Lo nuestro es el centralismo

Michoacán es el ejemplo más emblemático de nuestros problemas estructurales.

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Luis F. Lozano Olivares 08/03/2014 03:14
Lo nuestro es el centralismo

Todos sabemos que durante el siglo XIX, México se la pasó en guerras civiles entre liberales y conservadores, y entre federalistas y centralistas. La identidad de los políticos y sus ideas siempre han estado comprometidas por una incoherencia absoluta entre lo que se dice, lo que se es y lo que realmente es. Así, en muchas ocasiones, nuestra historia juzga como conservadores a liberales y como federalistas a los centralistas. De hecho es un problema que continúa hasta nuestros días, donde “la derecha conservadora” es en realidad reformista y liberal, mientras que la “izquierda progresista” es conservadora y reaccionaria, como ejemplo, AMLO y sus posturas con el matrimonio de homosexuales o el aborto.

Desde que se promulgó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en 1917, hemos dicho que somos una República federal, aunque nunca lo hemos sido en realidad. Desde que los liderazgos revolucionarios y posrevolucionarios estabilizaron al país a través de colocar al compadre en la gubernatura de uno u otro estado, la deuda del gobernador en turno con el Presidente fue hacia un Estado central de facto. Una vez establecido el PNR y eventualmente el PRI con sus conocidas reglas de operación, donde el Presidente de la República era jefe del partido e incluso tenía el poder informal suficiente para hacer renunciar y nombrar gobernadores, se afianzó la idea de un federalismo en la teoría, pero no en los hechos.

Desde el punto de vista económico, el poder presidencial de manejarse con base a los recursos del presupuesto fue real hasta nuestros días. En un federalismo verdadero, como el de Estados Unidos, los estados son los encargados de cobrar los impuestos suficientes para proporcionar servicios y mejorar el nivel de vida de sus habitantes. Los condados son responsables de su recaudación y de sus servicios (empezando por la seguridad) y el gobierno estatal hace lo mismo. Esta independencia es lo que hace que una ciudad como Detroit se declare en quiebra. En México, en nuestro centralismo disfrazado, el gobierno federal recauda y reparte, ya que los estados de la República son incapaces de recaudar lo suficiente para mantenerse ellos mismos. Es decir, en un federalismo real el pacto federal es un asunto de conveniencia, en nuestro sistema es un asunto de sobrevivencia.

Como lo hemos planteado en muchas columnas, en México, los gobiernos municipales y estatales fueron incapaces de controlar sus propios territorios en cuanto se fue la presidencia imperial, ni siquiera el control del crimen o el monopolio de la fuerza, elemento esencial de la creación y existencia del Estado. Michoacán es el ejemplo más emblemático de nuestros problemas estructurales; aunque paradójicamente no fue el desmadre que había lo que causó la alarma en el gobierno federal, si no el hecho de que la gente se organizara para arreglar los problemas a madrazos.

El nombramiento de Alfredo Castillo en la Comisión para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán y el aparente éxito en el control de muchas de las circunstancias que sufrían los michoacanos, que no fueron resueltas por funcionarios locales electos de dos distintos partidos, teniendo además como Presidente a un michoacano, nos tiene que llevar a la pregunta: ¿Funcionamos mejor como un sistema central? 

La tendencia de homologar leyes penales, centralizar mandos policiacos, centralizar la recaudación, las exenciones de obligaciones fiscales a los estados, las garantías federales a las deudas de los estados y el manejo de desastres no le dan muchos argumentos al federalismo.

                *Abogado y analista      llomadrid@gmail.com

                Twitter: @LlozanoO

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