Tú mientes, yo no

La mentira, bajo cualquiera de sus presentaciones nos es consubstancial.

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Marcelino Perello 28/05/2014 00:00
Tú mientes, yo no

Todos decimos mentiras, y no es una mentira decirlo. Cuando Jacques Lacan, el insoslayable, afirma que el sicoanálisis no es ni podrá ser nunca una ciencia, lo exhibe en una frase mínima y lapidaria: “El sujeto miente”. Como claramente lo fundamenta la epistemología, toda disciplina científica se propone estudiar objetos y enunciar sus propiedades. Es decir, establecer las relaciones causa-efecto que les son propias.

Los objetos no mienten. No engañan. Puede engañarse el observador, el estudioso al atribuirle rasgos falsos. Pero en este caso la falsedad proviene de aquel que observa, no de aquello que es observado. Al analizar el comportamiento de una molécula o de un planeta, el hombre de ciencia podrá incurrir en errores y llegar a conclusiones equivocadas, pero nunca será el objeto estudiado el que lo inducirá en esas equivocaciones.

Cuando decimos que tal o cual cosa “engaña”, en realidad somos nosotros los que nos engañamos. Las apariencias de las cosas son responsabilidad de quien las juzga, no de las cosas. Las cosas no hablan, por lo tanto no engañan.

En cambio el sujeto, es decir, el ser humano, sí habla. Y puesto que habla, miente. Mentimos. Mentimos desde el momento en que podemos, sabemos y queremos hablar, antes no. El bebé de seis meses es un objeto, que no intentará vendernos pesos a tostón. En cuanto pueda formular oraciones, empezará a tener ideas y empezará a mentir. Es ineluctable. Es ésta una de las características definitorias del ser humano y que lo distingue del reino de las cosas inanimadas y del resto de los animales.

Es por ello que Lacan sentencia que el sicoanálisis no puede pretender constituirse en una disciplina científica ni estudiar al “paciente”. Ese individuo que está sentado frente al terapeuta o recostado sobre un diván no es “estudiable”. Se puede establecer una relación intersubjetiva con él, y esa relación podrá ser, si todo va bien, propiciatoria, y analista y analizante llegarán eventualmente a conocerse bien. Hasta donde una persona puede conocer a otra. Sin olvidar nunca que toda persona, si es persona, es siempre impredecible. Es ahí donde tropiezan los abordajes mecanicistas y conductistas de la condición humana.

En esta semiserie dedicada a la actuación y a sus oficiantes, actores y actrices, he afirmado de manera contundente que aquel que actúa no miente, puesto que su propuesta escénica es patente y exige la complicidad del espectador. En otras palabras, el histrión finge, pero no engaña. Al menos en el ejercicio estricto de su profesión.

Hay por lo menos dos maneras distintas en las que el sujeto miente. La primera, por obvia, es aquella en la que el hombre sabe que está mintiendo. Es consciente de que esconde, inventa, deforma o manipula. Tal categoría conoce a su vez un buen número de variedades.

Existe la mentira-mentira con la que estamos bien familiarizados y a la que recurrimos a cada rato con tal de ofrecer el blanco menos vulnerable posible a los juicios del congénere, sea éste el jefe, el maestro, el colega, el padre, el hijo o el espíritu santo. Se trata de esquivar las saetas y de no dar una impresión distinta a la que nosotros creemos conveniente. No se trata de evitar el ofrecer una falsa imagen. Se trata, exactamente al contrario, de ofrecerla.

A menudo esa falsa imagen que construimos e intentamos vender, está paradójicamente sustentada en nuestro deseo de verdad, en el propósito de evitar una impresión que consideramos errónea. “No se vaya a hacer ella una opinión equivocada” o “qué iba a pensar de mí” son coartadas morales frecuentes en las que se sustenta la mentira.

También es habitual recurrir a las distintas modalidades del engaño como una manera de simplificar la vida y evitar conflictos o situaciones embarazosas de las que no necesariamente saldría uno mal librado, pero que de todos modos prefiere ahorrarse. En otras ocasiones la mentira se presenta como piadosa, y su propósito es el de no lastimar. Así se le esconde su dolencia al que padece una enfermedad terminal, por ejemplo.

Tales hábitos y recursos conocen su contraparte en aquellos que en nombre de la sinceridad y bajo el estandarte del combate a muerte contra la hipocresía, van lanzando “verdades” a diestra y siniestra por innecesarias, incómodas o hirientes que sean. En nombre de la “franqueza” no titubean en amarrar navajas o humillar al que cometa la imprudencia de parárseles enfrente en momentos inadecuados. “Qué mal te ves, ¿has estado enfermo?”, “pero qué vestido horrible te pusiste, te sienta fatal, ¿dónde te lo agenciaste, en el tianguis de la San Felipe?”, son algunas de las fórmulas punzo cortantes utilizadas por aquellos (as) que se precian de “no tener pelos en la lengua”. Los han de tener en el cerebro.

Existe, sin embargo, otro registro de la mentira, mucho más incisivo y significativo, y por ello mismo mucho más desconocido. Es la mentira inconsciente, en la que el sujeto ignora que la está profiriendo, de palabra o de obra. Es la mentira que se miente a sí misma. Nadie puede escapar a ella y puede ser mucho más definitiva, y en ocasiones dañina que la otra, la consciente y sabida (sabida por el mentiroso, claro). En la mentira inconsciente residen las más poderosas componentes de la personalidad, y también los más íntimos e intensos conflictos a los que nos enfrentamos. O no.

De ella hablaré más adelante. Merece capítulo aparte. Hoy me limito a enunciarla. En todo caso, la mentira, bajo cualquiera de sus presentaciones nos es consubstancial. Y esencial. Ni siquiera se trata de que sea benéfica o admisible. Es simplemente inevitable. Sorprendentemente, sin embargo, no es sino hasta el siglo XX que su importancia y autenticidad son formalmente establecidas.

Puestos a reconocer aquí ese lugar genuino ocupado con esmero, procedamos a reconsiderar algunos elementos legítimos antes muy ostentosamente repudiados. Visiones intransigentes concitan animosidades, sólo obstruyen la obligada ecuanimidad liberando la acritud. Nadie ostenta sus aprensiones bajo envoltorios frágiles al lustrar las afrentas recibidas.

En el encuentro con el otro, con el que está enfrente, al lado o en nosotros mismos, asumir el lugar y el peso específico de la buena mentira es un componente fundamental del bienestar y de la sabiduría. Contra viento y marea. Contra la hipocresía de los honestos.

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