El Manacar

Será una plaza más igualita a tantas otras. Para gente igualita a tanta otra.

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Marcelino Perello 15/01/2014 00:00
El Manacar

Quizás ya había pasado por ahí hacía poco, pero no me había dado cuenta. Es tan fácil no ver las casas. E Insurgentes, desde la implantación del bendito Metrobús, no forma parte de mis trayectos habituales. Cruzarlo (¿cruzarla? ¿cruzarlos?) hoy es toda una epopeya. Si nació uno de este lado es recomendable quedarse a vivir aquí.

El caso es que darme cuenta fue para mí ya no sé si un mazazo o una cubetada de agua fría. La esquina de Insurgentes con Río Mixcoac ya no existe. Es decir, entendámonos, los coches siguen pasando por ahí, en una dirección y en otra, pero para mi asombro y desconsuelo el Manacar ya no está ahí. El distinguidísimo espacio cinematográfico (primero una sola sala soberbia y después varias), que daba estilo y personalidad a ese cruce, había desaparecido. Junto con el complejo que lo acompañaba. Todo se había esfumado. La esbelta torre, la librería, el Sanborns. Y se llevó con él un racimo de mis vivencias añejas y esenciales. Parte importante de mi formación intelectual. Tantas películas y libros. Tantas tazas de café. Tantos encuentros, pláticas y discusiones. Todo se lo había tragado la tierra.

Me dicen que la catástrofe ocurrió hace meses, pero yo me vengo enterando. Y eso es lo que cuenta. También leo que en el baldío desolador van a construir un nuevo centro comercial. No pos sí. Y que en él volverá a haber salas de cine. Algo es algo. El que no se consuela es porque no quiere. Pero ya no será el legendario y entrañable Manacar. Una plaza más igualita a tantas otras. Para gente igualita a tanta otra.

Entre la bruma de la nostalgia y la pesadumbre se me medio dibuja la silueta de algunas reflexiones, y pienso en la similitud y en la distancia entre el cine y la lectura. La conversación, de momento, la dejo aparte. Otro boleto. Pero me es imposible no constatar lo obvio. Mientras el libro lo confina a uno a un ejercicio solitario, el cine es una experiencia colectiva, compartida. Uno y otro te llevarán de la mano por mundos y episodios desconocidos, te presentarán a seres apasionantes, te harán conocer lugares impensados y vivirás como propias situaciones ajenas e inimaginables. Y que por ellos se vuelven imaginadas.

El cine cine, es decir, la exhibición en sala, no doméstica, dota de una densidad y textura insustituibles a la propuesta narrativa. En este sentido la contemplación casera de películas, cada vez más habitual, le resta fuerza y penetración a la escenificación. El confort, la seguridad y el apoltronamiento que las pantallas caseras propician no pueden no inmunizarnos y en buena medida insensibilizarnos.

En la casa tiene uno el control, en los dos sentidos de la palabra. Somete el ritmo de la representación a sus propios aires y caprichos. En este aspecto los devedés se asemejan un poco a los libros. Pero sólo un poco. Si en ambos es el receptor el que marca el paso, en el caso del texto escrito corre siempre el riesgo de quedar atrapado por la historia. En la historia. Luego sucede, en buena hora, que ya no puede uno interrumpir, zafarse o distraerse a voluntad. Cosa que difícilmente se producirá en la breve y huidiza experiencia que el video ofrece.

La narración impresa, paradójicamente, deja márgenes mucho más amplios a la imaginación del lector que los que permite el cine al espectador. Hay algo relacionado con la libertad en juego. Ambos dominios, el literario y el cinematográfico, cautivan. Al menos ese es su fin. Y es ese cautiverio, esa seducción, la que anhela el destinatario. No obstante tal aprisionamiento se produce de manera diferente en cada uno de los dos registros.

Nunca diríamos que el escritor se dirige a su “público”, aunque el número de sus lectores puede ser muy superior, a lo largo del tiempo, al de los espectadores de una determinada cinta. El lector es “privado”, por así decirlo. Privado de quién sabe cuántas cosas a cambio del señuelo literario que lo atrapa y absorbe. También es privado el telespectador, pero la retribución es mucho menos jugosa y gratificante.

Es probable que usted, culto lector, haya experimentado el curioso contraste que se establece si usted se enfrenta a una misma obra por las tres vías diferentes que le menciono: el libro, el film y el video. A mí me ha tocado vivirlo en más de una ocasión y no puedo no constatar atónito hasta qué punto las tres vivencias resultan disímiles, al punto de que se diría que se trata de tres obras diferentes. De hecho lo son. Recuerdo ahora, a volapié, dos ejemplos inolvidables: Solaris, de Lem/Tarkovski, y el Cyrano, de Rostand/Rappeneau/Depardieu. Alucinante, créame. No sabría bien a bien cuál es la mejor. El video no sale bien librado de la comparación, pero posee la invaluable ventaja de que puede uno repetir y repetir hasta la saciedad. Regodearse y aclararse. Pero eso también, temo, le quita chiste.

El hacerse uno parte del público comporta recompensas insustituibles, créame. Compartir la risa con cientos de desconocidos, en la oscuridad, frente a una película de Woody Allen, o compartir el silencio estrujante frente a una de Polanski, brinda una vibración incomparable a la propuesta cinematográfica. En el otro extremo del vínculo creador-destinatario también se producen diferencias significativas. No es lo mismo hacer cine pensado para las grandes pantallas que hacerlo pensando en las pequeñas. La audiencia colectiva es mucho más sensible y exigente. Otro mundo.

Públicos altamente selectivos imponen ópticas novedosas, aguardan las escenas graves recreando intríngulis apasionantes y también esperan reír nutriendo una recóndita alegría. Necesitan una experiencia sorpresiva totalmente renovadora articulando fantasías originales recreadas mediante un lúcido ardid sostenido entre contextos reveladores en tramas audaces. Imaginar nos fuerza a liberar inquietudes burlando los escrúpulos.

El Manacar no está más. Y me impongo cubrir mi tristeza con una capa de optimismo. Me esfuerzo en no ver su desaparición como una alegoría de mal augurio. Quiero creer que su tiempo se cumplió y que se cumplió bien. Que su herencia será recogida y que sus sucesores harán honor a ella y no se conformarán en vivir estricta y exclusivamente confinados en las recámaras de las casas, por placentero y práctico que sea. Una cosa es una cosa y otra, otra.

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