Separar:

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Julia Neumann 18/04/2014 00:07
Separar:

Apartarse de ser

Erich Fromm en su concepto de separatidad esboza la idea de que el ser humano debe  saberse en soledad, estamos desvalidos, aislados... somos seres únicos, irrepetibles, plenos, contradictoriamente necesitados, gregarios, animal de manada, pero... al fin y al cabo separados. Nuestras historias, tanto en la cantina como en el diván, se remiten a ese despecho de la madre al hijo, al ser querido que muere, al que deja de amarnos, al que nos rechaza... ese es el destino del hombre... el abandono.

Amar es un acto individual, el verbo más cercano a lo divino surge desde la soledad interior, el deseo es el puente emocional que vincula a dos seres con la esperanza de encontrar correspondencia.

Ya establecido ese vínculo que se vuelve vascular, nervioso, mental y en ocasiones llega a ser espiritual, la ruptura que se provoca en la separación es una colisión que daña irremediablemente a los dos seres que habían establecido un solo camino... aunque fueran dos. El miedo abandera esta guerra de corazones. Al no ser fácil el acto de amar, la puerta más cercana es la separación, para entonces recomenzar la búsqueda hacia otro destino, diferente mas irremediablemente semejante, para luego entonces hallarnos de nuevo frente a la posibilidad y el rescate.

Así, buscando, se nos va la vida.

 La existencia se nos va y vuelve con las ganas crecidas, con la necesidad de demostrar que esta es la buena, que esta vez la irrupción de aquella soledad traerá ese absoluto y ansiado estado de plenitud, que no es otra cosa que una sensación interior... se vuelve a nacer, se vuelve vivir y se vuelve a morir, y se vuelve a uno mismo...  Se va y se regresa... Ida y vuelta... A nosotros mismos... Ahí surge la idea de un amor distinto, un amor infinito, un amor que no termina, un amor exento de esa puerta; lo merecemos, un amor sin abandono, un amor sin aislamiento, un amor sin dolencia, un amor sin melancolía, un amor sin deseo de muerte. Un amor sin separación... El amor del que vienen todos los amores, el amor que es esa flama que por dentro nos alumbra, el que nos guía hacia nuestros sueños, el que nos calienta el corazón... Ese amor al que le han puesto un nombre raro, casi científico, distante... El amor de nuestra vida es bautizado bajo un nombre largo que casi nunca pronunciamos: ¡autoestima! 

¿El amor viene siempre de la mano del dolor? Qué injusta historia la del ser humano, que exista la otra cara de la moneda, el dolor que es el contrapeso de esa experiencia en la que por instantes eternos muere la angustia de la separación.

Ese ser que desde su naturaleza solitaria, casi egoísta, encuentra más la unión cuando ama y no tanto cuando se siente amado se sienta desde su butaca a observar la película completa en aquel cuarto oscuro, y entonces siempre está la puerta, la de rescate, la salida de emergencia colocada bajo unas letras color sangre... “Separar”.

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