Desalmado destino de Helenita Paz Garro

La Chatita, bebida, vibrante, enferma... La gran bella hija del más importante poeta de México, nuestro Premio Nobel.

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María Luisa Mendoza 05/04/2014 00:34
Desalmado destino de Helenita Paz Garro

No sé cuáles palabras mágicas usar para traer al papel el prodigio que fue Helena Paz Garro. Tal vez un incendio en un balcón, saliéndose las llamas al peso del aire herido. Porque La Chatita no era un florero que se deshoja lentamente, sino la conflagración de la inteligencia con las ideas. Culta a morir, implacable en sus opiniones, llena de su propia vida asombrosa al lado de sus, asimismo, asombrosos padres. Nunca entendí por qué ese destino decretado para su hermosura joven. Elena, su madre, fue sensacional en la guapura; Helenita, en la belleza. Ambas tocadas por malos farios, conocedoras de la pobreza, a veces del hambre. Compartían su pan con sus hijos animales, de allí mi amor por ambas, ni qué decir de la obra literaria de cada una de ellas. Elena, grande, no ha tenido rival como novelista; La Chata, en su caminar de poeta y sobre todo de cronista de su existencia, trazada en el tiempo para ser gloriosa, rica la muchachita, bien amada, madre bendecida. Nada de esto ocurrió. Yo conocí a Elena grande, claro está, primero, junto a ella, Helenita. A Elena le ha de haber gustado enormemente lo escrito por mí de su entorno color ocre, de hueso de durazno, de cacahuate sin pelar, de melón entero, de suaves cafés en sus muebles, sus tapetes, sus trajes, sus pieles... era maravillosa, vital, lo declarado para las entrevistas me hacía temblar, cosa que Octavio, mi amigo más cercano, imposible, con su parsimonia de relaciones exteriores y la suavidad de su incandescente inteligencia. La Chatita, sobre todo en sus últimos años, me sacaba de quicio y me producía un deseo que debí controlar, de ir a Cuernavaca, donde vivía, a sacarla de la casa enorme, llena de gatos y un perrito, con su pobre dueña condenada a vivir como miserable... casa sucia, cama imposible de tolerar, cubierta con el abrigo de pieles de su madre, viejo y calvo. La Chatita, bebida, vibrante, enferma, dolida, golpeada... La gran bella hija del más importante poeta de México, nuestro Premio Nobel, tan delicuescentemente precioso de varonil tipo, como un marqués, pero terriblemente inasible, ni modo, alejado de uno, tal vez por el peso excesivo de su cultura y de la grandísima obra que de su pecho de mexicano ilustre, esmerado miembro de familia revolucionaria y liberal en cuya casa, don Irineo, su padre, lo crió entre manteles que olían a pólvora, quizá aprendió a no compartir la pasión sino sólo verse a sí mismo. Helenita no pasó por la vida siendo solamente bonita como su madre y su padre, sino inteligente de estupor, inmersa en el sufrimiento que no merecía, pasajera de lujos, palacios, honores, libros e idiomas, enamorada perdida de la dulzura fiel de los animales, conocedora del hambre y del abandono, sobre todo del padre. Octavio tendrá que darle muchas razones a Dios por el olvido estremecedor de la hija y la culpa de la locura misma de esa niña, nacida para reinar y muerta en la indigencia. A La Chatita le quitaron su libertad, su casa, su hogaza, sus cigarritos, su alcohol de mediodía, sus animales maravillosos y, sobre lo demás, el talento literario que no lo hurtó, sino magnificó en su herencia. Sus libros de historia de su vida y la de sus ancestros de veras no tienen par, y ni hablar de su poesía, de muy primera línea. Le arrebataron su único medio de comunicación, el teléfono. Hay varios torturadores que tendrán que declarar ante Dios... y ellos lo saben.

                *Escritora y periodista

                marialuisachinamenoza@yahoo.es

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