SUEÑOS DE LIBERTAD

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La Crítica 29/06/2014 00:52
SUEÑOS DE LIBERTAD

Por Alonso Díaz de la Vega

Las referencias visuales a El Padrino: Parte II con que James Gray adorna Sueños de libertad (2013) podrían orientarnos a pensar que se trata, como su título original lo sugiere —The Immigrant—, sobre la migración, pero conforme el drama se pone en movimiento descubrimos que el director utiliza el trabajo de Francis Ford Coppola como base para su argumento que, conforme se ramifica, explora la dignidad, la manipulación, el amor y la redención. Gray, como los grandes poetas, logra crear en su obra un hogar para el pasado y el presente, donde la convivencia de ambos cines se amalgama en un crisol de sabiduría y trascendencia. En su brillante cinta, Gray recuerda a Ford Coppola pero jamás le permite ser una sombra que opaque su impresionante visión.

Gray logra su originalidad al caminar la senda de François Truffaut, quien reveló en alguna ocasión su método de hacer cine como una tentativa constante por arreglar filmes que, le parecía, podían haberse hecho mejor. En Sueños de libertad, Gray supera la visión de El Padrino: Parte II, que encontraba en la depredación la supervivencia, pues aunque en su Nueva York existe también esta dinámica, él no se conforma con que su protagonista, Ewa (Marion Cotillard), sucumba a la corrupción del espíritu para mantenerse viva. Su enamorado proxeneta, Bruno (Joaquin Phoenix), la escucha decirle “te odio y me odio a mí misma” porque su esencia no está en entregar su cuerpo a extraños; Ewa se afirma a sí misma cada vez que intenta escapar de la prostitución y refuerza su humanidad cuando se niega a aceptarse como insignificante. El mago Orlando (Jeremy Renner) le ofrece consuelo y su corazón de manera más entregada que el egoísta Bruno y configura un triángulo amoroso evocador de las obras de Jane Campion. Al igual que en el cine de la directora neozelandesa, estos dos hombres representan una dualidad dentro de la cual la protagonista ha de elegir en su maduración y, aunque es evidente la cobardía de uno y la generosidad de otro, ninguno está sujeto a un juicio moral. Ambos son sólo caminos contrastantes hacia el futuro.

El perdón como retorno hacia uno mismo y como renuncia del rencor exalta el humanismo de la cinta en su conclusión, tan renuente a asegurarnos una felicidad eterna como se niega a expresar el mundo de manera maniquea. Gray podría utilizar su película para juzgar y denunciar, pero prefiere describir la felicidad y el dolor como una reconciliación incesante que configura la inacabable experiencia del mundo.

@diazdelavega1

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