El analfabeta

Sócrates es inadjetivable. Y tal vez ese es el adjetivo que mejor lo define.

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Marcelino Perello 03/09/2014 00:00
El analfabeta

Si algún personaje hubiera yo de escoger, entre los miles de millones que han habitado la corteza de este viejo globo, como aquel, único e irrepetible, que destaca por sus virtudes por encima de los demás, sé perfectamente a quién escogería. Digamos, de manera más modesta, que habría de elegirlo únicamente entre los cientos, a lo más algunos miles, de los que tengo yo noticia, directa o indirecta. En cualquier caso no titubearía, y señalaría como la cúspide, brillante, deslumbrante e inaccesible de la condición humana, en su más noble y exaltante versión, a Sócrates de Atenas.

Como usted se da perfecta cuenta, preclaro lector, no es una selección sencilla. Desde un buen comienzo es preciso abrir el amplio abanico de aquello que consideramos, considero, “virtudes”. Su inventario es inacabable y plagado de matices y contradicciones. Desde el arrojo a la inteligencia, pasando por el talento y la bondad. Y por supuesto, la fortuna de haberse encontrado en el lugar indicado, en el momento indicado y de la manera indicada. “Yo soy yo y mi circunstancia”, dijo aquel Ortega, al que su circunstancia no le ayudó.

A esa dificultad ya de por sí ingente, abrumadora, habrá que añadir la de que aquello que sabemos y conocemos de las personas, incluso de las más cercanas, no es más que una versión. Su imagen, su proyección. Su leyenda. El otro es siempre una referencia, un espejo, en el que el yo se refleja. No puedo percibir en él sino lo que, de alguna manera, ya está en mí, aunque sea en forma de germen o de sueño.

Así pues, habiendo hecho el recorrido, que nunca podrá ser exhaustivo, de aquellos cuya existencia ha dejado alguna huella en mí, habiendo pasado por combatientes, artistas y pensadores de toda suerte y laya, y por supuesto, por la gran cohorte de seres queridos y admirados con los que he cruzado palabras y miradas, a final de cuentas, si hubiera de elegir, me quedaría con el Maestro. Si a alguien estoy dispuesto a concederle ese título así, en singular y con mayúscula, es a él. A Sócrates de Atenas.

Afortunadamente no tengo que hacerlo, no estoy obligado a escoger a nadie. Así que no lo hago. Sólo informo que si me viera forzado a hacerlo, lo designaría a él. Las razones sobran, rebosan y rebasan. Y por lo tanto se las ahorro a usted y me las ahorro a mí mismo. Estaría por demás intentar enumerarlas. Sócrates es inadjetivable. Y tal vez ese es el adjetivo que mejor lo define. Su virtud capital. La razón primera de mi admiración y deslumbramiento.

Pero si describir sus méritos y hablar de los motivos de mi hipotética selección se antoja inútil, describir los de aquellos nombres ilustrísimos que desecho, es definitivamente imposible. ¿Dónde quedan pues Alejandro Magno y Sigmund Freud, Napoleón Bonaparte y Fernando Pessoa, Vladimir Ilich y Johan Sebastian Bach? Y tantos y tantos otros que por modestia, flojera o ignorancia callo.

Aquí debo aclarar que menciono sólo nombresotes para no verme muy acá. Pero hay otros, menos rimbombantes, que me mueven más. Y los menciono sin reflexionar ni ponderar demasiado. Si lo hiciera, me paralizaría la duda y estas líneas no llegarían nunca a sus manos. De todos modos con el sexteto que formo basta y sobra para ilustrar lo que pretendo. Sin discusión alguna, son indiscutibles, imprescindibles.

Y sin embargo, ahora y aquí, prescindo de ellos, y dirijo mi atención y mis palabras hacia aquel hombre del Ática, que ni siquiera es seguro que haya existido. ¿No será el tal Sócrates, un invento de Platón? ¿Un personaje literario, hecho un poco a imagen y semejanza de su autor? ¿No se tratará, pues, de una figura meramente legendaria, como muchas otras, construida, pulida y modulada a lo largo de siglos y milenios? Existen otros muchos testimonios acerca de su existencia y andanzas reales, pero, créame, eso no prueba nada, o no lo acaba de probar. La fantasía es un virus que se contagia y propaga por contacto mental con más velocidad y morbididad que el del ébola.

Además, el presunto Sócrates nunca escribió, de su puño y letra, una sola palabra. Aquí entre nos, de haber existido, ni siquiera sabemos que supiera leer y escribir. Todo son decires. Sin que nadie se escandalice, bien pudo ser analfabeta. Bien es cierto que no es el único prohombre que cultivó tan desconcertante práctica. Tanto Jesús de Nazareth, 500 años después, como Jacques Lacan, dos milenios y medio más tarde, hicieron, o dejaron de hacer, lo mismo. “El saber escribe, la verdad habla”, habría sentenciado —de viva voz, claro— éste último.

De todos modos, y en definitiva, da igual. Si existió de carne y hueso nos ha de dejar indiferentes. Nos es ni su hueso ni su carne los que nos interesan, sino su palabra. Y esa me cae que existe.

Cuando me dispongo a iniciar la semiserie acerca de los demagogos que anuncié hace 15 días, decido hacerlo con el mayor y más brillante de los cultivadores de la demagogia, en su más noble acepción, de cuantos hayan —o no— existido. Escribiré del que nunca escribió, aquí mismo, dentro de dos semanas. Hoy inicio con la que se supone es su primera irrupción en el mundo del pensamiento, cuando un Sócrates adolescente debate y se bate con viejos filósofos de talla, en el diálogo, tal vez platónico, conocido como el Parménides.

No entraré en detalles —imposible—, pero digamos que en él se discute acerca de la entidad del sujeto. ¿Es éste unitario o fragmentario? ¿Coherente o incoherente? El joven imberbe defiende impecable e implacable, paso a paso, jugando rigurosamente con las palabras y los enunciados, que el ser es en esencia antagónico y conflictivo consigo mismo.

Parménides ofrece razones para objetar resueltamente todo artificio retórico sobre ese movedizo argumento lógico, añadiendo nuevas diferencias entre los eruditos. Mientras interviene manifiesta incluso varias ideas contradictorias apuntalando sentencioso tesis insostenibles gracias a diestras argucias.

Sócrates entonces esgrime las propias inconsistencias de Parménides para probar su punto de vista. Se trata de un alegato enredado, confuso y escabroso. Pero será de ese oscuro galimatías inicial que, años después, surgirá, cegadora, la lucidez incomparable. Inconcebible.

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