La obsesión militar

En México, como en EU, se asume que la imagen de orden y disciplina bastará para resolver problemas de justicia. Se ha creído que los criminales temblarán y los rijosos desistirán. Ni una ni otra cosa ocurre.

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Manuel Gómez Granados 30/08/2014 01:07
La obsesión militar

Estados Unidos está sumido desde hace dos semanas en un debate amargo y doloroso por la muerte de dos jóvenes afroamericanos en la zona metropolitana de San Luis, Missouri. La muerte de uno de ellos, Michael Brown, es particularmente delicada, no sólo por lo que ha dejado ver en términos del racismo, todavía vivo y dañino en amplias zonas del sur de aquel país. También por lo que deja ver acerca del uso de pertrechos y tácticas militares por parte de las fuerzas de policía locales de ese país.

Habrá quien crea que es un debate que sólo concierne a EU; no es así. Las imágenes de la Gendarmería, así como muchas de las muy malas experiencias que se tuvieron con la ahora desaparecida Secretaría de Seguridad Pública Federal, las igualmente malas experiencias que se han tenido en poblaciones como Ciudad Juárez cuando el Ejército o la Marina asumen funciones de policía lo hacen relevante para México. Y es peor cuando se consideran episodios como el ocurrido en Chalchihuapan, Puebla, que dejan ver qué tanto se necesita trabajar para que, sin tolerar excesos o abusos de los manifestantes, se respeten los derechos de quienes —por la razón que sea— expresan sus opiniones. Preocupa, por ejemplo, que personal del Instituto Nacional de Migración haya amenazado al obispo de Tabasco con usar helicópteros para impedir que celebrara una misa en las cercanías de la frontera con Guatemala que, dada la cerrazón de la autoridad mexicana, se hizo en Guatemala.

En EU, distintas organizaciones han hecho llamados a las autoridades militares para que no entreguen a las policías locales los excedentes militares, y el Pentágono se comprometió a revisar los criterios para esas entregas. En México, tristemente, existe una larga tradición de no reconocer estos riesgos. Ocurrió con Felipe Calderón y antes con Ernesto Zedillo, por la manera como usaron a la Federal Preventiva. Antes ocurrió con Gustavo Díaz Ordaz por haber hecho desfilar de manera irresponsable al Batallón Olimpia por la Ciudad de México, el infausto 2 de octubre de 1968.

En México, como en EU, se asume que la imagen de orden y disciplina bastará para resolver problemas de justicia. Se ha creído que los criminales temblarán y los rijosos desistirán. Ni una ni otra cosa ocurre. En el caso de los criminales, corrompen a los nuevos policías o a sus jefes. En el caso de los rijosos, la parafernalia militar sólo sirve como un incentivo y provocación para actuar de manera más violenta, más arriesgada y las consecuencias las pagamos todos.

Por ello preocupa que, luego de topar tantas veces con la misma piedra de la militarización, se insista con la Gendarmería, en decirnos que lo que se necesitan son policías implacables, duros, rígidos, cuando el problema está también en los ministerios públicos y, sobre todo, en los juzgados, del fuero común y federal, cuyo excesivo formalismo y nepotismo hace que se vea imposible que un juez imparta justicia.

Estamos a tiempo de que, más allá de las fotos de la Gendarmería con uniformes militares, se reconozca la necesidad de contar con mejores policías locales, que vivan y conozcan a las comunidades en las que prestan sus servicios; policías que más que preocuparse por cumplir cuotas de arrestos o de imposición de multas de tránsito, impidan, prevengan, la comisión de delitos. Mucho ayudaría que el presidente Peña, en estos días de informe presidencial, advierta los errores que cometieron sus predecesores en este tema y los evite.

                *Analista

                manuelggranados@gmail.com

 

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