Job

Sin pretensiones de realismo, se busca y se consigue una verosimilitud en el ánimo de los personajes.

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Luz Emilia Aguilar Z 17/04/2014 00:29
Job

En la ciudad de Múnich, cercana a Dachau y al Nido del Águila, el refugio favorito de Hitler,  poco menos de 70 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, apenas quedan huellas de ese horror. En esta rica urbe son admirables la seguridad que se vive en las calles y los equilibrios entre conservación de la naturaleza y del patrimonio, y el dinamismo económico. Isar, el río que atraviesa la ciudad, es tan limpio, que se presume que el agua que lleva es potable. En Múnich el teatro tiene presencia protagónica. No se percibe crisis alguna de público. Las grandes compañías estatales, la Kammerspiele, el Residenz y el Volkstheatre, dan función la mayor parte de la semana con localidades agotadas, no obstante los precios por boleto, que van de los 600 a más de mil pesos por persona. El amplio repertorio ofrece nueva dramaturgia, reelaboraciones de clásicos alemanes, una buena dosis de Shakespeare y adaptaciones de novelas.

Joseph Roth experimentó la orfandad, la muerte, el exilio, la guerra y la locura. Tuvo la fortuna de ser reconocido en vida como uno de los grandes periodistas y escritores de su tiempo. En 1939 el autor de El santo bebedor murió a causa de un alcoholismo tan avanzado que le producía delirium tremens. Nueve años antes había escrito Job, una paráfrasis sobre el personaje bíblico que renegó de Dios. Mendel Singer, el protagonista de esta conmovedora novela, nació en la miseria. Tuvo cuatro hijos, el menor incapaz de hablar, caminar, de sostener su cuerpo y asaltado por ataques. Un rabino predijo a su madre, llamada Déborah, que mucho tiempo después: “Menuhin, hijo de Mendel, sanaría. En todo Israel no habría muchos como él. Lo haría sabio el dolor, bondadoso la fealdad, dulce la amargura y la enfermedad fuerte. Sus ojos serían grandes y profundos, y sus oídos claros y musicales. Su boca callaría, pero cuando abriera los labios anunciaría cosas buenas”. Déborah no vería el milagro y Mendel perdería la fe. Tendría que emigrar a Estados Unidos, lloraría la muerte de sus dos hijos nacidos sanos, encerraría a su hija en el manicomio y llevaría luto por su esposa.

De paso por Múnich, tuve la ocasión de ver el lunes 14 de abril una adaptación de Job, de Joseph Roth, dirigida por Johan Simons y el trabajo de los dramaturgistas Koen Tachelet y Julia Lochte. La transcripción a la escena se hizo sin tentaciones narrativas. La cadena de infortunios de los emblemáticos personajes judeo-europeos del exilio a Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX, se cuenta en forma dialogal. Dos son los ejes, la palabra y un tratamiento con rasgos expresionistas en la actoralidad. Los efectivos histriones representan varios personajes. El vestuario es sencillo, sin pretensiones de fidelidad de época y sí orientado a marcar las huellas de carácter. La música es fundamental para la historia. No se le da gran relevancia a la selección del sonido. No hay efectos.

El lenguaje visual se aleja de todo preciosismo. Al centro del escenario hay un carrusel atravesado en medio por un largo panel de  madera rústica y cubierto alrededor por una cortina de distintas telas, las que abren y cierran en sus múltiples posibilidades. Una luz blanca permanece casi sin cambios. A mitad de la función, cuando llegan los personajes a “América”, el carrusel da vuelta y del otro lado del panel se ve la bandera estadunidense en colores pistache y lila pastel, sobre una superficie reflejante. Tres palabras se leen conforme gira el dispositivo: “Birth”, “Love”, “Death”. La escenografía es de Bert Neumann y la luz, de Max Keller. Sin pretensiones de realismo, se busca y se consigue una verosimilitud en el ánimo de los personajes, en su torturada emocionalidad.

La vida en esta obra es una rueda de incertidumbres y paradojas. El padre y la madre, lejos de sentirse más cercanos con el paso del tiempo, se van volviendo rotundamente extraños el uno para el otro y aun para sí mismos. Los hijos que constituyen alguna esperanza, mueren. Uno, Jonás, tiene que entregar su vida a las guerras del Zar y el otro, Sam, el desertor que no quiso ir a la guerra con su hermano, cae por su nueva patria. La hija se vuelve loca y el minusválido demuestra al padre sobreviviente que existen los milagros. El tiempo es la gran tiranía y “América” la esperanza, pero esa tierra prometida acaba significando locura y muerte.

Al fin de la función, los cientos de espectadores que asistieron a la sede de la Kammerspiele a ver esta producción estrenada hace aproximadamente cinco años, aplaudieron con estruendo a los actores, que salieron a los agradecimientos tres veces.

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