Teatro Acá

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Marcelino Perello 14/05/2014 00:00
Teatro Acá

Son una docena. Se concentran a media tarde en la plaza de Santo Domingo. No se conocen entre sí. Ni están al corriente, bien a bien, de lo que los congrega ni de lo que les espera. Sólo saben vagamente que tiene que ver con el teatro y que, en principio, ellos son unos como espectadores. Pero ignoran exactamente qué tanto y de qué manera. A la hora prevista irrumpe una cuadrilla de motociclistas. Cada uno ocupa el asiento trasero de los vehículos que a la de sin susto los transportará al mero mero corazón del temido, legendario e ignoto paraje. El barrio bravo de Tepito. El séptimo círculo del infierno.

Otros tres grupos harán lo propio desde otros puntos de reunión cercanos. Todos ellos están a punto de iniciar una experiencia insólita que no olvidarán y que los dejará marcados de por vida. Una experiencia en el baricentro de lo sociológico, lo antropológico y lo dramático, en el más intenso de los dos sentidos de la palabra. Se diría, para estar acorde al argot en boga, que es una especie de híper-performance, si no fuera mucho más que eso.

Todos ellos están ahora, y lo estarán durante las siguientes cuatro horas, en manos de ese burlón, perverso, despiadado e impredecible, cábula de pro, auténtico Mago de Oz que es Daniel Giménez Cacho.

No fueron pocos los profetas iluminados que hace un siglo preconizaron la muerte del teatro a causa de la avasalladora irrupción del cinematógrafo. Cuarenta años después sus descendientes se apresuraron a cantar los responsos del cine, junto con los de la radio, supuestamente fallecidos presas de la televisión. Cuarenta más, y fue ella la condenada a la pena capital a manos del video. Ahora es éste el que impasible aguarda en capilla, sentenciado a su propia e inminente desaparición por la desaprensiva internet.

Los presurosos enterradores siguen y seguirán ahí, a la espera de nuevas víctimas. Pero también ellas, ay, siguen entre nosotros, todas, con renovados bríos, gozando de cabal salud. Hasta qué punto la vitalidad y la versatilidad de la propuesta dramática no sólo permanece vigente, sino que se ha multiplicado y diversificado por modos y caminos pródigos e impensables, lo demuestra Safari en Tepito, la más reciente y provocadora propuesta de Giménez Cacho, que da una vuelta de tuerca más, y no cualquiera ciertamente, en su quehacer escénico. Más allá del llegue.

Inspirado en el ejercicio concebido y puesto en obra por la dramaturga, actriz, productora y directora teatral holandesa Roosen Adelheid, DGC organiza una expedición al más emblemático de los barrios bajos de la Ciudad de los Palacios. El itinerario constará de cuatro estaciones, en las que visitarán en cada una una vivienda de algún habitante representativo de la zona. En grupo, entrarán a la casa, cual una visita habitual más, tomarán asiento, apretujados, en sillas, camas y sofás, y presenciarán la escena, el diálogo entre el verdadero inquilino del lugar y un actor especialmente designado. Este último se habrá instalado durante 15 días en esa casa y habrá compartido su cotidianidad. Ambos relatarán su convivencia al realizador, que escribirá el guión y el libreto propiamente teatrales, al que deberán ceñirse rigurosamente durante la representación.

La intromisión se repetirá en otras tres casas, y en cada una permanecerán 40 minutos. Merodearán un poco por el vecindario, a pie en los trayectos cortos y en las consabidas motos para los largos. Durante cada uno de los desplazamientos irán pasando cosas, algunas preparadas y programadas, y otras imprevistas y espontáneas.

Se trata un verdadero tour de force, una magistral y audaz puesta en escena, en que los términos “puesta” y “escena” desbordan su sentido habitual y se convierten en otra cosa, creando una catarsis vivencial al borde de la magia. Para su magnífica travesura, Daniel contó, por supuesto, con el concurso de contlapaches y chalanes espléndidos. Es sabido que el genio de un genio reside en primer lugar en saberse rodear de quienes debe rodearse.

Sus Virgilios fueron el imprescindible cronista del barrio, Alfonso Hernández y la inefable Reina del Albur, Lourdes Ruiz. Las  formidables, inverosímiles, parejas de actor/inquilino las integraron Martín Camarillo y Raúl Briones, Mayra Valenzuela y Mónica del Carmen; Verónica se las vio con Mauricio Isaac y la propia Lourdes con Norma Angélica. El irresistible Moi, al frente de su parvada de biwiceros y las adorables intervenciones de los 19 voluntarios de la Casa del Teatro. Todos bajo la sombra, estricta y amable al mismo tiempo, de ese factotum llamado Sheila Flores.

El resultado fue fascinante, en el sentido estricto del término. Diría que no podía ser de otra manera, si no fuera porque sí podía, dada la envergadura y complejidad de tal proyecto. A las dificultades técnicas y logísticas evidentes, que sometieron a una tensión y solicitación extremas al realizador y su equipo, debemos añadir el desafío propiamente literario en el que las reglas del juego tradicionales y sabidas se rompen para adentrarse en otro barrio bravo, el de un esquema dramático que algo tiene de transgresor, al inmiscuirse en los terrenos vedados y pantanosos de lo estrictamente privado, en la frontera misma de la ficción y la realidad, que se vuelven así, difusas, complementarias y contrapuestas al mismo tiempo, en una especie de borderline inducido y bajo control. A medias.

Los recatos son vulnerados y la condición humana y social de semejantes distintos nos confronta e inquieta. Algo hay de irreverente en esa pesquisa en los recovecos de la ciudad y en los del otro. Algo que, sin profanarlo, ilustra lo desconocido. Cierto goce melancólico.  

Porque recrear el misterio implica saber abordarlo. Mientras introyectar vivencias íntimas de otros necesita importar afectos, saberlas externar precisa asumir la otredad. Mantener incólume una disposición obsecuente no impide ondear los ánimos a media asta.

Dejé para el final, amable y querido lector, una triste y decepcionante confesión. Todo el entusiasmo del que hago gala en estas líneas es también un poco perverso, ya que la última representación de Safari en Tepito tuvo lugar hace 15 días. Apelo a su indulgencia y confío en que sabrá perdonar el que le haya yo puesto la miel en los labios. Tómelo como lo que es. Una mezcla de súplica y exigencia de que Daniel Giménez Cacho y su troupe vuelvan, cuanto antes, a armar su incomparable, conmovedora, imprescindible expedición. Su teatro acá.

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