Vacaciones versus trabajo

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Los Mikos 22/04/2014 00:00
Vacaciones  versus trabajo

A estas alturas del partido, como dicen ustedes los humanos, seguimos preguntándonos: ¿Por qué insisten en ir a trabajar si a todos les gustan las vacaciones?

Quizás es una de esas dualidades inseparables, como el blanco y el negro o el yin y el yang, que de plano no existe una sin la otra.

El sistema, por extraño que parezca, está diseñado para torturar a todo mundo. No importa si eres joven o eres viejo, todos deben trabajar. Todos, todos, excepto que se cuente con algún benefactor, mecenas, padre, madre, familiar, compadre, amigo o imbécil que pague tus cuentas.

De otro modo hay que sobarse el lomo.

El trabajo es una de esas cosas que a todo mundo le cuesta hacer. Hay algunos humanos muy afortunados, que viven de cosas que les gusta hacer, pero son poquísimos, comparados con la gran mayoría, que sigue dedicando su existencia a labores poco atractivas, que van desde la contabilidad, hasta lavar baños públicos.

El chiste, para que sea un trabajo en forma, es que reúna dos elementos: un esfuerzo (físico o mental) de quien lo realice y una remuneración económica. Aunque como el trabajo es una cosa diabólica y maligna, lo hay también sin remuneración, como todas las amas de casa que se friegan durísimo y nadie les paga por ello.

Al parecer, la línea que separa el trabajo de la esclavitud es realmente muy delgada, y en muchos casos muy difusa. Claro ejemplo de ello son las fábricas de ropa de marca en Oriente, llámese Taiwán, China, Tailandia, Malasia o cualquiera de esos países donde la gente tiene ojos rasgados y disciplina de hierro. Ahí la gente trabaja durante muchísimas horas, sin descanso, en condiciones deplorables, con sueldos miserables, para que del otro lado del mundo la gente pueda disfrutar de lo manufacturado. Allá o en Ciudad Juárez, es lo mismo... bueno, sin ojos tan rasgados y sin disciplina.

Una típica frase humana resume por completo la situación: “Qué tan malo será el trabajo que hasta pagan por hacerlo”.

Casi todos, excepto una clase de locos, dementes y enfermos que se consideran adictos al trabajo (y que, pobrecitos, ni cómo ayudarles), todos los humanos están de acuerdo en que trabajar es de las peores cosas que hay que hacer en esta vida.

En las redes sociales es muy notoria la obsesión que existe por el último día de la semana laboral: el viernes. Lo extraño es que no se emocionen más con el sábado o el domingo, que son los días que efectivamente descansan, si no con el viernes. Al parecer, hay una fascinación con el momento en que uno efectivamente deja de trabajar, para dedicarse a lo que les dé la gana... o no.

Porque hay humanos que trabajan como burros toda la semana y luego se embrutecen con alcohol el viernes y sábado, para pasar el domingo lamentando la cruda, y la inminente llegada del maldito, funesto y odiado lunes, el primer día laboral.

El lunes es el otro día que les obsesiona. Se dedican a llorar su llegada y cuentan las horas del domingo, como si quisieran exprimirle más tiempo a los minutos. La peor maldición es padecer insomnio la noche del domingo, pues llegan hechos una piltrafa a trabajar.

Hay, por supuesto, humanos que no trabajan. De ellos, un gran porcentaje no cobra ni un centavo; otro porcentaje pequeñísimo cobra por no hacer nada.

Dentro de ese selecto grupo hay artistas, aviadores, vividores, transas, expolíticos, hijos de papi y ricachones que viven de sus rentas o empresas, pero de verdad que son los menos.

Las vacaciones por eso significan tanto para la humanidad, porque es el momento en el que la gente puede olvidar que hay un jefe gruñón, que hay presiones sobre las presiones, que los pendientes eran para antier, que mañana podría caer una auditoría.

Las vacaciones son para parar un momento. Para imaginar que la vida puede ser un gozo en medio de tanta tortura. Que el all-inclusive podría durar para siempre. Otra cerveza y unos aros de cebolla, ¡qué diablos! ¡Para eso trabajo!

“Para eso trabajo” es la otra frase que termina de definir la situación. Es bastante más patética que la otra, si se mira bien, y en general se usa poco con respecto a otras frases como “Maldito lunes”, “Odio a mi jefe”, “No llego a la quincena” o “Ya quiero que sea Semana Santa otra vez”.

Quizá por eso las vacaciones duran tan poco.

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