La degradación de la política

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Juan José Rodríguez Prats 20/02/2014 01:26
La degradación de la política

La política en nuestro meridiano no es Hércules, Odiseo ni siquiera Mefistófeles, sino Huitzilopochtli seco y apestoso.

                Agustín Yáñez

 

Arrastramos muchos déficit en el México actual: seguridad, cultura, social, económico o político. Sin atreverme a aventurar cuál es el peor, me aboco a este último, del cual ha habido claros ejemplos en los últimos días, como el ignominioso cruce de acusaciones entre Carlos Salinas y Manuel Camacho o las claras evidencias del perredismo que, al llegar al poder, no sabe ser autoridad.

Para Gustavo Madero, el PAN debe ser democrático, liberal, humanista y modernizador, pero omite lo esencial y que corresponde a su divisa de origen: honesto. Debería ser innecesaria esta última cualidad, por ser intrínseca a la actividad política.

Desafortunadamente, en todos los partidos ha permeado una tremenda corrupción. No podemos justificarlo como un mal nacional porque el PAN prometió ser diferente y distinguirse en el ejercicio del poder. Por eso el gran reclamo de la ciudadanía.

Muchísimos otros casos evidencian nuestra crisis política. El PRI amenaza con la regresión, el PRD con la resistencia al acuerdo fundamental y el PAN con sus escándalos semanales de corrupción suman al desprestigio de la política con el consecuente rechazo ciudadano.

A nadie beneficia que la política se perciba como una actividad denigrante. Cada vez más se conocen las exitosas maniobras de triunfo de los peores mediante una muy hábil mercadotecnia para inducir, pero muy pobre para convencer. Ante ello, la ciudadanía se margina y repudia asuntos que deben involucrarnos a todos. No podemos presumir sin rubor nuestra actual democracia pervertida.

Hace un siglo, Ortega y Gasset pronunció una conferencia sobre la vieja y la nueva política. Entonces expresó un pensamiento de gran actualidad: “La política es tanto como obra de pensamiento obra de voluntad; no basta con que unas ideas pasen galopando por unas cabezas; es menester que socialmente se realicen y para ello que se pongan resueltamente a sus servicios las energías más decididas de anchos grupos sociales…”. Agrega algo que retrata nuestra realidad: “Política es hasta ahora sólo gobierno y táctica para la captación de gobierno”.

Dicho de otra manera, hace falta, ante el agotamiento de viejas ideas, una doctrina fundamental que vertebre un discurso que entusiasme y mueva a la sociedad mexicana.

Si la honestidad no se da, todo lo demás sale sobrando. La palabra debe recuperar su capacidad vinculatoria, debe servir para sumar voluntades. Ante la necesidad de acuerdos, si la palabra no se respeta, la vida institucional se desploma.

Una de las tareas más apremiantes del Poder Legislativo es la creación de un organismo que combata la corrupción. En el ámbito gubernamental, urge empeñarse más en el respeto a los derechos humanos que, según el último informe de Amnistía Internacional, es aún una asignatura pendiente en nuestro país. El calificativo de Enrique Peña Nieto a Fidel Castro de “líder moral”, sinceramente, me provocó pánico.

Siempre estamos en una transición, pero debemos partir de requisitos elementales. Darle credibilidad y calidad a la política. Bueno, tal vez sea demasiado pedir, pero cuando menos démosle seriedad. Ello implica varios compromisos, principalmente la prestancia de los hombres dedicados a esa profesión. Ese término quiere decir: distinción, garbo, arresto. Alguien en quien confiar y depositar tareas importantes para la supervivencia.

Si la política se sigue viendo como una actividad que ensucia, será difícil enfrentar los retos del futuro. Nadie ha calumniado a los políticos, su desprestigio corresponde a un permanente señalamiento de acusaciones que coinciden con las actuaciones.

Nuestro balance negativo en política sólo se podrá superar con la calidad de los seres humanos que la practicamos.

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