La exuberancia del derecho

Legislar es algo serio, delicado y profesional. Por no asumirlo así nuestro ordenamiento jurídico se ha convertido en una obstrucción al cambio en lugar de ser su objetivo principal.

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Juan José Rodríguez Prats 16/01/2014 02:33
La exuberancia del derecho

        Me proponía la prudente eliminación de las leyes superfluas y la firme promulgación de un pequeño cuerpo de decisiones prudentes

        Marguerite Yourcenar, Memorias de Adrianon

Si de términos religiosos se trata, al popular refrán de que el diablo está en los detalles, tendríamos que anteponer que Dios está en los principios y a éstos debemos dar prioridad. 

En este año vamos a celebrar los 200 años de la Constitución de Apatzingán, cuya máxima es que la ley debe ser expresión de la voluntad general e igual para todos. Enuncia además los derechos básicos: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad”. Aun cuando la íntegra conservación de estos derechos es objetivo de las instituciones de los gobiernos, en nuestro devenir histórico no hemos sido congruentes en su cumplimiento.

Tenemos obsesión por hacer leyes casuísticas, o bien legislar en función de situaciones coyunturales y pasajeras, una pésima técnica legislativa. Arrastrados por la cultura de la desconfianza, sospechamos siempre que en la letra chiquita vienen las distorsiones a lo prescrito por la ley.

Alfonso Nava Negrete escribe: “El derecho administrativo de hoy nace de momentáneas acciones políticas, es un derecho de momentos políticos”. Agregaría que los derechos cuestan. Cada norma incorporada a nuestros ordenamientos repercute en los bolsillos de los contribuyentes.

Nuestro derecho administrativo es abigarrado, confuso, ambiguo, contradictorio y burocratizado. Me preocupa específicamente la legislación secundaria en materia de energía y de telecomunicaciones.

En el primer caso, el principio a observar es darle participación a la iniciativa privada para que aporte recursos económicos, tecnología y comparta riesgos para alcanzar el autoabasto y ofrecer insumos a precios competitivos. Se trata sencillamente de ampliar los esquemas ya existentes de inversión privada en un mundo con una economía globalizada en la que hace varias décadas México está inserto. A éstos deberá corresponder toda la legislación. El sector energía está sumamente burocratizado, debemos pues quitar ataduras y hacer prevalecer el sentido común por sobre la ley escrita, dándole espacio a las empresas paraestatales para que puedan ser productivas.

En materia de telecomunicaciones, el principio es estimular la competitividad en beneficio de los usuarios y en aras de controlar los poderes fácticos.

México sale mal calificado en el análisis a su Estado de derecho, consecuencia de nuestras malas leyes y de su inobservancia. Legislemos conscientes de las limitaciones del derecho y partiendo de que no todo se resuelve con leyes.

Parece elemental repetir conocidas técnicas legislativas. Lo primero es determinar si el problema puede solucionarse en el ámbito jurídico y revisar qué dicen las leyes vigentes para superar sus deficiencias. Buena parte de nuestro marco legal no corresponde al derecho en estricto sentido, sino a otros ámbitos como la cultura de la legalidad, la sociología, o la educación. Noto un problema grave, la confusión persistente entre políticas públicas y normas jurídicas. No hemos sabido distinguir entre planes, principios, leyes fundamentales, leyes orgánicas, leyes ordinarias y reglamentos. Nuestra Constitución es voluminosa y en los transitorios se han incorporado cuestiones fundamentales que rompen precisamente con su carácter de transitoriedad.

En fin, legislar es algo serio, delicado y profesional. Por no asumirlo así nuestro ordenamiento jurídico se ha convertido en una obstrucción al cambio en lugar de ser su objetivo principal. Sigue siendo vigente el viejo principio: “Tanta sociedad como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. En los tiempos que corren diríamos: “Tanto mercado como sea posible, tanta regulación como sea necesaria”.

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