Tomorrowland

Llegar a una película ya con cierta “contaminación” por las adversas críticas previas, hasta hace que uno se siente diferente en la butaca. Fue el caso el sábado pasado al empezar a ver Tomorrowland, película estadunidense de los Estudios Disney que tenía todo ...

Llegar a una película ya con cierta “contaminación” por las adversas críticas previas, hasta hace que uno se siente diferente en la butaca. Fue el caso el sábado pasado al empezar a ver Tomorrowland, película estadunidense de los Estudios Disney que tenía todo para resultar en algo bueno, pero que se queda en un lamentable medio camino entre lo denso para el público infantil y lo naíf para los adultos. La película es ambigua en muchos sentidos.

Está respaldada por Disney, con un presupuesto de casi 190 millones de dólares, dirigida por Brad Bird, realizador nada menos que de Gigantes de acero y Los increíbles, cuenta con George Clooney como protagonista, abundan espectaculares efectos especiales, pero se basa en un guión muy flojo, con demasiados rebuscamientos y vericuetos que hacen que la narración se vaya distanciando irremediablemente del espectador.

Brad Bird tenía en sus compromisos la dirección de Star Wars: Episode VII a la que renunció por dedicarse a un proyecto en el que trabajaba desde hace varios años: Tomorrowland, cuyo guión coescribió con otros colaboradores. El argumento gira en torno a dos personajes: Casey, interpretada por Britt Robertson, que cae en momentos sobreactuados, y Frank, al que de niño da vida Thomas Robinson, y de adulto George Clooney, quien no logra conectarse con el público, precisamente, por los enredos del guión, las numerosas subtramas, la abundancia de personajes mal redondeados, una duración excesiva.

Casey es una adolescente con inquietudes científicas que vive con su hermano pequeño y su papá, un ingeniero de Cabo Cañaveral, que se quedará sin trabajo cuando esta instalación, considerada inútil y obsoleta, sea derrumbada. Casey tiene un particular talento creativo, es brillante, particularmente optimista. De alguna forma se las ingenia para sabotear la destrucción de la famosa plataforma de despegue, pero en una ocasión es descubierta y arrestada.

Al salir de la cárcel y recibir sus pertenencias de regreso, le dan un pin que, al tocarlo, la transporta automáticamente a otra dimensión, en una enorme extensión en el campo en cuyo horizonte destaca una futurística ciudad.

Por su parte, Frank es un inventor que desde niño tuvo grandes inquietudes científicas, pero, en contraste con Casey, sin la comprensión y el apoyo de su papá.

Frank se convirtió en un adulto pesimista, solitario, gruñón, sin esperanzas. Juntos, con una niña robot, tendrán que salvar al planeta de su destrucción viajando a Tomorrowland, una tierra en el futuro, perfecta, luminosa, utópica, en la que tienen que encontrar qué es lo que el género humano está haciendo mal en su entorno.

Los efectos especiales son impecables, como acostumbra Disney, pero caen en el exceso y distraen la atención de la historia, que arranca débilmente pasando casi 50 minutos para que se reactive y, más o menos, recupere nuestro interés.

Es muy conocida la faceta social y humana de George Clooney, que incluso participa en el sustento de un satélite que orbita sobre Sudán, en donde se ha involucrado con la población y la denuncia de genocidios en Darfur. Probablemente ese interés influyó en su incorporación a Tomorrowland, pero el guión no le ayuda y no le permite adueñarse del personaje.

Como dije al principio, la película se aleja de los niños por su complejidad y de los adultos por su ingenuidad. Precisamente, la gran virtud de Brad Bird en Gigantes de acero y Los increíbles, seducir y enganchar la atención de público infantil y sus padres, en Tomorrowland brilló por su ausencia.

Espere el DVD.

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