Los demagogos

En su acepción original la demagogia no poseía una carga peyorativa.

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Marcelino Perello 20/08/2014 00:00
Los demagogos

Hoy en día la palabra “demagogia” está irremisiblemente ligada a la mentira. El demagogo es aquel que engaña, toma el pelo con malas artes y falsas promesas. Utiliza el lenguaje para tomarle el pelo a uno, seducirlo y embaucarlo. Digamos que el demagogo por excelencia es el merolico, aquel que nos vende y enjareta aquel producto que si no nos hubiera envuelto y atrapado en su pérfida red de palabrería, no hubiéramos adquirido nunca. Ni nos gusta ni nos interesa ni nos hace falta. Y pese a ello llegamos a la casa con él.

Actualmente el uso se ha restringido casi exclusivamente al terreno de la política, pero conserva el mismo sentido fraudulento que en los campos del comercio, de la iglesia, del amor o de la delincuencia. También el grillo, con oficio y habilidad, nos adula, nos convence y nos seduce. Nos vende ideas y convicciones hechizas. Y también nos las llevamos puestas.

En su acepción original, sin embargo, allá por la antigua Grecia, la demagogia no poseía esa carga peyorativa. El significante, como usted lo sabe bien, ilustrado lector, se compone de las partículas demos, “pueblo”, “colectividad”, y gogia, “tratamiento”, “conducción”, “guía”, “instrucción”, pero también “habla”, “labia”. Es decir, se designaba como demagogo al que poseía las artes, no necesariamente malas, de hablarle al pueblo, de tratarlo y guiarlo.

Acabaremos de captar su sentido exacto si pensamos en un término vecino: “pedagogía”, que designa la manera de tratar, llevar, educar a los niños y, obviamente, el modo correspondiente de decirles y hablarles. Actividad, en principio, del todo encomiable.

El demagogo era, pues, el líder. Y, como líder, rollero. Ello lo acercaba mucho al teatro. Recuerde que en los tiempos de la Hélade, el teatro tenía un papel y una influencia asombrosos. Los antiguos teatros griegos eran enormes, como testimonian los que aún existen. Son numerosos los que se conservan en muy buen estado. Para una población mil veces menor que la actual, poseían un aforo diez veces mayor que el común de los actuales.

Además tengamos presente que los actores llevaban máscaras y toda la catarsis, todo el poder histriónico residía en la voz. De manera que los artistas, si querían resultar convincentes, si pretendían que los asistentes vivieran y se tomaran en serio su propuesta, debían convertirse en auténticos demagogos.

Del mismo modo que el gobernante se veía obligado a su vez a transformarse en actor, y construir una trama creíble, no necesariamente tramposa. El Ágora, la “plaza”, el espacio en que se dirimían los asuntos públicos, venía a ser, ni más ni menos, una escena, un teatro, en el que se representaban farsas, comedias y tragedias.

Los actuales parlamentos del mundo no son algo demasiado  distinto. Si no fuera porque la autenticidad y la calidad de la representación se han venido abajo. Aquella maestría de la demagogia, tan cercana al arte dramático, ha desaparecido. Lo dramático ahora es el nivel, ético, político y cultural de la gran mayoría de quienes dizque nos gobiernan y dizque nos representan.

Hace dos mil 500 años los polemistas y los cicerones eran considerados como auténticos creadores, y aunque ninguna de las nueve musas les estaba exclusivamente dedicada, Calíope y Melpómene, Clio y Polimnia los rondaban y flirteaban todo el tiempo con ellos. Durante la Edad Media, la dialéctica y la retórica fueron consideradas dos de las seis artes liberales. La oratoria aún hoy es tomada como una rama de las bellas artes (sólo así se explica el Premio Nobel de Literatura concedido a Winston Churchill) y en algunas escuelas todavía se realizan concursos. Pero se trata de un anacronismo en vías de extinción acelerada, de la mano de otra disciplina tristemente condenada, la declamación.

Aromas de tiempos idos. Ignoro si en algún país lejano exista algún tribuno auténtico, que dignifique el ejercicio de aquella demagogia y le restituya su sentido original. En México, en mis andares universitarios sí me ha tocado conocer a más de un buen orador, hace ya tiempo, cuando los movimientos estudiantiles como tales existían. Lo que sí le puedo asegurar es que ya no queda ningún estadista, lo que se dice un estadista, digno de ese nombre, en el mundo entero. El último, me temo, fue Fidel.

Con todo ello no quiero decir que la demagogia actual, en el sentido que describo al comienzo, el arte de la mentira, la estafa y el encandilamiento, no tenga su chiste. Tanto lo tiene que también de quienes la practican quedan pocos. Cuando escucho los discursos de nuestros políticos —cosa que me sucede a veces— se me cae la cara de vergüenza. (Debería caérsele a ellos, pero como a ellos no se les cae nada, se me cae a mí). Se diría que así difícilmente van a engatusar a nadie, pero alguien debe caer, supongo. Si no, no se explica.

No es necesario que le diga que “Parlamento”, con mayúscula, viene de “parlamentario” y éste a su vez viene de “parlamento” con minúscula, que significa pieza oratoria. Pero tales piezas han prácticamente desaparecido. Ya no hay parlamentos con minúscula. Hay choros, también con minúscula. De manera que los Congresos y Parlamentos deberían pasar a llamarse Choreros, con mayúscula.

Ser un buen engañabobos, pues, no es tarea fácil. Requiere oficio. Es preciso envolver a la víctima en una atmósfera difusa, que algo tiene de embriagadora. El timo debe funcionar como un toque. La realidad debe ser suficientemente resbaladiza para que los criterios y los valores se trastoquen. Los conceptos deben desplazarse de manera un poco mágica, a modo que pierdan puntos de referencia y comparación.

Palabras acertadas recrean el contexto en múltiples esferas nutriendo también influjos rápidamente abrazados. Con ingenio el narrador sostiene esa magia al navegar aguas someras. Muchos adoptan retóricas a veces incendiarias liberando los obscuros sentimientos austeramente solapados.

El buen demagogo, pues, es aquel que proclama aquello que de antemano la presa necesita escuchar, creer, adquirir y aceptar, adecuadamente adaptado, claro, y puesto al servicio de sus propios propósitos. El buen demagogo no propone, estimula. No convence, manipula. El demagogo, como el prestidigitador, cautiva, y consigue que la víctima, impresionada, se engañe sola.

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