Uróboro

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Marcelino Perello 18/03/2014 01:07
Uróboro

No vaya usted a creer, conspicuo lector, que Crimea está lejos. Ni que la problemática que la sacude nos es ajena. Nos concierne y compromete mucho más directamente de lo que una visión apresurada podría hacer suponer. Y corremos el riesgo, estos días, de que los ingentes, urgentes y estridentes asuntos y escándalos domésticos que nos ocupan y preocupan —desde las líneas 12 hasta las Oceanografías, pasando por los preponderantes que ya no lo son tanto y los autodefensas indefensos y encarcelados— nos hagan desdeñar lo que no es desdeñable.

Las cuestiones que plantea la encrucijada crimeana (¿cuál será su auténtico patronímico? Suena recomendable irlo estableciendo y aprendiendo) son de primera importancia y de interés universal: entre ellas se dirime el sentido y pertinencia del derecho internacional y los de la de la mecánica democrática. La pequeña y legendaria península (casi casi una ínsula) que separa al Mar Negro del de Azov, las pone hoy sobre la mesa de manera abrupta y cruenta.

El tan mentado derecho internacional veta terminantemente las intervenciones armadas. Como quien dice, entre otras cosas, prohíbe las guerras. No pos sí. Valiente prohibición. Ello sólo ya demuestra que el tan ensalzado “derecho” vale más bien gorro y que pertenece más al dominio de la poética que al de la política.

De todos modos, admitamos que es obvio y encomiable que abogue por el respeto y la paz entre naciones. En este sentido, no parece admisible la intervención militar rusa que se produjo hace tres semanas en una porción de la República de Ucrania. Faltaba más. Es un acto flagrante de injerencia. Ahora bien, tal acción militar fue consecuencia de la asonada y del consecuente golpe de Estado, a todas luces instrumentados y auspiciados por EU y la UE, que depusieron al presidente ucraniano, constitucionalmente elegido, Víktor Yanukóvich. Lo cual también constituye un acto flagrante de injerencia. Sólo que es el primero el que provoca el segundo, y que el primero “se nota” menos que el segundo. ¿Cómo debería pronunciarse en este sentido un utópico e inexistente derecho internacional neutral? ¿Qué corte o tribunal podrían dirimir tal contencioso?

La segunda cuestión, la de las reglas democráticas, es aun más peliaguda. Al margen de otros reparos más graves propios del concepto mismo de democracia, ¿es acaso admisible el resultado de una consulta popular convocada al vapor, realizada en plena ocupación militar y bajo un riguroso estado de sitio? ¿Puede darse por bueno el escrutinio de “autoridades electorales” del todo parciales?

En descargo de los inocultables vicios de tal procedimiento, es preciso reconocer que el resultado aplastante del plebiscito le otorga un peso no desdeñable. Votó 80% de la población, porcentaje abrumadoramente mayor del que se registra en los comicios europeos, y se pronunció a favor de la incorporación a Rusia más de 90% de los votantes. Por otro lado, la presencia de numerosos observadores extranjeros, entre ellos no pocos parlamentarios, ellos sí, en principio neutrales, también refuerza la significación del discutible proceder.

La que sí es del todo inadmisible es la inconsistencia hipócrita de los gobernantes occidentales que hoy condenan airados el proceso emancipador crimeano y desconocen tanto la decisión de separarse de Ucrania como la de unirse a Rusia, mientras que en su momento se apresuraron a aprobar la secesión de Kosovo de la República Serbia y a reconocer la “voluntad” del pueblo kosovar, también bajo ocupación militar. Sólo que aquella vez los ocupantes eran ellos. No se les ve el cobre, son de cobre.

Los hechos, hoy por hoy, parecen irreversibles. No se avizora poder humano, político o militar que pueda extraer Crimea a Rusia y volverla a anexar a Ucrania. Si la primera vez hace 60 años fue absurdo, hoy es impensable. En cualquier caso, el ímpetu arrollador del gobierno ruso y el resultado avasallador de la consulta no deberían alimentar la soberbia de los rusos, ni la de los de Moscú ni la de los de Simferopol. La suerte no está echada y la ruta inmediata será sobre hielo muy delgado. Las flamantes leyes impuestas ahora en Crimea son draconianas. Y las victorias aplastantes suelen ser engañosas y conducen, con cierta frecuencia, a la ceguera, a la prepotencia y a la abyección.

Para un ejercicio notoriamente temerario es obligatorio balancear la incertidumbre gracias a delicadas observaciones. Fuentes informadas exponen su temor a generar recelos ante numerosas decisiones extremas. Unas normas menos estrictas seguramente moderarían ánimos soliviantados.

En su universalidad, la encrucijada crimeana nos vuelve a recordar la máxima de Von Clausewitz: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Sólo habría que añadir, como lo demuestra la exitosa Blitzkrieg de Putin, que la amenaza de guerra también lo es. Y que su imagen en el espejo no lo es menos: La política no es más que la prolongación de la guerra por otros medios. Esta serpiente se muerde la cola. Pese a todos los derechos internacionales y a todas las democracias, nos encontramos frente a un voraz, indomable, ineludible uróboro.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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