Me ha dado por soñar con mis muertos todas las noches, mis papás, mis hermanos, mis tíos, mis primos. Somos muchachos viviendo aventuras de juventud, bailes, paseos, besos en los balcones de las casonas, perros chiquitos, salones de clases, aplanar un terreno para hacer un campo de tenis, subir otra vez a las montañas. Cuando mi hermano Manuel se recibió de doctor mi madre hizo una fiesta con mucho sacrificio en el departamento de la calle de Dinamarca y vino mi primo Enrique Romer Yllades, y sus compañeros del Cristobal Colón, hoy todos ya muertos, como Luis Jaime, Eduardo Césarman, los Campos y así… Lorenza enlujó la noche, mi nana  Ángela  que me contó cómo me trepé a la mesa del comedor a bailar descalza vuelta loca de felicidad. Es una de las locuras de las que me avergüenzo y enorgullezco al mismo tiempo.

Últimamente he estado muy deprimida y he regresado a la enferma práctica de imaginar que alguien me pega en la cabeza con un palo lleno de clavos (así encontré uno metido en la enredadera de mi casa). Me odio y quiero desaparecer, es horrible no quererse a ese grado. Hago enormes esfuerzos para salir de la fiebre destructora de mi persona y me siento a escribir eso que hoy recuerdo. Lo que ocurre es que he regresado mucho al pasado porque me cuesta trabajo caminar como gamo, como chiva loca. Lo que fui. Voy haciendo esfuerzos a la inauguración del hermoso ¿qué es? Pasillo-monumento de Vicente Rojo para Carlos Fuentes, equivocadamente instalado en un camellón de la avenida Ejército Nacional (y digo por qué es tan  bello el proyecto de Vicente que merece más espacio, más horizonte) y me encuentro con una tarde cálida y una concurrencia ideada por la prosa mágica de Marcel Proust… es decir, mis amigos de juventud entrando en el foyer de la tercerísima edad… el de allá se ajorobó, la de acá sus piernas tiemblan y camina, diría María Félix “como Chencha”, el otro ya no mira, el de más acá se pandea… horrible. Hago oraciones para no equivocarme al saludar de nombre y de escalafón social. Sólo el buen sagrado humor de algunos salva la duda al principio de “¿quién es?” La verdaderamente joven de la velada proustiana era Ana Xiraud, impecable y diamantina con su edad y su clase, su señorío.

Regreso a mi cama ardorosamente con el ansia de descansar. No fui a la cena porque me invitaron “de baqueta” y ya saben que exijo el heraldo y la trompeta. Mientras pienso en Fuentes, mi amigo de toda la larga dura vida y quisiera ser como él, amándome por siempre jamás… pero no es posible.

                *Escritora y periodista   marialuisachinamendoza@yahoo.es

Comparte esta entrada

Comentarios