El rey destronado

El padre-jefe es simultáneamente odiado, temido, querido y respetado.

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Marcelino Perello 04/06/2014 00:00
El rey destronado

Como está usted perfectamente al tanto, avispado lector, este lunes abdicó Juan Carlos I, rey de los españoles, y cedió su sitial a su único hijo varón, que reinará bajo el nombre de Felipe VI. Aunque déjeme decirle que la cosa no está clara del todo. Reinará sólo si los republicanos lo dejan. Son muchos y están muy encendidos, como dejaron ver en las multitudinarias y tumultuosas manifestaciones que protagonizaron ese mismo día en numerosas ciudades del Estado español. Exigen la realización de un referéndum en el que la ciudadanía opte democráticamente, es decir, vía mayoriteo, entre los modelos monárquico o republicano. Siguiendo el “sistema griego”, digamos, que los compatriotas de la reina Sofía aplicaron en 1974 para frustrar las pretensiones reales de su hermano Konstantino.

Así que no podemos descartar que se salgan con la suya y el buen Felipito se quede con un palmo de narices. Cosa que no le será muy difícil, pues no es precisamente chato. Si tal eventualidad llegara a realizarse no sería sin convulsiones mayores. Y es que, como la antropología y el sicoanálisis postulan, ocupar el lugar del padre es un anhelo irrenunciable y harto problemático.

Así lo establece Sigismund, que era el nombre original de Freud antes de que decidiera substituirlo, a los 22 años, por el apócope Sigmund. Quién sabe por qué. El ser genial no le impidió estar como una cabra. A lo mejor al contrario. Y es precisamente ese proyecto, substituir al padre, el que representa una de las pulsiones angulares de la constitución síquica —consciente a veces, inconsciente siempre— del hijo varón, estructurada e incrustada desde su primerísima infancia en su constelación síquica. En ella reside el núcleo de la configuración canónica de lo que él llamó el “complejo de Edipo”, hoy tan divulgado y mencionado sin ton ni son. Aprovecho su mención para aclarar que el término “complejo” lo utilizó Freud en el sentido de “estructura”, “conjunto” o “entramado”, como aparece en expresiones tales como “complejo industrial”.

En todo caso, el dispositivo clásico del complejo de Edipo lo constituye el triángulo amoroso, protoamoroso, integrado por el padre, la madre y el hijo. Aclaro que la misma figura se realiza en torno a una hija hembra. La expresión “complejo de Electra” usada por algunos teóricos es un neologismo impropio e innecesario; las niñas juegan el mismo rol y experimentan las mismas vivencias que los varones. De igual manera, los términos “padre” y “madre” pueden ser sustituidos por los de figura paterna o materna.

La dinámica interna de tal relación es bien y mal conocida a la vez. El pequeño, muy pequeño, “desea” a su madre, sin saber bien a bien lo que eso significa. Aunque conoce perfectamente el goce que le producen sus caricias y contactos piel a piel, y el de recrearse en sus senos y pezones. Esto lo lleva a desear con intensidad inaudita la desaparición de ese padre-rival aborrecido, y el vértigo irresistible de suprimirlo, eliminarlo, matarlo.

Toda persona, independientemente de su condición, participa de tal armazón, y goza y padece sus tensiones. Al crecer cada quien lo resuelve a su manera. Y aprende a sobrellevarlo y diluirlo. Más le vale. Quienes no lo logran acaban mal, de uno u otro modo. En particular, tal descubrimiento y su consecuente divulgación le acarreó a nuestro Sigi no pocos disgustos y contrariedades. Fue anatemizado y satanizado sin piedad ni reflexión. Hasta la fecha. Y, sin embargo, Freud tenía razón. Los que saben, saben que tenía, y sigue teniendo, razón. Y que su hallazgo constituye uno de los mayores logros en la historia del pensamiento.

Al mismo tiempo y en complicidad con tal tejido, la figura paterna por antonomasia es la del personaje protector y a la vez castigador. Y, como tal, es querido y temido al mismo tiempo. El dios monoteísta es su más acabada alegoría. La antropología deja claro que la evolución ontogenética del individuo reproduce la filogenética de los conglomerados humanos y más allá de ciertas formaciones animales.

Así, en la horda primitiva, el jefe, equivalente al macho alfa, juega ese papel proveedor y represor, salvaguarda y amenaza al mismo tiempo. Es él el que posee a todas las hembras y somete a los demás machos. Si uno de ellos aspira a substituirlo y así hacerse de los privilegios del poder, deberá combatirlo y vencerlo. Y, de esta manera, tener la exclusividad de cohabitar y gozar con y de esa madre colectiva que constituye el conjunto de todas las mujeres púberes. Así es y así ha sido siempre, en la vida y en la evolución, individual y social. Caducidad, defenestración y sustitución. Si no fuera así, esa vida y esa evolución probablemente no existirían.

En esa medida, el padre-jefe (no deja de ser asaz significativo que en México sea común al padre llamarlo “jefe”) es simultáneamente odiado, temido, querido y respetado. Sentimientos contradictorios que deben ser armonizados. El inconsciente sabe hacer eso. Si no lo consigue, si alguno de los cuatro componentes falla, las cosas no pintarán bien para el susodicho. Mal presagio.

En particular, si el padre en lugar de ser destronado es desinvestido, es decir, ignorado, devaluado y menospreciado, hay teóricos que sostienen que tal negación y rechazo del arquetipo masculino constituye un factor favorecedor de la homosexualidad masculina. Entre mis amigos gay encuentro varios ejemplos que parecen confirmarlo. En otros, en cambio, no lo sé ver.

Junto a Freud, varios integrantes de la llamada Escuela de Viena, entre ellos Jung, Adler o Ferenczi, cuando, ora sí que el jefe planteó su llamada segunda trilogía, la del ello, el yo y el superyó, se aproximaron a esta hipótesis sin llegar a concretarla nunca ni a formularla como tal. Quedó a nivel de sugerencia. Significativa, sin duda, pero dilema al fin. Entre otras cosas porque la condición de homosexual era entonces mucho más problemática que hoy. No llegaron a establecer del todo la dinámica del sujeto que se debate entre las tres instancias.   

Puede reprimir o manifestar el superyó al someterse. Viena ilustró cómo afrontar y legitimar aquellas vivencias inconscientes demasiado amenazantes, para reintegrarlas o modularlas en tan enmarañado nudo. Y cuando un maestro plantea la interrogante revela antiguos númenes.

Y es que un rey que nunca ocupó el trono difícilmente podrá ser destronado.

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