Gemelos distantes

Hay dos juegos de similitudes ahí, dos paralelismos incomprensibles.

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Marcelino Perello 05/03/2014 00:00
Gemelos distantes

El arte produce realidades asombrosas. También la naturaleza se las trae, no cabe la menor duda, tanto en su sabia e inexplicable regularidad, como en sus exabruptos imprevisibles, el mundo real no cesa de deslumbrar a quien sabe y quiere dejarse deslumbrar. Escribo estas líneas mientras contemplo maravillado cómo florece la jacaranda frente a mi casa. Más que florecer estalla. Y no puede no ceder a la fascinación. Pero la creación artística me atrevo a afirmar que es aún más pasmosa y extraordinaria. No porque sí adjetivos tales como “fantástico” o “espectacular” proceden originalmente de la condición humana y subjetiva.

Todas las artes son pródigas y maravillosas, en sentido estricto del término, pero de todas, sospecho que las más sorprendentes y desconcertantes son las escénicas. En ellas se producen multitud de fenómenos y situaciones definitivamente hipnóticas e inexplicables. La condición de actor, en su esquizofrenia inherente e inevitable, es probablemente una de las más complejas hipóstasis del espíritu. Es quizás el más insostenible y desgarrador de los oficios. Y al mismo tiempo el más seductor y paradójico.

Un ejemplo áureo de tal propiedad lo constituyen las historias paralelas de dos jóvenes histriones, que recorrieron trayectorias breves y estremecedoramente trágicas, tanto en el mundo como frente a las cámaras. El caso que representan James Dean y Zbigniew Cybulski es prodigioso e irrepetible. Tanto el que protagoniza cada uno por separado con el de la mancuerna inconcebible de la que sin saberlo formaron parte.

Hay dos juegos de similitudes ahí, dos paralelismos incomprensibles. Uno es el del actor con su personaje, con sus personajes. El James Dean de la vida real es al mismo tiempo el Cal Trask de Al este del paraíso y el Jimmy Stark de Rebelde sin causa. Lo es del todo. Y es imposible dilucidar quién fue primero. Si el actor forjó a sus personajes o si fueron éstos quienes modelaron al actor. James Dean murió en un accidente automovilístico a la edad de 25 años. Tal desenlace correspondía obvia y exactamente tanto a Cal como a Jimmy. No cabe ninguna duda.

El mismo desconcertante, y finalmente inaceptable, encuentro se produce en el caso Zbigniew Cybulski. El joven y malogrado actor polonés nació en 1927, cuatro años antes que su congénere —nunca mejor dicho— gringo. Es cierto que él murió ya viejo, a la edad de 40 años, cuando se dejó arrollar por un tren. Era una costumbre que más que fascinarle, se le imponía. Gozaba de subir y descender de trenes en marcha. No se pregunte por qué, intrigado lector. Ni él mismo lo sabía. Lo hizo incluso en algunos de sus films, rogando al director incluir esa breve y destellante secuencia. Así Cybulski vivió y murió como el Maciek Chelmicki de Cenizas y Diamantes o el Staszek de Tren nocturno.

No sé hasta qué punto supieron el uno del otro. Era difícil, pues cuando James murió Zbigniew apenas hacía sus pininos en la fábrica de sueños, aunque ya había filmado la cinta Una generación que sería célebre, y ya gozaba de cierto renombre. Si, a pesar de la hermética Cortina de Hierro, Dean pudo presenciarla, no pudo no verse retratado en el Kostek de Cybulski. En todo caso más de un crítico ya lo considera y denomina “el James Dean polaco”. No es fácil percibir a un tiempo las dos fulgurantes trayectorias, pero una vez que lo ha logrado uno, la analogía vertiginosa se impone.

Es un misterio la compenetración que, como ya he dicho aquí, algunas veces, no muchas, se produce entre actor y personaje. Hay algo ahí del orden de lo insondable, de los más recónditos e inaccesibles recovecos de la psique. Pero resulta aún más complejo admitir y dar sentido al surgimiento de esas dos almas gemelas, que ilustran de manera indiscutible la existencia de patrones, no por maleables menos estrictos, en la constitución de esa psique. Todos somos distintos, sin dejar de ser todos iguales. Algunos somos más diferentes, sin dejar de ser más iguales. Mucho antes de que se descifrara el genoma humano, James y Zbigniew dejaron claro que estaba ahí. Y que los clones ya existían.

De hecho todos actuamos. Todos jugamos, interpretamos y fingimos. En cada uno de nosotros habita el guionista, el cineasta y el intérprete. Ya también lo dije. Y ya también Rimbaud postuló su inasible “Yo es otro”. En efecto el Yo actúa siguiendo el guión del Inconsciente y bajo la dirección del Superyo. Y también es un hecho que las constelaciones psíquicas y anímicas replican y se reproducen de manera fractal. La originalidad sin dejar de ser inevitable es también una ilusión. El nuestro es un mundo de remakes y covers. Sin derechos de autor.

Lo formidable de esta doble historia no reside únicamente en el paralelismo entre los dos jóvenes artistas, sino, y sobre todo, en la dimensión colosal y abrumadora que ambos poseían en sus respectivos ámbitos. De la frivolidad abigarrada de los yanquis al sobrio rigor de los bálticos. Bajo la sabia guía de Elia Kazan en el primer caso y de Andrzej Wajda en el segundo, cada uno se encontró a sí mismo y sin sospecharlo se encontró, no con el otro, sino en el otro.

La mejor ilustración de este aturdidor juego de espejos, sin embargo, la encuentro en una cinta poco conocida en la que Cybulski juega un papel secundario. Se trata de Pingüino, en la que el personaje central, un joven apocado y pasivo consigue realizarse precisamente gracias a su enfrentamiento con el villano, magistralmente interpretado por nuestro héroe, y que a base de movimientos perversos envuelve y somete a los otros. Al desentrañar sus maquinaciones, Pingüino se salva y realiza. Es gracias al malo que brilla el bueno. Supongo que siempre es así. Pero nunca como en este caso resulta tan claro.

Pingüino aprende rápidamente el juego adoptando muchas ingeniosas artimañas, con una apremiante necesidad de obtener la ansiada meta imagina rocambolescas operaciones, rápidamente incuba osadas directrices emprendiendo esa misión oscura con insólitas ocurrencias nuevas.

Ahí se percibe tanto el oficio magistral de Cybulski como la magnitud y densidad de su personalidad. Algo similar sucede con Gigante en que el talento de Dean sirve de base al muy notable desempeño de Elizabeth Taylor y Rock Hudson.

Sería un error considerar a nuestros dos magníficos jóvenes como “malogrados”. A pesar de su muerte precoz no pudieron ser mejor logrados. Su muerte fue congruente con ellos mismos y representa una auténtica y resplandeciente lección de vida.

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