Renoir

COMPARTIR 
Lucero Solórzano 31/03/2014 00:00
Renoir

Llegó a algunas pantallas nacionales y con dos años de retraso la película francesa Renoir (Renoir, Francia, 2012). Formó parte de la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes de 2012, y también del Tour de Cine Francés que, gracias a los buenos oficios de sus organizadores, nos trae cada año muestras de un cine diferente que difícilmente se puede ver en nuestro país.

De hecho, Renoir se ve apabullada por la aplastante llegada de Capitán América y el soldado del invierno, aunque también es cierto que los públicos de ambas cintas son radicalmente distintos.

Gilles Bourdos dirige y adapta la novela homónima de Jacques Renoir, quien es hijo del hijo menor de los tres que el pintor tuvo: Claude, conocido como Coco y que, como su hermano Jean desarrolló una larga carrera en el cine, pero como director de fotografía.

El argumento se ubica en la Riviera Francesa, en 1915. Pierre Auguste Renoir (el veterano actor Michel Bouquet, en algunos momentos un poco sobreactuado),  es ya un pintor reconocido y se encuentra en los últimos años de su vida, sufriendo terribles dolores causados por la artritis que ha deformado sus manos y piernas. Lo atormenta la nostalgia por una época que no volverá, al haberse desencadenado la gran guerra, que cambió para siempre el escenario y la vida de todos en el continente europeo; además tiene a dos hijos peleando en el frente y sufre al pensar que nunca regresen. Aún así no ha perdido la alegría de vivir y sigue pintando todos los días.

En ese ocaso llega a su vida Andreé Heuschling, una joven modelo aspirante a actriz que empieza a posar para él. La actriz Christa Theret es un acierto del reparto, pues posee esa extraña belleza clásica de las mujeres de las obras de Renoir: una piel  muy blanca, largo cabello rojo, un poco entrada en carnes. La historia gira en torno de ella y la relación que establece con el pintor y sobre todo con Jean, el hijo que vuelve a casa de la Primera Guerra Mundial, para recuperarse de las heridas en el campo de batalla.

Si algo se le puede reprochar a Gilles Bourdos es que fue tan prolijo en las formas, que descuidó un poco el fondo en el argumento. Fue particularmente detallista en la construcción de cada escena, como si fueran pinturas del propio artista. Cuidó la fotografía, la escenografía, la iluminación natural con ese radiante sol de la Costa Azul, mezclado con verdes y amarillos del campo, y los reflejos luminosos en el mar y el arroyo cercano. El grupo de mujeres que rodean y atienden amorosamente al maestro, componen escenas de gran belleza plástica que evocan una de sus últimas pinturas, Las bañistas.

También adolece de cierta lentitud en algunas secuencias y la narración se siente un poco plana, al no introducir situaciones de conflicto ni puntos climáticos que realzan la monotonía en que se desarrolla la historia.

Esa atención a las imágenes que sirven de marco a la historia, restó profundidad al relato. La interacción entre los tres personajes: Renoir padre, el joven Jean y la desinhibida modelo, queda un poco en la primera capa de la piel y se explota poco la relación futura que se dio entre los dos jóvenes al convertirse Andreé en esposa de Jean años más tarde.

Si dejamos esto a un lado, en Renoir tenemos una película contemplativa de verdadera belleza que es un placer para los sentidos, en la que como se ha dicho se fusionan dos grandes artes:  el cine y la pintura, haciéndose casi imperceptible la línea que las separa a ambas.

Es recomendable.

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red