Michoacán

En el estado hubo quienes, tan ingenuos como irresponsables, al estilo del doctor Fausto creyeron que podían pactar con satanás. Creyeron que mientras ellos no consumieran las drogas, todo estaría bien.

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Manuel Gómez Granados 18/01/2014 00:43
Michoacán

En las últimas semanas, Michoacán se ha convertido en el tema del que todos hablan en México. Es una pena que sea por las peores razones posibles. El estado, uno de los principales productores agropecuarios de México, vive ya desde finales del siglo pasado un lento pero implacable proceso de descomposición. Nadie podría decir con precisión cuándo empezaron los problemas. ¿Fue la quiebra del tejido social? Y si fue eso, ¿qué la detonó? Una posible explicación es la manera en que los michoacanos abandonaron su estado.

La emigración resolvió algunos problemas, pero generó otros. Muchos pueblos pueden carecer de escuelas u hospitales, pero lo que no falta son las casas de cambio y de la mano de ellas, el consumo suntuario, consumo que hizo que mucha de la riqueza ganada con la emigración a Estados Unidos se perdiera como agua en las manos.

Además, la emigración hizo que muchos jóvenes se olvidaran de estudiar; veían a sus padres, a sus tíos o a los padres de sus amigos regresar cada año, forrados de dólares, con camionetas de lujo. Los niños de los setenta, ochenta y noventa, crecieron solos. A veces cuidados por las madres, a veces por las abuelas; crecieron en pueblos fantasmas, pueblos sin esperanza. Y a la dinámica de la emigración, por sí misma destructiva, se agregó desde los setenta el hecho que mucha de la prosperidad de EU, el boom de la construcción, sólo se podía explicar gracias al narcotráfico.

Emigración y narcodólares dieron forma a un coctel todavía más destructivo. En Michoacán hubo quienes, tan ingenuos como irresponsables, al estilo del doctor Fausto creyeron que podían pactar con satanás. Creyeron que mientras ellos no consumieran las drogas, todo estaría bien. Crearon la ficción del mal como algo ajeno a Michoacán. Creyeron que los ancestrales vínculos solidarios aguantaban otra vuelta de tuerca. No fue así porque incluso si el consumo de drogas no hubiera crecido, estaba el delicado problema del dinero de las drogas, una droga tan poderosa como la droga misma, que trae consigo pleitos y problemas.

Sólo faltaba la irresponsabilidad de la clase política, de los tres partidos, y la aportaron. Unos más celosos que los anteriores, los alcaldes se hicieron de la vista gorda; los policías dejaron pasar cargamentos y la cadena siguió así hasta llegar a Morelia. Al finalizar los noventa, ya no eran grupos aislados. El Sindicato de Maestros, que tantas cosas buenas hace por México, se encargó de darnos también a La Tuta y poco tiempo después ya teníamos a La Empresa, que se convirtió —ironía de ironías— en La Familia Michoacana y, como nada puede ser más sagrado que la familia, La Tuta dio vida a Los Caballeros Templarios.

Pero lo malo siempre puede ser peor y así surgieron las autodefensas, mala solución desde el nombre, que recuerda lo peor de la historia colombiana porque lo último que un lugar infestado de violencia necesita son grupos que promuevan todavía más violencia. Y ahí estamos en un monumental pantano: siete años después del inicio de la guerra contra el narco; cuatro años después del Michoacanazo; tres años después del más importante despliegue de fuerzas militares en Michoacán desde La Cristiada y un año después de que se nos prometió que la violencia terminaría, lo único seguro es que la violencia sigue ahí.

¿Qué necesitarán nuestros políticos y la sociedad civil para entender que no hay atajos, que la paz se construye todos los días con desarrollo y que nadie puede salir bien librado de los pactos con satanás?

                *Analista 

                manuelggranados@gmail.com

 

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