Federico Ling Altamirano

El PAN requiere retornar a la capacitación, repasar su historia, sus diversas etapas, sus épocas de apostolado y su ejercicio del poder.

COMPARTIR 
Juan José Rodríguez Prats 01/05/2014 01:53
Federico Ling Altamirano

Somos nuestra memoria. Si no recuerdas, dejas de ser alguien para convertir en nadie.

                Rafael Pérez Gay

 

Hace muchos años Carlos Castillo Peraza habló de ganar el poder sin perder el partido. No estoy muy seguro si llegamos a ganar el poder, pero es evidente que hay que rescatar el partido. Recordar es el principio de la gratitud y de la lealtad.

Cuando el PAN se fundó, muchos ilustres mexicanos recorrieron el territorio nacional para predicar su doctrina. Eran sembradores de ideas. Nacía la tradición de un partido escuela de educación cívica y forjador de demócratas. Federico Ling Altamirano perteneció a esa estirpe. Hombre culto, estudioso permanente, intelectual productivo, dio un ejemplo, hoy necesario, de cómo desempeñar el trabajo parlamentario. Lo hizo como diputado local en Durango y coordinador nacional de diputados locales, como diputado federal y como senador. Formó parte prácticamente de todas las instituciones panistas encargadas de capacitación y director de la revista Palabra, órgano doctrinal e ideológico de Acción Nacional.

Tuve el privilegio de ser su amigo y pude confirmar su bonhomía y su generosidad. Se refiere inclusive a mi persona en su último texto escrito: menciona que su hermano Alberto y yo sosteníamos una especie de competencia por el número de conferencias impartidas, “que sobrepasó las mil 600, por cierto, sin remuneración de por medio”.

Extrañaré al amigo y correligionario, así como sus ideas, siempre claras y de fuerte sustento doctrinario. Estaba convencido de la vinculación de la ética y la política. Son memorables sus muchas intervenciones en las cámaras del Congreso y “su lucha larguísima por darle sus funciones y su categoría al Poder Legislativo, su independencia y la generación del bien común”.

Cada vez estoy más convencido de que la política, para que pueda alcanzar su fin, el bien común, exige una condición del ser humano en cuanto a calidad: ser benevolente, esto es, tener buena voluntad y prestancia, término que evoca “excelencia o calidad superior entre los de su clase, aspecto de distinción”.

El cargo de representante popular exige un enorme sentido de responsabilidad. Su masificación permite evadir responsabilidades y diluir obligaciones, pero, quien lo asume en plenitud tiene la posibilidad de perfeccionar políticas públicas, ejercer la denuncia, mejorar el trabajo legislativo e inclusive hacer pedagogía política, tan necesaria en nuestros días.

El PAN requiere retornar a la capacitación, repasar su historia, sus diversas etapas, sus épocas de apostolado y su ejercicio del poder; preferir el discurso crítico y agresivo al complaciente y timorato. Solamente así podrá corregir sus fallas. Solamente así podrá replantearse su enorme responsabilidad, ya sea desde la oposición o desde el poder.

He citado con mucha frecuencia una idea de Federico: “Puedo imaginar un PAN sin poder, pero no puedo imaginar un México sin el PAN”. En esa frase se sintetiza nuestra prioridad. Más que la obsesión del triunfo electoral, la preeminencia del interés nacional que tanto pregonaron sus fundadores.

En su libro Apuntes para una biografía de Carlos Castillo Peraza, termina con una idea que bien nos ayuda a definir a este buen panista y buen mexicano: “Como político y vigía que fue, se guiaba en la altamar política y social, no por pasiones, sino por ideas; no por arrecifes, sino por estrellas”.

Tuve la oportunidad de saludarlo en el último consejo, con su sonrisa de siempre, sintiendo que cumplió como embajador de México ante la Santa Sede. En esa mirada franca y con el buen humor que lo caracterizaba, me quedo con el sentimiento de un hombre que fue útil a México porque asumió la profesión más difícil por ser la más versátil, la política, con honor y dignidad.

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red