Zarzuela

COMPARTIR 
Marcelino Perello 03/06/2014 02:35
Zarzuela

La noticia, no por esperada, dejó de sobresaltar a los círculos políticos del mundo. El rey de España abdica. En una nota escueta e intempestiva, Juan Carlos abandona el trono que le fue obsequiado hace casi cuatro decenios por su antecesor, promotor, patrocinador y padrino político, el generalísimo Francisco Franco.

Hasta la fecha se desconoce el motivo real —nunca mejor dicho— por el cual el sátrapa se saltó a la malagueña al sucesor dinástico del defenestrado Alfonso XIII, Juan de Borbón, y se decantó por su hijo vivo. A las razones propiamente políticas y a las intrigas palaciegas que sin duda han de haber existido, habremos de añadir las mediáticas, que en aquellos años 70, con la diseminación y el aumento vertiginoso del peso de la televisión en el globo, ya empezaban a ser de una importancia mayúscula. Y el apuesto Juan Carlos, a pesar de sus pocas luces y de su proverbial torpeza discursiva, resultaba bastante más presentable que el panzón narigudo de su padre.

Sea como fuere, aquella restauración monárquica constituyó desde un buen comienzo un oprobioso escándalo y dio origen a un reino de opereta. No porque sí el flamante y hechizo soberano habita en el Palacio de la Zarzuela. Franco fue el único de los dictadores fascistas que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Los aliados vencedores decidieron dejarlo en su lugar, pues era quien garantizaba que la Segunda República Española, con su carga insurgente, mitad liberal mitad libertaria, no volviera triunfante por sus fueros.

Y fueron esos mismos aliados los que 40 años después deciden que el tiempo de las dictaduras militares en el mundo ha terminado. Y han realizado exitosamente —con alguna excepción— el trabajo sucio de exterminar la insurrección revolucionaria en todo el planeta. Había llegado el momento de las democracias, instrumentos mucho más efectivos y “limpios” de control y sometimiento. Y sobre todo de legitimación del poder. En buena medida también gracias al televisor, el guardia que ya desde entonces todos tenemos en casa.

Fue así que uno a uno fueron cayendo los regímenes tiránicos que hasta la década anterior sometían a la práctica totalidad de los países de Asia, África y América Latina. En este tenor también cayeron, por decreto, siguiendo la estrategia del Pentágono, las autarquías europeas de Papadopoulos en Grecia, Salazar en Portugal y Franco en el Estado español. Escrupulosamente se encargaron de garantizar la “transición a la democracia” a toda costa.

De hecho, aquí entre nos, yo nunca he acabado de tener claro el significado del atentado en contra de Carrero Blanco en 1973 ni la Revolución de los Claveles portuguesa de 1974. La pinche paranoia sigue siendo mi brújula y no consigo deshacerme de ella. Piensa mal y no sé si acertarás, pero te amargarás la vida.

El caso es que el nuevo Borbón, pese a todo, no resultaba creíble y con vistas a remediarlo era preciso un golpe de efecto convincente. Para ello le organizaron un auténtico vodevil, digno de los más célebres théâtres des grands boulevards parisinos. Los papeles centrales fueron jugados por el coronel Antonio Tejero de la Guardia Civil y por el propio Juan Carlos I. Uno fingió dar un golpe de Estado y tomar por asalto las Cortes, y el otro, al día siguiente, fingió oponerse y salir en defensa de la democracia y salvar al país de los sediciosos y del regreso al pasado.

Tanto el primero como el segundo actos fueron pulcra y oportunamente transmitidos por televisión, en vivo, sin cortes, en directo y a todo color, por la Primera Cadena (en horario AAA). Como efectos especiales y para aumentar el suspense, se organizaron escaramuzas un poco acá y acullá. Una buena parte del respetable, para su emoción, regocijo y alivio, se fue con la finta y gozó de la representación. Otra, minoritaria, la consideró un bodrio miserable e intragable, exigió que se bajara el telón y devolvieran las entradas.

Para redondear el cuadro añadieron unos cuantos ingredientes operísticos novedosos. Mientras interpretaban varios intermezzos, furtivamente respaldaron algunas guarniciones insurrectas locales y además dieron órdenes refractarias a destacamentos afines. Tramaron reproducir asonadas típicas en situaciones especialmente críticas o nacidas como un intento de atajar determinados objetivos.

De cualquier manera, la obra surtió su efecto y constituyó un éxito de público. El productor, el guionista y el director, al otro lado del Atlántico, han de haber quedado, sin duda, orgullosos y satisfechos por el trabajo realizado y el deber cumplido.

Al Borbón el bono le duró 33 años. No está mal. Tejero dicen que pasó 15 años en la cárcel. Mucho para un actor. Ahora, desde 1996, deambula tranquilamente por las calles de su Málaga natal y de vez en cuando da un autógrafo a algún viejo admirador memorioso. No es de descartar que un venturoso día decida veranear en Mallorca, se tope por ahí con el buen Juan Carlos y se saluden fraternal y entrañablemente como dos nostálgicos excompañeros de tablas.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

Comparte esta entrada

Comentarios