En busca de sapos

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Marcelino Perello 15/04/2014 00:50
En busca de sapos

“—¿Papá, por qué hay tanta gente que le tiene miedo a la guerra?”. “—No hay nada más terrible sobre la superficie de la tierra, hijo mío. Es peor que la peste o que la hambruna. Todas las calamidades se hacen una y caen como una maldición sobre la pobre gente que tiene la desdicha de vivirla. Es la más horrorosa de las desgracias, tanto para los que la practican como para los que sólo la padecen. Dios te libre, hijo mío, de que tengas que vivir alguna y enfrentarte a ella. Dios te libre”. “—Pero, papá, la guerra no cae del cielo, como las epidemias o las sequías. ¿La guerra la hacen los propios hombres, verdad? ¿Si es tan terrorífica, por qué los hombres hacen guerra, papá?”. “—Ven junto a mí, pequeño. Siéntate en mis piernas. Te contaré una fábula que te hará entender tal vez no el porqué, pero sí el cómo la gente puede a menudo construir su propio infierno”.

Así inicia el extraordinario escritor rumano Panaït Istrati la maravillosa e inquietante parábola que yo, a mi vez, le cuento a usted, sensible e inquieto lector, a continuación. La reproduzco de memoria, aunque la leí hace ya 40 años, pero hay cosas que quedan grabadas al aguafuerte. Y si no, a las pruebas me remito. Usted mismo me lo dirá. Dentro de 40 años.

“Dos labriegos se dirigen a la feria del pueblo a vender su cosecha, guiando el vetusto carromato tirado por dos mulas. La ruta es larga y el paso lento. Los dos hombres caminan en silencio.  Apenas empieza a amanecer cuando uno de ellos ve a la vera de la senda, disimulado entre piedras y hierbajos, un enorme sapo verrugoso. Con tal de romper el tedio y divertirse un poco a costa de su compañero, decide ponerlo en aprietos y proponerle una apuesta: ‘-Mira ese bicho Ilie, mientras le señala el repugnante batracio, pues si eres capaz de comértelo vivo, enterito, aquí mismo y ahora, así como lo ves, te doy la mitad que me toca de lo que nos paguen por el cargamento. ¿No te parece apetitoso?’. Y acompañó su desafío con una sonora carcajada.

“El otro mira con una mezcla de desazón, codicia, asco y rabia, tanto al sapo como al provocador de su acompañante. Después de debatirse un buen rato, en un arranque, se decide. ‘—Trato hecho Petre, lo voy a hacer, conste. Y tú no te vas a echar para atrás’. Y sin más, se va sobre el animal. Lo atrapa y sujetándolo con las dos manos temblorosas se lo lleva a la boca. Después de unos momentos de titubeo, le suelta la primera tarascada. La pobre bestia acompaña con un desgarrador y postrer croar el horrendo sacrificio.

“Entre arcadas, lentamente, Ilie prosigue con su tétrico desayuno. En un momento dado, Petre empieza a temer que el cafre de su amigo si logrará su cometido, y él, por bromista e imprudente, habrá perdido todo su dinero. Pero al mismo tiempo, Ilie, que ya lleva tragado medio sapo, siente que no puede más y que está a punto de desmayarse de repulsión. Va a fracasar. Así que, en una maniobra desesperada, decide devolverle la jugarreta a su amigo: ‘—¿Cómo ves Petre? Ya te fastidié. Pobre de ti. Pero, en fin, como soy tu amigo y no quiero aprovecharme de tu desliz, te voy a dar la oportunidad de corregirlo. Escúchame, si tú te comes la otra mitad el sapo, estoy dispuesto a olvidar la apuesta y dejo que te quedes con tu dinero´.

“Petre, con los ojos llorosos de angustia, no se lo hizo repetir. Decidido, tomó lo que quedaba del manjar y, sin darse tiempo a pensarlo mejor, en un santiamén lo devoró. Los dos campesinos se miraron el uno al otro sin decir palabra. Se limpiaron como pudieron la cara, las manos y la ropa. Tomaron las riendas y así, en silencio, siguieron su camino. Con la barriga llena. Jamás volvieron a hablar entre ellos de lo acontecido, ni se lo contaron nunca a nadie.

“Así pues —concluyó el padre— de la misma manera, los hombres a menudo son presa de un súbito, inexplicable y funesto desvarío, se amargan la vida y una mezcla de rencor, avidez y ceguera enloquecida, los pierde. En las guerras, hijo mío, todos comen sapo”.

Hasta aquí el edificante y estremecedor relato de Istrati. No pude no recordarlo al ver cómo se aprestan los aceros y los bridones allá en las míticas y bucólicas tierras de los tártaros. La soberbia imprudente de los Obama y las Merkel se topan de frente con la prepotencia ensoberbecida de los Putin. Y unos y otros están a punto, a punto, de desencadenar la catástrofe. La parte más vergonzosa de esta tragedia en ciernes, sin embargo, le corresponde a quienes detentan hoy el poder en Kiev. No son autoridades, son títeres. Y su discurso no puede ser más contradictorio y provocador. Abonan el terreno de la carnicería.

Primero esgrimieron razones de índole mercantil oponiendo subterfugios a la lógica argumental, en respuesta recurrieron a tretas infames con oratoria salaz. Aluden constantemente a grandes aforismos nacionalistas ancestrales manipulando oscuros significantes. Incluso mantienen bajo alerta toda intervención bordeando los esquemas señalados.

A orillas del Dniéper se ha instalado hoy una dictadura neofascista que parece encaminar la historia hacia el cataclismo. En busca de sapos.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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