Blackfish

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Lucero Solórzano 17/03/2014 00:00
Blackfish

Hace unos meses comentamos en este espacio una película francesa de ficción dirigida por Jacques Audiard y titulada De óxido y hueso (Rust and Bone, Francia, 2012). En ella la protagonista, Marion Cotillard, es una entrenadora en un parque acuático que trabaja con orcas, o como también se les llama, ballenas asesinas. En la historia sufre un accidente al estar interactuando con uno de estos bellísimos animales y sufre la amputación de ambas piernas. Uno se queda a veces con la idea equivocada de que esos incidentes sólo ocurren en las películas, pero la realidad es mucho más cruda.

Como parte de Ambulante. Gira de Documentales y ya también incluido en la programación de Netflix, se puede ver el documental Blackfish (Pez negro, Estados Unidos, 2012). Es el segundo trabajo de la cineasta Gabriela Cowperthwaite, quien hace una polémica denuncia sobre las consecuencias que el cautiverio tiene sobre los animales que representan la principal atracción y fuente de ingresos en los parques acuáticos del mundo.

Como millones de papás en los últimos 60 años en que esta moda ha proliferado, llevé a mis hijos a ver delfines, focas y, por supuesto, a Keiko. Si se podía había que echarse casi de clavado para hacerle un cariñito al pobre animal que, dócilmente, hacía como que estaba feliz y agradecido, cuando en realidad estaba sufriendo. Sin duda después de ver Blackfish a uno ya no le quedan muchas ganas de regresar a uno de estos famosos parques.

Cowperthwaite sigue particularmente a Tilikum, una orca macho formidable, la más grande en cautiverio, que fue capturada cerca de Islandia. Con casi siete metros de largo y más de cinco toneladas y media de peso, es la principal atracción de SeaWorld en Orlando, Florida.

El problema con Tilikum es que ha estado involucrado en varios incidentes que causaron la muerte de dos entrenadoras y una persona más. En el curso de su investigación, la realizadora va profundizando en el grave daño que el cautiverio de 20 años o más hace en estos animales de comprobada inteligencia, con sensibilidad y emociones muy desarrolladas y complejas.

El planteamiento pone en un lado a los dueños y directivos de los parques acuáticos, y en el otro a los entrenadores que han acabado renunciando, al comprobar en su cercanía con las orcas el altísimo grado de estrés, ansiedad, depresión y angustia en que estos animales se encuentran, y rechazando seguir siendo cómplices de lo que ellos consideran una tortura.

Inexplicablemente Blackfish no estuvo nominado al Oscar. Bueno, puede que sí haya una explicación: critica de manera frontal a los dueños de los parques que se niegan a admitir que el cautiverio es letal para estas criaturas; ni siquiera accedieron a ser entrevistados para el documental. En muchos casos esos dueños también son socios de los parques temáticos, a su vez dependientes de los grandes estudios de cine. Mucho más preocupados por la afectación de la imagen de los parques, niegan mucho de lo que se dice en Blackfish, especialmente las declaraciones de los exentrenadores, cuyas vidas han estado en peligro al estar en estrecho contacto con un animal de naturaleza salvaje, inteligente, sí, pero que enloquecido sin poder nadar libremente y encerrado en pequeños tanques, se convierte en un asesino potencial.

¿Qué hace que una orca ataque al entrenador que convive por horas con ella?, ¿por qué casi parece que lo hace por placer?, ¿no será que llegó la hora de aceptar que el cautiverio es una condición inaceptable, cruel, salvaje, que trastorna su afectividad y su psique hasta hacerlas explotar?

Como trabajo cinematográfico Blackfish tiene muchas virtudes pero la principal es acertar en el tono emotivo del relato haciendo que el espectador se involucre y conmueva. Si la señora Cowperthwaite y su equipo aspiraban a generar una toma de conciencia y mover al cambio a los espectadores, cumplieron con su objetivo.

Hay que preparar el estómago para verlo, y no lo recomiendo para niños pequeños.

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