Turbulencias comunicacionales

La política está en crisis y el discurso, su principal instrumento, no convence. El lugar común contamina el debate y no hay nuevas ideas.

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Juan José Rodríguez Prats 08/05/2014 01:27
Turbulencias comunicacionales

¿De qué sirve hablar bien si no se
habla de un modo consecuente?

Cicerón

 

Si tuviéramos que definir con una sola palabra la situación hoy prevaleciente en el país, la más idónea sería confusión. Faltan lo que Federico Ling Altamirano denominaba “cartas de navegación”, un código base de entendimiento y una clara definición de hacia dónde queremos ir.

Hace algunas décadas Jorge Portilla, acucioso estudioso del mexicano, señalaba que la falta de claridad nos lleva a una “vida política débil con todas las consecuencias que acarrea y que tenemos todos al alcance de la mano; la ambigüedad ampulosa en que esta vida manifiesta; el tono demagógico y hueco de los discursos, proclamas, informes, etcétera, en general no saber a qué atenerse; un juego de adivinanzas como criterios para decidir probabilidades, ola de rumores, etcétera”.

Perdón por la larga cita, pero me parece una descripción completa y exacta de la situación actual.

Es difícil recuperar la credibilidad para establecer una buena comunicación entre gobernantes y gobernados. La política está en crisis y el discurso, su principal instrumento, no convence. El lugar común contamina el debate y no hay nuevas ideas que entusiasmen y generen esperanza. Percibo tres enfermedades graves.

1. La tarea principal es esclarecer la verdad y precisar ideas. Es evidente que la verdad se oculta y es opaca, a pesar de los esfuerzos realizados a través de leyes e instituciones para lograr la transparencia. Aún más grave es que, conociendo la verdad, ésta no tenga consecuencias. Las grandes culturas han visto a la verdad como fuente inspiradora y generadora de cambios. Los atenienses la identificaban con la potencia, los romanos con la certidumbre y la cultura judeo-cristiana con la redención y la fidelidad. Es preciso hacer un esfuerzo para imbuir en nuestra cultura política un respeto a la verdad. El engaño y, peor aún, el autoengaño, no beneficia a nadie y sigue degradando a la política.

2. Se ha deteriorado la capacidad previsora de los órganos del poder. La instrumentación de las políticas públicas y las leyes aprobadas son reacciones ante hechos consumados, se toman medidas cuando ya las cosas sucedieron. En otras palabras, tenemos una actitud reactiva, no proactiva en un mundo globalizado y competitivo que exige cada vez más velocidad y certeza en la toma de decisiones.

3. Otro rasgo grave es darle prioridad a los intereses sobre las ideas. En lugar de analizar los efectos positivos que pueda tener alguna propuesta, enfocando el análisis a los beneficios para la comunidad, se toma en cuenta primero cómo afecta o beneficia intereses personales o particulares. Hay un deterioro grave de la responsabilidad de los encargados de tomar decisiones.

Estas tres falencias son muy importantes —aunque podríamos agregar otras más—, pues están evitando una mejor comunicación en todos los ámbitos. La tarea para superarla nos remite a lo ya dicho en varias ocasiones: mejorar nuestra cultura política, tarea que remite a un verdadero liderazgo político.

Hace mucho tiempo no escuchamos un discurso que mínimamente nos oriente y nos haga reflexionar. Hay un enorme vacío en la oratoria política. ¿Acaso alguien recuerda una buena pieza de oratoria en los últimos años? Si no se recuerda es porque no impactó o no convenció. Si la palabra no recupera su carácter instrumental para vincular voluntades, será difícil que en estos tiempos turbulentos podamos superar nuestra crisis.

¿Qué nos puede auxiliar? Las recomendaciones de siempre: la reflexión seria y responsable; acudir a la historia, la lógica, la ética, acompañadas, desde luego, por las virtudes de siempre: congruencia, sencillez, accesibilidad, sinceridad, autenticidad. Podemos seguir debatiendo hasta el infinito, pero sin esos elementos cada vez será más difícil llegar a acuerdos fundamentales.

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