Sueños de libertad

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Lucero Solórzano 27/06/2014 00:14
Sueños de libertad

Se calcula que más de 100 millones de estadunidenses son descendientes de inmigrantes que ingresaron a Estados Unidos por la Isla Ellis que se ubica frente a Manhattan, y hoy es un museo en el que se conservan los registros de cientos de miles de historias de personas de todas las nacionalidades, particularmente europeos, que perseguían el sueño americano que habían construido en sus mentes.

Su etapa de mayor actividad fue entre 1892 y 1934. Los años de la Primera Guerra Mundial y el recrudecimiento de las políticas antisemitas en Europa, hicieron que se incrementara el número de viajeros que, forzosamente, ingresaban por este punto de control e inspección en el que se les sometía a exámenes médicos y a cuestionarios que avalaran su solvencia económica y moral.

El cine ha recreado decenas de películas sobre el tema, como es el caso de Sueños de libertad  (The inmigrant, Estados Unidos, 2013) que contendió por la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes y se estrenó ayer en México.

En  la traducción del título al español, como suele suceder, se cae de nuevo en la obviedad y en la cursilería, pero nos fue mejor que con los traductores españoles de títulos para ese país, que optaron por llamarla El sueño de Ellis. Como en otras ocasiones yo pregunto: ¿cuál sería el problema de traducirla textualmente como La inmigrante?

Dirigida por James Gray, que coescribe la historia con Richard Menello, se inicia precisamente en la icónica isla Ellis, muy cercana a la Estatua de la Libertad, que cuando era apenas vislumbrada por los pasajeros de barcos que venían en pésimas condiciones, hacinados, enfermos, agotados, aceleraba sus corazones con la esperanza de una vida mejor, de que por fin podrían alcanzar ese idealizado y traicionero sueño americano.

Ubicada en 1921, el enorme galerón de Ellis es un hormiguero humano en el que van y vienen personas de distintas nacionalidades y se oyen muchas lenguas. La acción gira en torno a dos jóvenes hermanas polacas; una de ellas va enferma de tuberculosis y es retenida para la cuarentena. La otra es Ewa, interpretada por la francesa Marion Cotillard. Ewa también es retenida pues las mujeres que viajaban solas eran mal vistas y no se les permitía el ingreso al país. Además los tíos que las hospedarían nunca llegan por ellas.

Cuando Ewa espera la deportación, Bruno Weiss, un hombre sospechoso, pero aparentemente gentil se le acerca ofreciéndole apoyo para internarla en el país, claramente con segundas intenciones. En la actuación de Joaquin Phoenix, que ya trabajó anteriormente con Gray, Weiss se presenta como un sujeto de pocos escrúpulos, seductor, corrupto, y que tiene comprados a varios policías dentro de la isla.

Ya en Manhattan, la inocente Ewa se ve inmersa en un mundo oscuro de vida nocturna y prostitución, pero todo lo soporta con tal de juntar dinero y reunirse con su hermana.

El relato se va haciendo lento y reiterativo, no hay un punto climático o de quiebre y muchas de las amargas eventualidades que sufre Ewa son predecibles desde los primeros minutos. Sin duda la película en gran medida se salva, si es que se salva,  por las actuaciones de Marion Cotillard y Joaquin Phoenix que construyen a sus personajes en un visible esfuerzo, pero el director los dejó sin brújula y se ven desorientados. El triángulo se cierra con Jeremy Renner que hace un buen trabajo.

Sueños de libertad finalmente no funciona como narración dramática o intensa porque carece de ambos elementos, y sobre todo de pasión en la dirección y el guión de James Gray. Se siente plana y no facilita una conexión o la identificación emocional con los acontecimientos. 

Se deja ver, estrictamente, pero decepciona.

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